martes, 14 de mayo de 2013

Opiniones de un poeta


Hombre William:

Yo sí no me voy a poner a darte cursillos de orientación ideológica porque ni yo soy Vallejo ni vos sos García Márquez. Vos que sos tan amigo de los dos sabés de qué te estoy hablando. Y debés recordar que en ese cursillo se habla de un dictador tropical, “y de todos los lambeculos aduladores suyos como vos”. Pero ese vos no sos vos, no te preocupés.

Ese “vos” es Gabito, y el dictador adulado es Fidel Castro, a quien vos también admirás mucho, según le dijiste a Cecilia Orozco. Le dijiste además que fue el bloqueo económico el que no dejó florecer el proyecto generoso de Castro. Yo de vos agregaría que tampoco floreció por culpa de los apátridas que se fueron de la Isla, esos que el comandante generoso bautizó, en nombre del Pueblo, cuando el Mariel, “la escoria”. Pero no naveguemos por esas aguas turbulentas y hablemos solamente de Venezuela y del comandante Chávez. No revolvamos dos revoluciones distintas. Triunfales ambas, eso sí, y aclamadas por todo el pueblo latinoamericano que se resiste a la opresión del imperialismo y sus aliados locales. Mejor que hablen de Cuba los que la conocen por dentro, los que hayan vivido con veinte dólares al mes, sin comida suficiente, sin libros (como no sean los autorizados por el régimen), sin derecho a la asociación libre, sin acceso a la información (como no sea la del Granma), con todas las libertades coartadas, en la delación, en la represión, en la pobreza, en el miedo, sin poder salir, sin poder disentir, sin poder ser homosexual ni anticastrista ni nada porque el único poder legal es el de la Seguridad del Estado. ¿Te imaginás vos sin poder leer a Whitman en inglés? ¿O sin poder entrar y salir, sin poder opinar a favor de la democracia? ¿O sin poder, a secas? ¿Qué sería de vos, William, si se te negaran esos y otros gustos que tenés? Pero no sigo porque sé que esa es la Cuba que vos conocés y admirás, la Cuba profunda, la de la Revolución, no la de los hoteles y los restaurantes y la Bodeguita del medio. Eso no lo dudo.

Se murió pues el comandante Chávez y vos no ahorraste elogios para el último adiós. Me parece muy bien. Porque yo sí te digo una cosa, William: que cada quien haga sus duelos como quiera. Por mí, que todo el mundo exprese su admiración libremente por el que le dé la gana. Yo desde que leí tu franja amarilla aprendí a valorar el disenso y la pluralidad de opiniones en una democracia. Por eso acepto que vos, al golpista, lo tratés de “demócrata”; al demagogo y populista, de “gran hombre”. Además vos sos poeta y te podés dar licencias poéticas.  

Otro que se toma licencias -más de las que da la democracia pero menos de las que necesita la Revolución- es el sucesor de tu comandante: Maduro, el chambón. Tomándose todas las licencias llegó al poder, o siguió en el poder, al que tu demócrata y gran hombre se atornilló durante catorce largos años. Volvió pues a ganar tu revolución bolivariana, y con qué claridad, con qué holgura, con qué talante democrático. No ganó porque haya cometido fraudes o porque haya saboteado a la oposición, esas son calumnias de los escuálidos. Ganó porque en Venezuela la Revolución es una fuerza aplastante.

¿Y de este revolucionario también vas a decir que es un gran hombre? No te apurés, William, esperá un poquito. No dejés que se te suelte la mano y le empecés a poner tus adjetivos grandilocuentes. Esperemos a ver qué pasa con el ungido, qué hace con el legado del comandante, con la Revolución y con el petróleo. Mientras tanto podrías escribirte unas buenas columnas contra la necia oposición venezolana, contra su quejadera injustificada, contra esa gente que no tiene, como vos, el sentido de las proporciones históricas: se les hace una Revolución y siguen preocupados dizque por el desabastecimiento general. ¡Que no jodan! Escribite dos o tres columnitas de largo aliento, como te gustan a vos, bien engoladas, para que entiendan allá cómo son las cosas en la Revolución bolivariana. Ilustralos.

Hombre William, sin darme cuenta me fui por las ramas. Yo te quería hablar era de poesía y de esas frases tuyas tan conmovedoras. Por ejemplo: “Chávez entrará a la mitología de los altares callejeros”. ¡Uy, William! Por poco y te salen dos endecasílabos perfectos. Le ponés otro adjetivo de los tuyos y listo, te queda una loa, una oda, una apología, un cántico. O esta otra, síntesis admirable de la Revolución: “Venezuela es el único país de América Latina en donde los pobres están contentos y los ricos están molestos”. Esta sí te salió perfecta, con ritmo, rima y sentido. El problema, William, es justamente ese: que tu revolución bolivariana está dejando a todos los venezolanos contentos.

PABLO CUARTAS