lunes, 29 de marzo de 2010

El olor del mundo

La neblina pasa tan rápido que si uno estuviera afuera sería una cachetada fría. La mujer se monta al bus en Santa Rosa de Osos. La acompaña Perico, el bobo del pueblo. Yo, abusivo, tengo el equipaje en el asiento de al lado, mientras intento dormir apoyando la cabeza en el vidrio de la ventanilla. Luego el páramo, que pasa como una cinta animada. Tengo puestas una bufanda con rayas cafés, azules y verdes, chaqueta, las gafas de marco grueso y esta cara de citadino a cabalidad. Una vez Perico se sienta la silla que aguanta mis maletas es la única que queda libre. La mujer sigue hasta el fondo del bus, luego de mirarme y mirar mis pertenencias. Quiere sentarse en el pequeño espacio que hay entre los dos grupos de asientos de la última fila. Los muchachos de atrás no tardan en molestarla: venga señora yo la cargo, pero usted me paga el pasaje. Pongo mis maletas en el piso, para darle el puesto a la mujer. Ella llega y no me mira, simplemente dice: joven, qué pena, y se sienta. La mujer huele a viejo, a baba seca. Los muchachos de atrás, que también subieron en Santa Rosa de Osos, comienzan a molestar a Perico, pidiéndole el celular prestado. No tengo minutos, responde Perico a media lengua, un poco molesto.

Habría que detenerse un poco en esta escena, para tratar de preguntarse el por qué la mujer, en realidad una anciana, no reclama su puesto; por qué decide irse a ese espacio ínfimo e incómodo, incomodando a su vez a los muchachos, campesinos como ella. Es más, lo que hay que preguntarse es por qué esa resignación del “joven qué pena”. Y todas esas preguntas valen si uno considera que en esa mujer existe un encanto tan inapelable como sencillo. Lo digo porque bien sé que “las clases dominadas” –el solo término es detestable– nunca han hablado, han sido habladas por políticas, por pensadores bien (y mal) intencionados, por unas ciencias que en su delirio de grandeza (desde Marx) han secundado barbaridades innombrables en nombre de eso que se llama libertad, justicia, progreso. La antropología misma nace de la necesidad de colonizar a ese otro exótico, lejano. Lo que digo es que habría que pensar el asunto más allá de los dispositivos académicos que garantizan menos la inalcanzable objetividad que la pureza epistemológica de determinado grupo de expertos. ¿Cómo interpelar a una mujer, anciana y campesina, que ante un abuso evidente –aunque modesto– sólo le es dado disculparse? ¿Cómo tender un puente horizontal entre su pudor y mi arrogancia? Sí, yo sé que todo lo que me pregunto es casi retórico, que debería remitirme a los libros en que se habla de “falsabilidad” y balandronadas por el estilo. Pero ninguna respuesta fácil me satisface, a no ser que haga énfasis en el tiempo, en la duración suficiente para que al “dominado” se le olvide su dominación y al analista se le olviden sus libros y esos términos como “clase dominada”, “falsabilidad”, “alienación” y tal.

Pensando en eso sube al bus, en mitad de la carretera desolada, una niñita, de esas cachiticoloradas, ojiclaras de tierra fría, metida en un vestido de boleros que casi no entra en su cuerpo ya preadolescente, lo que es el colmo del estereotipo y quizá de una belleza dolorosa. La niña comienza a dejarle a cada uno de los pasajeros un paquete minúsculo de papel periódico y de pepitas que no se sabe, de entrada, qué es lo que son.

Encima en una de esas maletas que cargo en los muslos llevo un libro que por su título podría venir al caso: El otro por sí mismo, de Jean Baudrillard. Allí deja la niña el paquete que me corresponde y sigue. La tesis del texto es la siguiente: “Inmersos en una sociedad dominada por el éxtasis de la comunicación, sólo existimos como terminales de múltiples redes: nuestro cuerpo se vuelve inútil y obsoleto, pierde su carácter de metáfora para precipitarse en una enloquecida metástasis. Caduco el drama de la alienación deja paso a la obscenidad de lo demasiado visible, de lo que no tiene secreto”. ¿Cómo, ante el olor y la figura de la mujer a mi lado y de esta niña, se podría suscribir semejante exabrupto? Una vez agota los pasajeros, la niña desanda el pasillo y se para en la cabecera del bus. Los niños de atrás molestan a Perico. Que les preste el celular que lleva en el bolsillo de su camisa, que necesitan llamar a la mamá para decirle que venga y lo recoja, que por qué se voló de la casa. Que no tiene minutos, les dice otra vez Perico a los muchachos. Vuelve el tiempo. Ni la mujer ni la niña ni el loco ni los muchachos tienen tiempo para ser “terminales de múltiples redes” virtuales; ese mundo para ellos no tiene lugar. El tiempo, no hay que olvidarlo, se mide en años y no en bits.

Entre una curva y otra, la niña comienza a ofrecer para la venta lo que “ya todos ustedes tienen en sus manos”. Se trata de semillas de comino crespo. Un árbol que por su madera, según nos indica, es oro puro a los sesenta o setenta años de sembrado. Un árbol que con poco esmero y mucha paciencia podría hacernos ricos. Y sigue la niña con una explicación más detallada de las virtudes y el cuidado de una especie que ya tiene bastante belleza con su nombre. Lo hace con elocuencia de culebrero. Al fin pide lo que cada uno quiera darle por cada paquete. Comienza a recoger en cada asiento bien sea algunas monedas o el pequeño envoltorio. Cuando llega donde Perico este le pide dinero a la señora de mi lado para quedarse con las semillas. Ella le entrega tres o cuatro monedas a la niña, advirtiéndole que es el pago de su paquete y de el del bobo. La anciana destapa la cubierta y mira sus semillas con ojo de experta, las acaricia y las guarda con delicadeza en su saco. La niña me interpela y pienso qué podría hacer yo con esas semillas. Y me parece lindo sembrarlas en la terraza del edificio donde vivo y poder ver, al cabo del tiempo, esa mina gigante de otro vegetal coronando un bloque de cemento hecho en serie, sin gracia y sin historia. La idea es absurda, claro. Sin embargo decido comprarle ese puñado de semillas a la niña, que me agradece cuando le doy unas monedas por él. Y ahí, en ese momento, tiendo el puente con esa señora: nos une la misma presunción de comino crespo.

En el fondo del bus lo muchachos no hacen caso de la niña y creo que muy poca gente ha comprado ese bosque de oro que nos han prometido. Una vez termina, la niña se queda parada en el pasillo, cerca de donde estoy sentado. “¿Será que se pueden hacer bonsáis con estas semillas?”, le pregunto. Ella me mira desconcertada. “De más que sí”, me responde, “aunque sería un desperdicio”. Detrás escucho que los muchachos siguen en su carcajada perpetua.

Luego de un rato Perico se ha dormido. Y la señora sigue en su silencio.

Ya se verá. Puede que logre sembrar una mina enana en la mesa de desayuno de la terraza de mi apartamento. El tiempo que tardaré será el mismo que si fuera un árbol de verdad. Mucho tiempo. Y ni la señora, ni perico, ni yo mismo, podremos verlo. La muchacha que ya se baja del bus, quizá sí.

A la asepsia de las disquisiciones teóricas y de las redes virtuales que cubren el mundo las reemplaza, las aniquila, el olor de la mujer que se sostiene inmóvil, estoica a mi lado, la inutilidad del teléfono móvil de Perico, la risa de los muchachos y las semillas de la niña. Ese olor a baba seca que es el olor de la tierra. Del mundo. El mundo que afuera es una cachetada fría.

ESTEBAN GIRALDO.

jueves, 25 de marzo de 2010

DUQUE


De un tiempo para acá he notado que se ven más en la superficie ciertas propuestas sonoras que están muy emparentadas a lo que globalmente se llama folk. Sea utilizando una guitarra acústica o un dobro, un charango, un tiple o su primo lejano: la guitarra de doce cuerdas; aquí y allá escucho sonoridades que me remiten a un sonido de un “hogar cálido y acogedor”. Algunos nombres que afirman mi enunciado son: José González, Inlets, Bon Iver, entre otros.

Hay otra cosa que ha pasado muy seguido últimamente y es que he reseñado ya varios discos grabados en La finca, el estudio liderado por José Pablo Arbeláez (Matute) y Tobi (mítico guitarrista local). La primera producción de Carlos Duque se convertirá en mi más reciente “víctima”.

A Duque algunos lo deben conocer por ser el guitarrista de una banda local llamada como uno de mis libros ilustrados preferidos: Providencia (escrito por Gonzalo Arango, ilustrado por su Angelita). Yo lo conozco de hace un buen rato en los pasillos de la Universidad EAFIT, de donde él se gradúo como guitarrista.

Su disco está compuesto, interpretado, pensado y orquestado desde la guitarra; una guitarra planteada desde varias músicas cercanas a lo andino, a la montaña, a un tres contra dos notorio siempre en el bombo y la madera. La música de Duque se tiñe con varios colores que apoyan esa sonoridad hogareña: sintetizadores análogos, rhodes, órganos hammond, flauta traversa, trompeta, bajo, batería.

La producción estuvo en manos del mismo Duque y Federico Goes. Adicionalmente el disco tiene una variedad de invitados locales, a pesar de esto Duque y Goes decidieron tomar en sus propias manos varios de los instrumentos, pasando de la batería a la guitarra, del Hammond al bajo, para por último darle las atmosferas finas y definidas por la “colección” de sintes o arpas, que tiene Goes en su poder.

Este humilde servidor conoció diez de los cortes del disco, mi cercanía con Duque me permitió conocerlos y sé además que ayer mismo había recibido las cajitas con su primera producción, caliente aún de la prensa.

Lo que sigue será escucharlo en vivo, que es donde siempre he creído la música está más viva.

Yo por lo pronto les recomiendo bastante dos tracks: Ciénaga y Contra fortuna, y espero que puedan adquirir este disco, por el momento pueden visitar el blog donde Duque condensó parte del proceso de su disco.


Medellín, 16 de marzo de 2010.

JOSÉ GALLARDO ARBELÁEZ


domingo, 21 de marzo de 2010

El pergamino del año 3150


Era todo un caos; digamos sentimental, de no saber qué era lo que estaba pasando. Los corazones de cuatro individuos latían rápidamente, lo que creaba diferentes reacciones en todos ellos. Había uno que estaba totalmente paralizado; dos se habían fugado del corazón de la oscuridad -de aquí en adelante nos referimos a él como corazón-, causa original de estas alteraciones psicosomáticas y la observaban atacando a una original tranquilidad… pero había uno, el que estaba más lejos del corazón que gritaba: “¡Hagan algo! ¡se la va a comer! El pobre del que hablo se refería a su camarada sentimental que estaba a punto de ser devorada por el corazón; se encontraba a una distancia equivalente a un metro para los individuos de un metro. Sí tenía razón para estar asustado.

El gritón no paraba de gritar, los dos no dejaban de mirar y la paralizada no dejaba de no moverse y reinaba el terror. Fue un cambio como el que vemos en los juegos de Silent Hill y la muy buena adaptación de éstos al (carrizo – italic) séptimo arte. Cuando el más escandaloso deba a su amiguita por muerta, llegó el día y todo volvió a la normalidad para ellos. El corazón se había desfragmentado y fue chupado como con una aspiradora desde el cielo. Esta pequeña comunidad ya podía convivir en tranquilidad hasta que alguna demente quiera volver a revivir al corazón. Podría referirse al mismo sentido que queremos expresar nosotros con “poder comer y cagar tranquilos”.

Cuando terminó todo este incidente le dije a mi amigo “si pillas esos pájaros como tienen de sucia esa jaula”. Inmediatamente después, él me hizo la seña internacional, que se hace con las manos cuando uno muestra deseo de jugar a los videojuegos, y me dijo “Allez, on joue a la Play, quoi? Y saqué mi naríz de la jaula de los animalitos y nos fuimos a jugar… Nico te golié, pero la historia del marcador será encontrada en un pergamino digital alrededor del 3150, luego de la conquista de la raza alienígena en la tierra… ellos lo verán y no van a entender ni forro. En otras palabras, parcero no te voy a avergonzar. Buena suerte.

JUAN MANUEL GIRALDO

viernes, 19 de marzo de 2010

Certeza del cobarde

El cobarde está sentado en una cafetería de universidad cualquiera, dejando marchar el tiempo, impelido a ello por un afán que tiene que ver más con la pereza que con alguna expectativa física o metafísica. La muchedumbre desfila incesante y es ese vapor de aceite hirviendo, de comida barata. La humedad se escurre verde por las paredes y en el aire nada esa especie de moho que solo es respirable gracias al humo de cigarrillo. Allí, donde está él, llega una chica –y tiene que ser una chica porque la cobardía es un estado que sólo se experimenta con la juventud, ya que una vez pasados los treinta se convierte en pusilanimidad– y al cobarde no le gustan sus ademanes; por principio ha renunciado a la belleza de las apariciones fortuitas. Pero no puede dejar de ver esa manera de sentarse, la niña asegurándose al mundo mientras pone su botellita de té en la mesa que parece más una reliquia impresionista que un objeto funcional. El cobarde piensa “reliquia impresionista” porque ya lo ha sorprendido el temor; en la frivolidad modélica de la joven se agazapa una desgarradura que intuye y que es el motivo no ya del temor sino de la desesperación. Lo recorre un escozor que no puede identificar. La chica, que no es más que una estudiante un poco más agraciada que las demás, nerviosa, se aproxima y le pregunta algo que la perturbación no entiende. Sin embargo él alcanza a darse cuenta que por algún descuido la camisa de ella, a la altura del pecho, se ha pintado de un líquido que él quiere creer que sea té porque no se atreve a considerar lo que verdaderamente es: sudor. Se le ahoga en la garganta una frase cuyo autor ha olvidado –pero eso a estas alturas poco importa–. “Mi definición era esperarla”, se dice, pero no, no es capaz de pronunciar la respuesta a una pregunta que se le escapa. La chica insiste, crispada por una impotencia que bien sabe no le pertenece. Idiotizado por el deseo el cobarde se para, sin decir una sola palabra, casi estrujando a la chica que ya ha terminado su té. En la retirada el cobarde tiene conciencia de su cobardía y la falsa impresión de un olor rancio que sale de su cuerpo. Y como si del miedo al miedo se tratara, sabe que ha quedado atrapado en un espiral sin fin.

ESTEBAN GIRALDO.

jueves, 4 de marzo de 2010

Elecciones.

Con el mismo morbo con el que alguna vez encendí la televisión para divertirme con las circunstancias creadas sobre las que eran orientados los sentimientos y deseos de un puñado de infelices, fue con el que asistí a una reunión política a tres cuadras de mi casa.

La invitación era a las 7:00 pm, mi asistencia fue puntual para disfrutar, de principio a fin, lo que yo vaticinaba como un reality.

El presentador, deben imaginarse mi desilusión, sabe percibir lo obvio, los participantes estaban ya marinados con expectativas particulares: algún empleo, alguna universidad, algún negocio que el candidato todavía no sabe. Los deseos de esos infelices eran tan latentes, individuales y desesperados que ya eran presa fácil del escenario político.

Es sobre esa somnolencia que la asistencia cobra importancia:
- Muchas gracias por venir, dense un fuerte aplauso. Este es el tarjetón que ustedes van a recibir, marquen con una X la C y luego el número 95, sí, porque recuerden que es este el candidato que nosotros estamos apoyando.

¿Alguien que me diga lo que debemos marcar?…
¿Alguien que me diga lo que debemos marcar?…
¿Alguien que me diga lo que debemos marcar?…

En esta ocasión no son los mensajes de texto, pero el negocio debe de estar por alguna otra parte; es en esa asistencia, que se confunde con la participación, donde los colombianos eligen cantantes y políticos que, finalizado el reality, no se vuelven a ver.

No les miento si les digo que esta fue la temática propuesta de la reunión durante una hora, donde eso de la somnolencia hace las veces de hipnosis, y la estupidez inducida por repetición cobra importancia.

De golpe los minutos me transcurren como en los entierros, lentos, fríos y confundidos. Cómo juzgar a los que participan de estos realitys; cuando se es infeliz qué más da aferrarse a esas ilusiones en tiempo de elecciones. Ya no veo una masa burda que sólo se llevará de aquí un refrigerio, comprendo que se llevan más que eso. El escenario se me torna propicio para ridiculizar al presentador con sus candidatos y todo, pero que difícil es ser inapropiado sobre lo inapropiado, y en muchas partes me ocurre esto de ser el más infeliz.

CAMILO SALAZAR. (LETRAS PENDIENTES)