miércoles, 26 de septiembre de 2012

Todas las palabras llegan a la tumba



Las palabras nos llevan por muchos caminos. La señal que apunta a la entrada de todos ellos ha cumplido su función desde tiempos inmemoriales, y ellos mismos han sido tan diversos como lápidas hayan sido construidas. Los hemos visto colmados de días soleados, verdes campos o amables animales; como también de oscuras noches, miradas siniestras y temperaturas escalofriantes. Felizmente, el hombre no es feliz en lo estático del lenguaje sino en su movimiento.  El negro puede ser divino y el blanco desesperanzador, cuando la conformidad del gris resulta nauseabunda. Cada término[1] encierra un número de aliados predeterminados pero mantiene las puertas abiertas a una relación. Relación que no tiene que existir sino que le basta con ser imaginada.

Término… terminales nerviosas veo a la entrada. En los parajes de este sendero se dibujan infinitas posibilidades y hacia ellas me (¿?) deslizo eléctricamente. Creo que soy pensado por la inercia de la espontaneidad, cuyo viaje sólo encuentra intimidades desconocidas. De ellas podemos decir que nunca han hablado pero actúan con el más estruendoso histrionismo. Además, su indefinición no se debe a otro chiste fonemático sino a su naturaleza rebelde. ¿Conócete a ti mismo? Este es el verdadero chiste. Como si la Luz del camino Apolíneo no solo fuera la Verdadera sino que todos sus lugares fueran los más seguros y ciertos. Se puede adivinar el comienzo de la respuesta: Yo… ¿Cuántas personas han dicho “Yo” y han tenido la razón en ello?

Todos en la búsqueda de escuchar esa palabra que traiga noticias de lo desconocido; ese término con el que se pueda definir la llegada, la victoria sobre el terreno enemigo. Pero la palabra que llena la boca del victorioso lo momifica y lo deja a merced del abatimiento de Cronos; dejando una vez más claro que el grito de la victoria ha sido pronunciado ya como grito de guerra. La fluidez del viaje que trata de llegar a la fortaleza se perturba; la corriente se hace extremadamente viscosa, pegajosa. La energía se acaba en un discurso embalsamado, consistente en su exterior, sin vísceras al interior. Ése eres Yo.

¿Acaso éste puede esperar mejor futuro que aquel que ya se le ha dado? Se seguirán grabando piedras con el estilo más pretendidamente original, para que el mismo zombie levante su mano a través de la tierra y crea diferenciarse. La uniformidad del suelo es la llegada de la totalidad de los caminos. Todos entregados al brillo de una palabra y dominados por la ignorancia y su padecer, desembocan a la entrada del cementerio. Yo-camino-allí.

JUAN MANUEL GIRALDO


[1] (Del lat. termĭnus). m. Elemento con el que se establece una relación. m. Fil. Aquello dentro de lo cual se contiene enteramente algo, de modo que nada de ello se halle fuera.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Desconexión




Del trabajo Un león en tu panza, Gallardo desconectadísimo.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Buscando los calzoncitos de Mademoiselle Toní




Preparen las músicas;
compongan los himnos,
para que celebremos el gran sacrificio,
el de los calzoncitos de Toní
Fernando González

Fui a Medellín, y me devolví para Marsella, porque se me apareció Fernando González en el Matacandelas y me dijo : «si alguna vez lector viajas a Francia, pasa por Marsella, sube a la Canebière, hacia la iglesia San Vicente de Paúl, no dejes de girar a la derecha por la calle Sénac. A pocos pasos, unos quince o veinte, encontrarás el Hotel Esfinge…». Pero no llegué a Marsella caminando, anotando lo que pensaba en el camino, haciendo el viaje que ameritaba, en forma de homenaje, el Brujo de Otraparte. No pasé noches en vela en pensiones austeras, pensando en el significado del hombre gordo antioqueño, ni tuve la certeza de que soy táctil, ni entendí en la travesía que el nombre mejor para nuestro siglo es éste: el siglo del hombre que hace fortuna. Tampoco viajé de noche, triste, atormentado por la idea de la muerte. No paré en pueblos ni reparé en cementerios desolados. Ni siquiera medité sobre el pecado, ni discurrí a caballo por caminos ni montañas, filosofando en voz alta, evocando exaltado la belleza suramericana. Ningún don Benjamín, ninguna doña Pilar. Al mar no llegué, como el maestro, tras el viaje a pie: llegué en un tren que salió de París temprano en la mañana y cuando me bajé lo vi al fondo, lejos, en el horizonte: el horizonte era su luminosa raya azul. Lo encontré calmo y sumiso ante el cerro donde se levanta la iglesia de Nuestra Señora de la Guarda, coronada por una virgen dorada que reluce de día por el sol y de noche por la luz de inmensos fanales que la alumbran para que este puerto lujurioso no olvide a su patrona. Y vine no por sentirme un filósofo aficionado, o esperando alcanzar por fin la Intimidad, ni para definir mi clima interior, sino entusiasmado por un propósito más humilde: ver para dónde se traía el maestro a ese “poderoso animal”, a esa “mujer demasiada”, a esa alsaciana “en rijo” que envileció las búsquedas místicas del filósofo, excitó la prosa del escritor y alimentó las humoradas de Monsieur González, cónsul de la Colombie. Vine buscando los calzoncitos de Mademoiselle Toní.    

Sin tiempo que perder, bajé de la estación por una calle hacia ninguna parte. Miraba la luz, la luz mediterránea, y me preguntaba cómo hizo el maestro para mantener oculto su secreto con Toní. ¡Qué luz! ¡Y qué secreto! Sentía que bajo este cielo nada se podía esconder. Pero sí se puede, sí se pudo. Me di a preguntarle a unos árabes cómo llegar al Puerto Viejo, donde me esperaban, y cuando me dijeron que bajara a la Canebière me imaginé al maestro subiendo y bajando por la misma calle, yendo y viniendo del hotel donde Toní dejó olvidados los calzoncitos. Ella tenía entonces diecinueve años, diecinueve años menos que el maestro. Había llegado como institutriz de sus hijos, llevaba meses viviendo en su casa con ellos, su esposa y su gata Salomé, y en la tórrida primavera marsellesa le había deslizado un papelito con unas siglas inequívocas: JVA, “je vous aime”. Lo demás se quedó escondido para siempre, al abrigo del sol impúdico, en el cuarto con vista al jardín del Hotel Esfinge.

Les ahorro la descripción del Puerto Viejo. Y la del barrio contiguo de callejuelas misteriosas. Les aclaro solamente que lo de “viejo” es un decir. Viejo será el lugar, el espacio, la entrada de mar. Porque el puerto que vio el maestro, del que debió zarpar hacia Colombia, desapareció por los años cuarenta: lo volaron con dinamita los alemanes. De Italia lo habían sacado los esbirros de Mussolini, pero cuando llegaron los de Hitler a Marsella, arrasando con todo, el maestro ya se había embarcado para Barcelona. Se fue definitivamente en 1934, dejando virgen a Toní y a Francia acechada por los nazis. Recuerdo que era sábado cuando llegué al Puerto Viejo, a lo que queda. Era el mediodía y le puedo jurar, señor lector, que al acercarme vi lo que paso a enumerar: “restaurantes afamados por La Boullabaise, cafés y comercios populosos donde se comen todos los mariscos, desde pulpos hasta caracoles. Exhibidas sobre tendidos de verdes algas, las ilustres ostras portuguesas, osos, almejas, babosas… Viejas gordas y habladoras abren las conchas con pedazos de cuchillos; mozas de carnes abundantes sirven los platos con olor a esencia marina”. En medio del calor y la algarabía de los vendedores me alcanzaron a decir cómo llegar al 70 de la rue Sainte, la calle santa donde me seguían esperando. 

Dejé mi maleta y salimos. Pero qué, cuál maleta. Eso suena como a gran cosa y no, lo mío es andar ligero de equipaje. Dejé lo poquísimo que llevaba, cogí El remordimiento y volvimos al Puerto buscando la Canebière que ahí termina. Íbamos como remontando un río desde su desembocadura, siguiendo las indicaciones del maestro, reviviendo los afanes que debía de sentir por el camino. Así, como peregrinos por la Canebière, atravesamos calles afluentes sin desviarnos un palmo de su cauce, el que conduce a la calle Sénac, la del Hotel Esfinge, el de los calzoncitos de Toní. Atrás quedaron la calle Beauvau y la plaza del General de Gaulle. Atrás el Museo de la Marina y la rue Albert 1er. Atrás incluso la calle Paraíso, que tan importante fue para el maestro, pues ahí está la iglesia de San José, el esposo beato de María, la del papelito de Toní: “Vengo a ofrecerte este papelito… a cambio de esto Señor, dame conocimiento”. Cuando leímos la inscripción en lo alto de la fachada, entendimos que no había mejor lugar en el mundo para venir a ofrecer ese sacrificio: In honorem Sancti Joseph sponsi beatae Mariae Virginis (En honor a San José, esposo de la Santa Virgen María). En pleno atrio, y a propósito de sacrificios, nos acordamos de Fernando Vallejo cuando dice: “Es mi opinión que los santos se hacen santos a fuerza de remordimiento”. ¡Claro! Esa es la mía también. Y para remordimientos el de don Fernando González: “En Envigado tengo un remordimiento de no haberme acostado con Toní, que me está matando”. Se lo propongo entonces a su tocayo para el santoral, ahora que le dio la canonizadera.

Seguimos anhelantes, a contracorriente de la Canebière. El sol buscaba hundirse por detrás del Castillo de If al atardecer, y Marsella parecía a esa hora una inmensa ruina devorada por los años y el salitre. En los puertos todo huele a mar aunque el mar esté lejos. Allá estaba la casa del maestro, frente al mar, al otro lado de la ciudad, junto al parque Borely, a orillas del río Huveaune. Era la amplia casa de dos pisos en que Toní perturbaba al maestro bajando las escalas de tres en tres. Era la sede consular en cuyos jardines acontecieron los agitados calores de la gata Salomé, sus escarceos con el gato Rousseau, tan parecidos a los de don Fernando con Toní. Era la casa en que el cónsul entraba a hurtadillas al cuarto de la institutriz, olía sus ropitas y se medía en su cama “para ver como quedaba uno allí”. En esa casa, cierta Nochebuena, Toní pidió con fervor “un marido como Monsieur González”. Cuando no estaba escribiendo o rezando en esa casa, el maestro erraba por Marsella atisbando, meditando, estando ocioso, pero también huyendo de la tentación. Claro que también huía de la casa para reencontrar la tentación lejos, donde fuera menos imposible, en aquellas citas del Hotel Esfinge en que Toní decía “mil veces no” pero entraba “como los alemanes a Bélgica”.

Entonces llegamos a la calle Sénac. Seguimos de largo la primera vez porque nos confundió el nombre: se llama “rue Sénac de Meilhan”, y hace honor a un político dizque adepto de Voltaire. Volvimos a la esquina y empezamos a contar los quince o veinte pasos que decía el maestro. Estrecha, aunque no tanto como las aledañas al puerto, la Sénac es una calle de putas viejas y ariscas que se las saben todas. Se pasan las eternas tardes del mediterráneo sentadas en los quicios de las ventanas, fumando y esperando, hablando a los gritos con otras asomadas en los balcones. Los edificios están corroídos por el viento de mar y en los marcos de las ventanas altas hay ropa, toallas, sábanas colgadas. En todas, menos en la del Hotel Esfinge.

Como mirábamos y mirábamos desde afuera, salió un señor discreto y nos invitó a entrar. Medio le contamos la historia de un escritor colombiano que se venía para acá con una muchacha a darle muchos consejos espirituales.  “Ya no se llama Esfinge pero este es”. Nos invitó al jardín a tomar café y se puso a contarnos lo del cambio de nombre. Que era un hotel muy viejo, que era el mejor que quedaba en la calle Sénac y que en este momento, sin embargo, estaba completamente vacío. También dijo que los cuartos habían sufrido ciertos cambios. “¿Cuáles?”, le pregunté, y nos dijo que si queríamos ver alguno. “Sí, el del primer piso con vista al jardín”. “Vengan conmigo”.

Dejamos el café servido y subimos palpitantes por una escalera de madera crujiente. El calor seguía poderoso en ese punto de la tarde. Nos mirábamos risueños tras el hombre discreto como diciéndonos: “en el cuarto te voy a decir un secreto”. Se abrió la puerta y lo vimos por fin: la ventana, la cama, la chimenea, el baño diminuto. Abrimos la ventana y entró una bocanada fresca. Vimos las tasas a medias en la mesita del jardín, los solares casi tropicales de las casas vecinas, la fuente con la esfinge de león que desde los tiempos del maestro adorna el patio del hotel. En esas estábamos cuando el señor discreto nos dijo: “Búsquenme abajo si necesitan algo”. Y salió.

Solos en el cuarto, en el hotel, en Marsella, nos pusimos a recordar los jaleos del maestro con Toní. El calor se volvió más abrasivo. Empecé con la blusa, azul y humedecida, que le quité por el cuello de un solo jalón. Seguí con el brasier ligero que cedió al primer intento, se cayó solo y me mostró la doble misericordia de Dios. Después llegué a la falda, ya sin nada qué perder, y cuando también se vino abajo, entre un espasmo y otro, empezamos a darnos muchos y muy preciosos consejos espirituales. Fueron consejos rítmicos, cadenciosos, firmes pero suaves, impetuosos y delicados. Y nos olimos, nos olimos mucho porque amar es oler: olemos todo lo que amamos. Me dijo mil veces que no lo hiciera y mil veces me incitó a seguir haciéndolo. Que entonces en la cama no, que sería imposible rehacerla igual, que mejor en el piso. Pues al piso fuimos a dar. Las tablas crujían al ritmo de los consejos como la escalera al de los pasos. Sabíamos que desde abajo se escuchaba el ruido de la visita, y sin embargo nadie subió en esos minutos que parecieron horas. Al final escuché otra vez aquello de “dónde están mis calzoncitos” (où sont mes petites culottes) y agitados todavía por lo vívido del recuerdo, bajamos donde el señor discreto acomodándonos la ropa como pudimos. Nos despedimos de él agradecidos y salimos a desandar el camino en el lento crepúsculo marsellés.

Maestro: entre las tantas cosas que se han hecho con usted, que va de boca en boca de expresidentes, rectores, muchachas, profesores, actores y poetas, han intentado hasta robarse su cadáver. ¿Se imagina? ¡Unos marihuaneros de Envigado lo querían exhumar! Menos mal que la traba apenas les dio para sacar el cráneo, y que entre los aprendices de sepulturero había un pariente suyo que se lo devolvió a la familia. Cuentan que lo pusieron de adorno encima de un armario, como si fuera un santo de yeso. Veinte años antes, Jean-Paul Sartre, otro canonizador (el que canonizó a Jean Genet), había propuesto su nombre para el Nobel, pero los políticos colombianos se opusieron a la postulación y la truncaron. Otros dicen que usted “usó para pensarnos el dialecto que hablamos”, que era “un alpargatado filósofo viajero”, “un escritor imprescindible”, “un hombre implícito”, un “místico”. Como ve, dicen y hacen muchas cosas que usted a lo mejor no pidió. Pero que yo sepa nadie, nadie se había tomado el trabajo de cumplir este deseo tan sencillo: “Si fuere por allá el lector, pregunte si encontraron les culottes de Mademoiselle (los calzoncitos de la señorita) que se nos quedaron olvidados sobre la chimenea”. Pues sepa maestro que por allí estuve, y que en lugar de ponerme a preguntar los busqué yo mismo. Y le quiero decir que los calzoncitos sí estaban encima de la chimenea, donde los dejaron olvidados por salir de afán. Aquí los tengo. Cuando vuelva a Otraparte se los entrego. 

PABLO CUARTAS
Fotografía: Ana Salas

Este texto apareció en Universo Centro No. 36, julio de 2012. Atunes lo publica con autorización del autor. 

sábado, 28 de julio de 2012

La soberbia del que claudica




Gracias por participar, le iban a decir el presidente, los organizadores y los periodistas. Peor: ni eso le iban a decir. Su lugar fuera del podio era tan previsible que cualquier esperanza era ridículamente ilusa. Como casi todas las veces, era del montón. Y no solo eso: esta vez, otra vez, lo tenía todo en contra. En el ciclismo, en ese deporte suicida, en esa competencia más dolorosa que el boxeo, si no sos un capo siempre lo tenés todo en contra: el pelotón, la carretera, la bicileta, tu propio cuerpo. Y no solo eso: era una etapa plana, concebida para otros. Ni siquiera para otros, para otro, para Cavendish, el hijo de la casa, el futuro sir por esa medalla de oro que ya tenía su nombre y que le iban a entregar por los-méritos-de-su-infancia.

Así y todo llegó segundo Rigoberto Urán en la prueba de ruta de la olimpiada, mientras la delegación colombiana veía la derrota, esta sí inevitable, de Falla contra Federer. Urán cometió esa imprudencia: la irresponsabilidad y la injusticia que siempre hay en el milagro. Esa proeza, ese puntico en la historia de la risible historia de deporte colombiano. 

Y segundo llegó justo por eso, porque se descuidó al final, porque la cagó, porque se le salió el colombiano en los últimos metros. Porque esa victoria no era para él, porque lo tenía todo en contra –aun cuando ya lo hubiera superado–, porque de vuelta ni el presidente ni los organizadores ni los periodistas le iban a agradecer. Y siendo así las cosas, uno quisiera creer que Urán, del que ahora en más dirán “ese monstruo, ese súper humano, ese-Induraín-del-futuro”, perdió, perdió llegando de segundo, adrede, a propósito, porque-le-dio-la-gana. Ese, que era del montón, ese suicida, ese que ha soportado más muendas que un boxeador, tuvo la soberbia del que claudica para darnos una lección. 

ESTEBAN GIRALDO

martes, 3 de julio de 2012

Todos los hombres



La ambición, la grandeza de su ambición, es el signo distintivo en la pintura de Luis Caballero. Esa ambición ya casi proverbial de «rivalizar con Dios», propia solamente de los verdaderos creadores, que vemos expresada en sus diversos cuadros sin título. Así lo escribió su hermano Antonio en La soledad de Luis Caballero: «la ambición desmesurada, descomunal, que hay, o debe haber, en el origen de la gran obra de arte». Así lo dijo el propio artista, en su taller de París, cuando le respondió a Ramiro Ramírez la pregunta infaltable sobre «el erotismo como tema de su pintura»: «No me interesa hacer un cuadro, lo que quiero es hacer gente. Hacer esa persona que quisiera tener y que no tengo». Una ambición total, comparable a la del Génesis, que sólo encontró su límite en la muerte.

Luis Caballero sabía el tamaño de su ambición: «con un cuerpo y nada más se puede expresar todo y decir todo». Su pintura se propone entonces desmentir el aserto de Spinoza: «Nadie sabe lo que puede un cuerpo». La crítica le concede el mérito de renovar nuestra mirada sobre el erotismo y la sensualidad, la violencia, el placer y el dolor: para algunos pinta «cuerpos que se deshacen en el éxtasis cuando la vida es tan fuerte que se acerca a la muerte». A otros les hace descubrir lo místico en lo pagano: «Dios es el Hombre, dice la pintura de Caballero; y el erotismo es su religión». Hay quienes ven en el pintor a un católico sin cristianismo, pues se trata al fin y al cabo de «una relectura de la pintura sacra». Su obra ha sido leída también como un «largo peregrinaje del deseo», sobre todo en lo que éste tiene de brutal y desgarrador, de intensamente humano. Se dice, a propósito de su técnica, que «la tensión de los cuerpos de Caballero pasa del dibujo a la pintura». Y vuelven las preguntas de siempre: «¿Esos jóvenes están vencidos por la muerte o por el placer? ¿Es la lucha? ¿Es el don?». La búsqueda incesante del artista («yo pinto siempre el mismo cuadro», afirmó alguna vez) se replica en todo aquél que intente aportar una visión sobre ella. Por eso los comentarios sobre la obra de Caballero, incluidos los suyos propios, son como los cuadros que describen: la repetición obsesiva de un tema y la primicia de una variación que se quiere cada vez inédita. Porque el todo es multiplicidad reunida. Y la pintura que lo ambiciona, en su unidad es siempre otra y en su diversidad es siempre una.

Surgida de una obsesión sin concesiones, Caballero ambicionaba «una imagen que se imponga de un golpe y que no necesite una lectura». Pero es difícil guardar silencio ante una boca sangrante que se ofrece como último argumento. Difícil acallar la conmoción que suscitan esos cuerpos no desnudos, sino desvestidos, de cuya furia cansada no sabemos el origen ni el destino. Abandonados de sí mismos, entregados al otro en un combate impreciso, esos cuerpos claman algo parecido al júbilo y al lamento. Lo mismo las manos y los sexos y los ojos suplicantes y repulsivos a la vez, bélicos y vencidos, amos y esclavos del placer o del dolor. Difícil, muy difícil no aventurar una lectura sobre el delirio de esos cuerpos sufrientes o exhaustos, abatidos por la lucha o el orgasmo, que aparecen y reaparecen en la obra de Caballero, artista de lo viviente, pintor de animales en celo. Sin embargo, por imposible que parezca este silencio, los distintos cuadros iguales que pintó Luis Caballero no necesitan una lectura. Ni siquiera un título. Las palabras son innecesarias pero inevitables.

La búsqueda de la «imagen necesaria» que ambicionaba Caballero, así como los muchos y muy parecidos comentarios que provocó su obra, se encuentran ampliamente documentados en el volumen que le consagró la Revista Mundo: «Caballero: Peregrinaje del deseo». Cuadros de distintas épocas hablan de su compromiso con los temas fundamentales de su creación. Textos de distintas procedencias atestiguan, por otra parte, la infinidad de variaciones que su obra despertó en la crítica. Ahí está La cámara del amor, el políptico que le valió el primer premio de la Bienal de Coltejer en 1968, con aquellos personajes enlazados por fuerzas inquietantes, casi condenados a relacionarse, para demostrar que a sus veinticinco años Caballero empezó a pintar el cuadro total que lo mantuvo ocupado hasta la muerte. Y está el artículo de Juan Gustavo Cobo Borda para señalar, y la expresión es bastante justa, que en aquella época ya se percibía un clima en la pintura de Caballero. La imagen cabe como ilustración porque hay un ambiente que se impone como las estaciones: es una atmósfera, no una historia, lo que determina a estas siluetas anónimas en pugna. De ahí que no haya explicaciones sobre los motivos de sus encuentros confusos: no son escenas que retratan el sucederse de una situación sino más bien momentos sin antes ni después, instantes suficientes  para revelar una verdad enigmática: el placer y el dolor, la vida y la muerte, el infierno y el paraíso están todos en el cuerpo.

Toda la belleza, toda la sordidez y toda la obstinación de Caballero estaban previstas al comienzo de su peregrinaje. Luego de la Bienal en Medellín aparecen las obras cruciales de los años setenta y comienza a definirse el estilo, la impronta de su pintura. Sin decidirse todavía a dejar el color, el erotismo gana definitivamente su lugar de privilegio cuando la pintura de Caballero, según su propia observación, se hace más lenta: «el erotismo es lento y el sexo es rápido. Yo hacía una pintura rápida. Eso duró hasta el año 68 con el cuadro de la Bienal de Coltejer que fue una especie de resumen y apoteosis de esas formas orgánicas, directas, brutales». No es que lo orgánico, lo directo y lo brutal desaparezcan: es que, lentificados, estos elementos adquieren una dimensión erótica más contundente. Este elogio de la lentitud orienta la producción de aquellos años, que son sus primeros años en París, adonde llegó para quedarse en 1968. La lentitud convierte el impulso en estilo, y hace de la sensualidad impetuosa de los primeros cuadros una experiencia más comunicable y más universal en la obra subsiguiente.

Este período ratifica una sensibilidad que no hace concesiones. Luis Caballero no concede una lectura unívoca (parcial) del cuerpo (del todo). Su pintura es la mise en place de una divisa radical: la belleza será humana o no será. La belleza será la tensión que habita el cuerpo, porque el cuerpo es la vida asediada por la muerte. Y el erotismo será la experiencia fronteriza, límite, donde se confunden todas las posibilidades y donde se manifiesta «aquello que la vida en su paroxismo tiene de muerte, el abandono tiene de destrucción, el amor de violencia» (Conrad Detrez). Por eso los gestos y las poses de sus cuerpos pueden expresar la tortura, el éxtasis o ambas cosas a la vez. Es difícil encontrar una celebración más terca de la vida como es y un rechazo más furioso de la vida como debe ser. La mirada de Luis Caballero parece injuriar todo esteticismo, todo artificio, toda esa candidez de buen gusto que falsea al cuerpo idealizándolo. Nada de eso se puede esperar de una obra que ruge así en favor de la belleza humana: cuando el espectador cree encontrar, para aquietar su conciencia perturbada, una lectura tranquilizante de la obra, Luis Caballero plantea torsiones indecisas, difíciles de asociar a una sensación fija, que nos recuerdan que «el amor, la muerte y el cuerpo no son sino uno». Cuando surge la tentación de decir fácilmente «erotismo», el pintor destaca los juegos que el placer suele pactar con el dolor. Porque el erotismo es menos fácil que la pornografía, y puede encontrarse donde menos se lo espera. Edward Lucie-Smith hace bien en recordar que Luis Caballero coleccionaba recortes de la prensa roja colombiana, fotos de cuerpos accidentados o asesinados, y no es difícil constatar que esta afición tenía ecos latentes en su obra. Basta con repasar un cuadro de 1978, un arrume de cuerpos desnudos, hombres y hombres acumulados en desorden, tumbados de costado o bocabajo, de donde surge uno, también desnudo, moviendo los brazos para abrirse paso en el tropel. Son uno, tres, siete cuerpos extenuados, aferrados entre sí, y uno más preparando la huida de lo que pudo ser una gran orgía. O son siete cuerpos tendidos y uno en fuga, luego de un combate, cuyo origen puede ser uno de aquellos recortes de prensa que mostraban, durante toda la infancia de Caballero, los montones de cuerpos cercenados de las víctimas de la Violencia en Colombia.

Erotismo sí, pero en toda su complejidad. El uso y el abuso de este cultismo no debería empobrecer, simplificándola, una vivencia que le debe tanto a la voluntad como al instinto. Y que no se explica por el dolor, pero que tampoco se reduce a la delectación. En eso consiste el vitalismo de Luis Caballero: en negarse a excluir la parte maldita que acecha a todo lo que emprenden los hombres. Ahí reside la fuerza de su ambición: en buscar esa imagen total que sintetice la ambigüedad de las cosas humanas. «El hombre es cosa vana, variable y ondeante», escribió Montaigne, y Luis Caballero pintó la belleza atormentada de esta condición.

No creo agraviar al autor de estos desnudos si recuerdo a dos equivalentes literarios de su sensibilidad: Jean Genet y Fernando Vallejo. Qué cerca estaba Luis Caballero de Un chant d’amour y Le condamné à mort. Y qué cerca del que escribe: «Dejando su boca fui bajando por sobre rutas de sangre agolpada en el cuello, y al llegar a su pecho, triunfo de la vida desde el fondo de las edades, burla de lo mensurable, se levantaba hacia mí, hacia el cielo, el egregio dios Príapo, Señor de la Burras». Y no me parece excesivo decir de su obra lo que Albert Camus apuntó en su carnet de 1942: «Según Proust, no es que la naturaleza imite al arte. Es que el gran artista nos enseña a ver lo que su obra, de manera irremplazable, ha sabido aislar en ella. Así, todas las mujeres se convierten en las mujeres de Renoir». Porque así también, a fuerza de aislar la belleza masculina del resto del mundo, todos los hombres son los hombres de Caballero. He ahí una ambición total, comparable a la del Génesis, que es vida constante más allá de su muerte.

PABLO CUARTAS
Este texto apareció en el último número de la revista Mundo en diciembre de 2011.
Imagen: Luis Caballero. Sin título, 1985

miércoles, 6 de junio de 2012

Concierto de Natalia Valencia Zuluaga



Lugar: Auditorium Maximum
Fecha: 28/04/2012
Hora: 12:36 aproximadamente
Evento: Acto inaugural del homenaje a John Cage. Concierto con obras de la compositora Natalia Valencia Zuluaga. Orquesta Sinfónica EAFIT. Directora: Cecilia Espinosa A.

Difícil tarea me he propuesto, pero no imposible: poner en palabras mi experiencia en el concierto que más me ha conmovido en lo que va del año. Tomo distancia, le doy una calada a mi cigarrillo, me río de mi posición tan cliché al escribir y continúo.

Lo único que deseo decir sobre John Cage es que tal vez nunca existirá un personaje igual. Para Cage todos los sonidos del mundo eran música. Él mismo lo afirmaba. Cuando los periodistas le preguntaban que si no le molestaba que la gente se riera de sus obras, él respondía: “siempre he preferido la risa al llanto”. Y siempre lo respondía con una inmensa sonrisa. Les recomendaría escucharlo todo, no solo su obra más conocida: 4’33’’; les sugeriría también que leyeran Silence, que miraran todas las entrevistas, performances y demás obras que hizo.

Natalia Valencia Zuluaga es tal vez una de las compositoras más importantes a nivel nacional. Poco célebre, pero ¿qué es la celebridad? Lo leí en un trino de Jodorowsky: “Es ser conocido por los que no te conocen”. Un compositor, un artista, un hacedor de cualquier cosa debe ser reconocido por lo que hace. Natalia Valencia Zuluaga es una compositora incansable, me atrevería a decir que todos los días de su vida los ha dedicado a la música.

Ahora el concierto. Comenzó con un estreno absoluto: 1987. Obra para orquesta, de aliento largo y fuerte, que nace desde el silencio para llegar a un gran estruendo, pasmoso, hasta ominoso, para volver al silencio. 1987 es una pieza rica en expresividad, donde la música se manifiesta –diría John Cage- como “la organización de los sonidos”, y donde se hace visible que el ruido es lo que a uno le parece ruido: un ruido intenso, como el que nos acalla a ratos, el ruido que nos deja la pérdida, el ruido que deja el miedo, pero ruido que puede ser silenciado.

Le siguieron dos cuartetos de cuerda. Miniaturas, una obra en dos partes contrastantes; la primera ligera y precisa, donde se evidencia el interés por crear variaciones rítmicas a partir de una partícula mínima. En la segunda aparecen melodías largas, que permiten mostrar una de las grandes cualidades de los instrumentos de cuerda: cantar melodías. Y luego Cuarteto, de carácter contemplativo, donde el espectador es sumergido en una serie armónica, sugiriendo a ratos influencias del movimiento espectralista francés, pero sin dejar de lado una fuerte intención por hacer crecer una melodía contrapuntística, rica también en variaciones rítmicas.

En un buen concierto ocurre una especie de suspensión, se alcanza una suerte de lejanía que permite la introspección, una extraña intimidad donde uno está y no está en el lugar, donde se cohabita con otros oyentes y comparte órbitas creadas por los sonidos que se expanden y contraen por la sala, donde el tiempo tiene una duración distinta. Este fue el caso.

La última obra que se interpretó fue Solo, una pieza donde el minimalismo es expresado líricamente en el chelo. La pieza tiene un carácter idiomático y expresivo, que remite a estados de profunda concentración; se basa en dos motivos desarrollados a partir de diversas variaciones, principalmente tímbricas, y termina en un clímax sobrio. En toda la obra los armónicos cantan libremente.

De la increíble Natalia Valencia Zuluaga sé que tendremos obras para un buen rato, quizá el tiempo suficiente para que la verdadera celebridad llegue. Por lo pronto esperaré con ansias su próximo concierto y expreso mi gratitud inmensa no solo a su obra, sino a eventos como el homenaje a John Cage liderado por Lucrecia Piedrahita y Wolfgang Guarín. Gracias por permitir que existan más espacios para la música contemporánea en Medellín. Gracias por permitir que este pueblo y este país no sean una tierra sin música.


JOSÉ GALLARDO

miércoles, 11 de abril de 2012

Alegatos





From: giraldoesteban@hotmail.com
To: sanpablocuarto@gmail.com
Subject: Alegatos
Date: Sun, 8 Apr 2012 17:50:56 +0000

Pablo, 

¿Viste la pelotera que armó Abad porque dijo que no le gustaba el teatro? Que él no iba, que no lo invitaran a esa güevonada ahora que a todos nos gusta tanto el teatro. Este es el enlace:
 http://www.elespectador.com/impreso/opinion/columna-334261-contra-el-teatro
  
El alegato, la reacción más candente es la de Fabio Rubiano, que por ser tan belicosa tal vez resulte ser la mejor. Todo herido el hombre. Pille y me cuenta:
http://www.revistaarcadia.com/impresa/teatro/articulo/respuesta-fabio-rubiano-hector-abad-faciolince/27981 

Un abrazo, 

Esteban 

***

From: sanpablocuarto@gmail.com
To: giraldoesteban@hotmail.com
Subject: Alegatos
Date: Mon, 9 Apr 2012 08:53:30 +0000

Esteban,

Abad no es santo de mi devoción. Considero que es un invento de los medios; que su prosa (y no me quiero imaginar su poesía) es mediocre, insípida, sosa; que es un prêt à porter de la literatura, un escritor perfecto para nuestra precaria élite local, la que lee y admira a los columnistas de El Colombiano; que su tono de sabio antioqueño y su omnipresencia en los asuntos culturales de Medellín, no me generan la más mínima simpatía; que de El olvido que seremos, aparte del título y los tres capítulos finales, no se encuentra nada más que pueda explicar el éxito abrumador de la obra. Pero mejor no sigo. Al fin y al cabo, Abad ya es el olvido que será.

Esas impresiones me acompañaron durante la lectura de la primera columna, pues la hipotética figura del lector imparcial se me hace tan imposible como aburridora. Sin embargo, tras leerla y releerla, apenas pude entender que se trataba de una ocurrencia un poco chocarrera -como un chiste destemplado- pero nada más. Se me hizo incluso inofensiva, ingenua, casi tierna, por la debilidad pero sobre todo por el carácter personal y sólo personal de los argumentos. Apenas alcancé a ver a un señor diciendo que no le gusta el teatro y tratando de explicar por qué. Y nada más. 

El que sí logró ver mucho más fue Rubiano, quien tomó la vocería de su gremio y escribió un virulento manifiesto de defensa del teatro. Vio a un “fóbico”, a un “ignorante”, y le respondió con tono aleccionador en siete puntos, como si fuera el sermón de las siete palabras. ¡Y qué sermón! Que Homero no hizo esto sino aquello, que no confunda esto con aquello... que mire lo que hacen las compañías de Barcelona, que son un éxito y llenan teatros... que si es así entonces tampoco podrá apreciar a Lucien Freud, ni a Kurosawa... ¡Qué drama de respuesta! ¿Será por tanto cultivar el “arte dramático”? Y eso que los actores son muy capaces de reírse de sí mismos… Qué tal que no. 

Una sola pregunta importante queda de esta discusión bizantina o, mejor, de este malentendido (porque creo que se trata de eso: de una broma tomada sin humor). La pregunta es: si no es el escritor, ¿entonces quién puede expresar libremente sus opiniones personales? ¿Los políticos, ceñidos siempre a la conveniencia electoral y a lo políticamente correcto? ¿Los periodistas, incapaces de escribir un párrafo decente y pendientes siempre de lo que el dueño del periódico quiera o no quiera escuchar? Si no es la literatura ese espacio de libertad para decir “yo”, ¿entonces dónde podremos confesar sin miedo, sin culpa, sin buscar redención alguna, lo que nos disgusta del mundo? No quiero citar ejemplos desproporcionados ni comparar lo incomparable, pero traigamos, al azar, el caso de la célebre Modest proposition de Swift. Yo prefiero que se mantenga la libertad radical que el escritor detenta, única garantía de que pueda decir lo que quiera. Y asumo que esa radicalidad pueda dar lugar a desatinos humorísticos como el de Abad, pero que sin ella son imposibles aciertos irónicos como el de Swift.

Yo no sé qué es peor: si Abad, un escritor demasiado banal, o Rubiano, un actor demasiado serio. No sé si es peor el chiste o el regaño, el desatino o la altisonancia. Por lo demás, no creo que el arte necesite defensores. Defensores necesitan las ideologías y los credos, que se mantienen buscando adeptos (o sea público). ¿Será el caso de Rubiano?

Lo cierto es que la ironía, el sarcasmo, los dobles sentidos, la risa, siguen siendo recursos ajenos a nuestra sensibilidad. Socialmente, el altercadito entre Abad y Rubiano ilustra una cosa mucho más grave y más preocupante: la intolerancia, la incapacidad de los colombianos de burlarnos de nosotros mismos. Triste condición de doble vía que nos hace demasiado serios en lo superficial y demasiado superficiales en lo serio. Esta vez, por fortuna, el tema es el teatro, una cosa que -gústenos o no- le incumbe a una minoría de la población. Pero si el tema fuera la inconformidad ante la violencia del Estado, por ejemplo, ¿soportaríamos que saliera un funcionario a darle lecciones de pensamiento político al escritor? Esto ya ha sucedido, de hecho, y hemos tenido que padecer a un personaje tan atorrante como José Obdulio Gaviria tratando de convencer a todo el mundo de que lo negro es blanco, como en los emblemas orwellianos de 1984... Ahí sí: Vade Retro.

Saludos pascuales,

Pablo

PD: Hablando de alegatos, ¿viste el “editorial” de El Colombiano sobre el “reportaje” de El País? Dos perlas: “¡Claro que tenemos problemas de seguridad y que la violencia absurda sigue arrebatándonos a muchos jóvenes!” (Tono de vieja gritona). “Nos resistimos a aceptar que también se nos quiera matar la esperanza” (Tono de vieja llorona). El Colombiano no sirve ni para madurar aguacates. Leé y verás.


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From: giraldoesteban@hotmail.com
To: sanpablocuarto@gmail.com
Subject: Alegatos
Date: Tue, 10 Apr 2012 10:08:31 +0000

Cuartas,

Mirá que me jalás la lengua y no puedo parar. Ahí me salió esta cantinela, esta cantaleta que tocará pedir que publiquen en atunes. 

Ya había visto yo algunas trifulcas a propósito de un reportaje sobre Medellín, publicado por El País –de España, se entiende– el domingo pasado. Ah, ya me imaginaba yo, otra vez, la misma cantinela: un periodista europeo sorprendido por la violencia, la miseria de la vida en Medellín. Un tipo de afuera describiendo todo lo que, claro, ya sabemos los de adentro: que-no-nacimos-pa´semilla, que-pa´qué-zapatos-si-no-hay-casa, que-la-vida-es-un-ratico, y dele. Todo lo que, claro, es verdad. Ah, ya me imaginaba yo, otra vez, la misma cantinela: las voces indignadas de la gente bien de Medellín repitiendo que la cuidad ha mejorado mucho, que Medellín es la cuna del maestro Botero, que tiene la temperatura del paraíso, que se han construído unas bibliotecas muy bonitas y que, vea usted, hasta fueron visitadas por los reyes de España y que por allá en Santo Domingo Savio hay unos niños que tocan el violín que son un primor, y dele. Todo lo que, claro, es verdad.

Lo que no me imaginé es que El Colombiano saliera con un editorial que es un postre, el bizcocho de nuestro provincianismo. “¡Basta ya con Medellín!”, se llama. Y es tan bonito. Vean esta perla: “¡Claro que tenemos problemas de seguridad y que la violencia absurda sigue arrebatándonos a muchos jóvenes! Pero de ahí a decir que estamos llenos de sicarios, no es aceptable, porque, sencillamente, no es verdad.” ¿Cuántos sicarios hacen falta para decir que una ciudad está llena de sicarios? ¿Algún sociólogo puede dar alguna cifra? A mí me parece que con que haya uno pues ya hay bastantes. Y pillen esta otra lindura: “Nos han tildado muchas veces de regionalistas, pero hoy sí que queremos serlo para defender a Medellín, que es defender a Colombia”. ¿Defender a Medellín? ¿Defender a Colombia? ¿Eso por qué? ¿Para qué? Sería mejor que El Colombiano se defienda de las faltas de ortografía en sus páginas, que corregir eso es una cosa sencillita y no un imposible y un despropósito.

¿Ustedes se imaginan a El País –de España, se entiende– dedicándole un editorial entero a un periódico de Colombia porque allí se publicó un reportaje hablando de lo xenofóbicos, lo pobres, lo arribistas y lo desvergonzados que se han vuelto los madrileños? Pues no, en Madrid ni se enteran de que hay un periódico que se llama El Colombiano. Ni siquiera lo harían si ese mismo reportaje lo publica The New York Times. Menos The New York Times le respondería a El País, defendiendo a Nueva York, por un reportaje acerca de lo violenta, lo aterradora, lo inhumana que puede llegar a ser una comunidad de crackeros en Brooklyn. ¿Ustedes se imaginan al director de ese medio tan serio escribiendo: “¡Claro que tenemos problemas de seguridad y que la violencia absurda sigue arrebatándonos a muchos jóvenes! Pero de ahí a decir que estamos llenos de drogadictos, no es aceptable, porque, sencillamente, no es verdad”? Yo, la verdad, no lo puedo concebir. Peor: el tipo defendiendo el “regionalismo”. Ay.

Tan ciego en su provincianismo está el editorialista de El Colombiano, que ni siquiera se da cuenta de que el reportaje de El País –de España, se entiende–, como texto, como periodismo, como escritura, es lamentable. Por ahí sí podría meterse uno y hasta burlarse de la ingenuidad, de la inocencia beatífica del pobre corresponsal y los editores del mejor periódico español. Porque el texto no escupe mala leche, como se podría pensar, sino que resuma pura y dura candidez. ¿Acaso la labor del buen periodismo no es descubrir lo que no se sabe? ¿Quién a estas alturas se sorprende de que en Medellín vivan asesinos como los descritos en el denostado texto? “Contanos una cosa que no sepamos, que no sepa el mundo, hombre, no nos salgás con la misma cantinela”, habría que decirle al autor. O bueno, que por lo menos nos cuente eso que ya sabemos de una manera nueva. Pero no, nada de eso. Tan inteligente que se cree el reportero, iniciando con un detalle humano, y cerrando con él. Al principio un-curita-buena-papa que abraza a un sicario al que nadie ha abrazado el día de su cumpleaños. El mismo curita-buena-papa que, al final, nos entera de que un año después ese sicario fue asesinado y que nadie le hizo un funeral. Ay, qué sensibilidad, qué creatividad. Entréguenle a ese periodista el premio rey de España antes de que se abra la convocatoria, declárenlo fuera de concurso en el Pulitzer. Se le nota al “escritor” que fue buen estudiante y que se ha leído los manuales. Pero eso no es suficiente para conseguir un buen texto. Ese detalle, tan recomendado, tan de cartillla, resulta tan artificioso, literariamente hablando, que resulta risible, agota en esa chambonada la crudeza y la verdad que hay en el relato.

Herido en su amor por Medellín el editorial de El Colombiano no se dio cuenta de eso. Menos se dio cuenta de la franca idiotez con la cual se explica la degradación humana de los sicarios en la ciudad de la eterna primavera. Lean, lean bien la explicación.

“Para los jóvenes sicarios de Medellín, matar o morir no tiene ningún significado, es un hecho sin más, algo que se hace o se padece por necesidad, una función técnica y un destino obligado. ‘Es la pérdida del concepto de lo humano’, reflexiona Carlos Ángel Arboleda, de 61 años, sacerdote y profesor de doctrina social de la Iglesia de la Universidad Pontificia de Medellín. Él recuerda que en los primeros tiempos del narco, en la década de los ochenta, los asesinos a sueldo eran adultos de raíz campesina y con un pensamiento católico tradicional —básico pero sólido— que les hacía sentir de otra forma lo que hacían. ‘El primer sicario tenía una religiosidad popular muy fuerte’, explica. ‘Era consciente de que matar era pecado, pero le valía para conseguir dinero para la casa y para sacar a la mamá de la pobreza’. El padre Velásquez entiende que esa correa de transmisión de valores tradicionales se ha ido cortando por la descomposición de las familias humildes, causada en parte por la rápida incorporación de las mujeres al mercado laboral”.

Uno estaría inclinado a pensar que semejante teoría fue publicada en El Colombiano y no en El País –de España, se entiende–, que hasta donde se sabe es un periódico respetable. Pero no, ambos diarios terminaron hermanados en la ingenuidad, el catolicismo y el machismo. A mí que como lector me respeten y no me digan que los sicarios son más malos hoy porque no van a misa, y que cada vez hay más asesinos porque las mujeres ya no se quedan en la casa lavándoles los mocos y los calzoncillos a sus hijos. Que no jodan.

Y ahí no se acaba la candidez del reportaje. De mis épocas de estudiante me acuerdo de que ojo, que no hay que creerle todo a la fuente. Que la fuente en general dice lo que cree que quiere escuchar el periodista. Y este español hace gala de una credulidad sin límites. Copia todo a pie juntillas. Y peor, lo copia del trabajo que hizo Federico Ríos, el reportero colombiano al que en el texto solo le dan crédito por las fotografías. El reportero colombiano que a su vez se copió, en una de las fotografías, de la obra que hizo Juan Fernando Ospina para La virgen de los sicarios –el libro y la película–. ¿Además qué autoridad es Fernando Vallejo para respaldar la miserable opinión de un clérigo profesor de la UPB? Porque sí, Vallejo termina dándole la razón al eminente catedrático de la doctrina social de la Iglesia. “Vallejo, que atendió a este diario por teléfono, recuerda que en aquel tiempo ya estaba ‘bajando la devoción’. Unos años después, el escritor volvió a pasar por la iglesia de Sabaneta y la encontró en decadencia”. O esto es muy candoroso y muy necio, o es humor negro. Una de dos.

Insisto, es tan lamentable el texto de El País como provinciana la reacción de El Colombiano, y por lamentable no vale la pena tanta indignación. Por lo mismo paro ya, que no voy a seguir con esta cantinela a propósito de esas cantinelas que me imaginaba y de las que no quería ni saber cuando me desperté hoy.

*

Como verás, yo no tengo nada en contra de las señoras de El Colombiano. Mi mamá lo lee.
Un abrazo,

Esteban

lunes, 16 de enero de 2012

Una foto del Nobel



Esta vez, señores, voy a empezar así: érase una vez una mujer. Amalia. Había llegado después de todos los mares, lavada por todas las aguas, después de las más ásperas tristezas, dispuesta. Y era yo. Con ella. Era-del-año-la-estación-florida, era el cuerpo en el principio, era una pareja, ese monstruo. Tan vergonzoso y tan feliz todo. Cartagena, la muralla, el desolado Café del Mar en la atalaya, las cinco y pico de la tarde, el cielo, el sol y el caribe que se encendían fosforescentes si pedías una Club Colombia. Y fueron dos cervezas, cuatro cervezas mientras descansábamos juntos de haber estado tan juntos tantas veces en tan poquito tiempo, incansables en la suite menos sofisticada del Santa Teresa. Que se fueran los ahorros, la capacidad de crédito, el cuerpo y el alma –si es que existe–. Que desdijeran de nosotros los vecinos, que el personal se hastiara de las quejas de esos tres pobres gringos, padres de familia, por las órdenes, los gritos, los espasmos que se producían sin conciencia al interior de la habitación 2234, al fondo del pasillo, y que retumbaban pornográficos en las que algún día fueron las castas bóvedas de las carmelitas descalzas. Bendito sea Dios. Que se acabara el mundo. Lo que antes era sueño, en ese momento era posibilidad, destino. Se trataba de despedirnos, de agotarnos, de acabarnos en ese adiós absoluto que comenzó justo al reencontrarnos. Y que sería breve y que terminaría ahí, que terminaba ahí, justo ahí, a las cinco y pico, en la muralla, en el desolado Café del Mar, en la-estación-florida, en las Club Colombia y etc. De golpe, tres mesas más allá, del lado de los cañones, cuando sonreíamos a la Nikon que dejaría morosa constancia del delirio, alcancé a ver que llegaba una pareja setentona, muy bien puesta, toda de lino blanco, toda muy fina, muy cara. La señora tenía puestas unas grandes gafas oscuras y el señor unas Armani de sol discretas, y por discretas todavía más bellas. Canoso. Su cuerpo se debatía entre la robustez y la templanza producto de dos horas de ejercicio cada mañana. Es Mario Vargas Llosa, dije. Volvimos a mirar, atónitos, y no quedó lugar para las dudas. La mujer que lo acompañaba era Patricia Llosa, su prima, su esposa. Entonces, ¿cómo no especular acerca de lo que estaba terminando? Amalia ahí, y yo, no éramos más que la subdesarrollada repetición del encuentro entre Pluto y Lucrecia en esa novela injustamente menospreciada que se llama Los cuadernos de Don Rigoberto. Así se lo dije, pero Amalia no había leído el libro. Muy modesta, muy pobre, muy vulgarmente si quieren, pero éramos el remake, el eterno retorno de lo mismo. Sí, yo sé que no me creen, es el colmo. El puro colmo de todo. Páginas 49 a 86 en la edición de Punto de Lectura. Pero esto, señores, es autobiografía, no ficción. Yo tampoco me lo creo, pero es verdad. Y agárrense porque termino. Pidámosle una foto, sugirió Amalia, feliz, hermosa, conmovedora. Me extendió la cámara y miró donde la perfecta pareja examinaba la carta. Hice un gesto de incredulidad y dije que estaba bien así, que ni todos los premios nobel –vivos  o muertos– iban a permitir que yo me distrajera de ser ese Pluto y ella esa Lucrecia.  Amalia insistió. Yo, por esa concentración, no podía negarme a nada. Cogí la cámara, coqueteándole, rendido, y caminé hasta ellos. Me vieron llegar. Vi en sus gestos la molestia, la ofuscación de verse interpelados por un perfecto estúpido armado con una máquina de fotos. Casi me devuelvo. Amalia me aupaba desde el otro lado. Perdón, perdón, les mendigué. Asco, me miraron con asco. No, alcanzó a decir Patricia Llosa, la prima, la esposa. Sin dejarla seguir les supliqué. Les conté que, en últimas, lo que estaba terminando entre esa mujer y yo, sí, allá, a tres mesas, era tal cual el viaje que el buen Pluto le había propuesto a Lucre en Los cuadernos. Pronuncié así: Lucre, Los cuadernos. Y que si algo hacía falta para el milagro era esa foto. El Nobel aceptó, sonriendo. Patricia Llosa, la prima, la esposa, también sonrió. No era creíble, pero tampoco podía ser mentira. Les entregué la cámara. Está lista ya, le dije a Vargas Llosa, no sin antes advertirle que mejor si podía tener en el cuadro algo de atardecer. Caminé hasta nuestra mesa. Amalia me miró sin saber cómo mirar. Junté las sillas. La abracé por el talle. Miramos al escritor, a la cámara. Clic. Ahí está la foto. Muchas gracias don Mario, le dije cuando me devolví por la cámara. Muchas gracias, maestro, le dijo Amalia desde el otro lado. Ya hace rato Patricia Llosa, la prima, la esposa, se había retirado, rabiosa. Después, Amalia y yo pagamos. Pagué, digo. Bajando la rampa nos despedimos para siempre. Ella se quedó con la cámara, era suya. Bendito sea este recuerdo.

ESTEBAN GIRALDO


jueves, 12 de enero de 2012

Lvis Mejía – Zupranada




En principio debo mencionar que esta es mi primera reseña de un disco internacional, hasta el momento había mantenido la firme intención de hablar sobre discos de origen colombiano. El artista del que hablaré es de origen mexicano y reside hace varios años en Hamburgo; tiene algunos rasgos punk en su vestir, pero digamos que tal vez es sólo cuestión de estilo y que de seguro a “Claudita” le gusta como lleva el cabello: con el mohicano, como le dicen en el país de la tortilla a lo que nosotros llamamos cresta.

Es curioso, algunas veces la persona se parece a su hacer. Este es el caso. Lvis –se pronuncia Luis– es un joven artista al que alguna vez le dio por la filosofía y llegó a Alemania buscando no sólo germánicas sino el pensamiento fuerte. Lo intentó y siguió su camino por el lado del arte.

Aunque en los momentos actuales etiquetar algo como arte sonoro es la manera más fácil de catalogar una expresión sonora difícil de hacer encajar en un género –o géneros– musicales, no todo es “arte sonoro”. Lo de Lvis, sí. Lvis es un artista visual que decidió recorrer varios caminos y producir sus representaciones sobre los mismos.

Zupranada es su primer álbum, un de-todito-picante donde el artista explora diversos ámbitos de lo sonoro, referenciando a sus grandes maestros. Escuchándolo tengo imágenes mentales donde veo un Aphex Twin vendiendo mangos en cualquier playa suramericana y a Olivier Messiaen grabando pájaros en compañía de Satie y Cage; o las tortugas ninjas (Leonardo da Vinci, Rafael SanzioMiguel Ángel y Donatello) teniendo una conversación de chat.

El terreno donde se mueve Lvis es el de la creación y para él lo menos importante es el medio. No se anda con pavadas como “abajo el arte sonoro, arriba Supercollider”. Lo que Lvis quiere decir lo dice en una obra a la que además de referentes y medios, le sobran argumentos.

No siendo más y para no cansarlos con palabrerías de un “pinche negro”, recomiendo que se creen su propia impresión de  Zupranada: www.luismejia.net


JOSÉ GALLARDO A.