sábado, 22 de marzo de 2014

Despertarse en otro sueño


A.,


Estaba dormido. Sabía que debía levantarme. Soñaba no recuerdo con qué. Con esfuerzo, me desperté. A mi lado, una mujer de gracia petulante, inhumana. Desnuda, y la desnudez –como si fuera posible– enaltecía aun más su belleza. En ese momento me di cuenta de que seguía soñando. Me había despertado en otro sueño. Como necesitaba cumplir con nuestra cita volví a intentar despertarme. Con esfuerzo, me desperté. Lo primero que hice fue pararme de la cama. Un peluche rosado, un oso, un conejo –no recuerdo–, con sus entrañas de felpa desgarradas reposaba sobre el nochero. En ese momento me di cuenta de que seguía soñando. Yo no tengo nochero, menos peluches rosados. Me había despertado en otro sueño. Como seguía necesitando cumplir con nuestra cita intenté despertarme, nuevamente. Con esfuerzo, me desperté. Lo primero que hice fue pararme de la cama. Al pararme regué un vaso de leche que estaba en el nochero, al lado del malherido conejo –sí, era un conejo–. Y en ese momento me di cuenta de que seguía soñando. Como seguía necesitando cumplir con nuestra cita intenté despertarme, nuevamente, otra vez. Con esfuerzo, me desperté. Lo primero que hice fue pararme de la cama. Cogí el oso –esta vez era un oso– y con él intenté limpiar el reguero de leche en la alfombra. Y en ese momento me di cuenta de que seguía soñando. Me había despertado en otro sueño. Como seguía necesitando cumplir con nuestra cita intenté despertarme, nuevamente, otra vez, perdido en una fatalidad yaciente. Con esfuerzo, me desperté. Lo primero que hice fue pararme de la cama. Al pararme sentí un calor rojo que se escurría desde la entrepierna hasta mis muslos. Y seguía. Era sangre. En ese momento fue que me desperté, asustado. La mujer de gracia petulante, inhumana, limpiaba mi sexo ensangrentado con el conejo –esta vez era el conejo– húmedo, tibio, viscoso de leche. Y, cuando había terminado, me besaba. En ese momento me di cuenta de que seguía soñando. Me había despertado en otro sueño. He renunciado a cumplir con nuestra cita. Casi voy aceptando este adormilado destino, extraviado entre una mujer hermosa –de gracia petulante, inhumana–, un peluche –un oso, un conejo, o ambos, o lo que sea–, un reguero de leche, y esta violencia y esta dulzura que no sé qué significan. Este despertarse y despertarse y despertarse y seguir dormido. Porque seguramente escribo esto dormido. Ruego que no vengás a despertarme.

D.

ESTEBAN GIRALDO