viernes, 28 de mayo de 2010

Atentamente, Ana González


Medellín, 30 de noviembre de 1997


Señores

Red de Solidaridad Social

Ciudad

Cordial saludo.

Es la tercera carta que mando. ¡La tercera! Y a cada carta le sigue el silencio o la exigencia de otra carta pidiendo cosas que no tengo. Cédulas y certificados que no tengo. Declaraciones, recomendaciones, pagos y constancias que no tengo. Direcciones y teléfonos que no son míos. Me piden que demuestre entonces que no tengo cómo demostrar nada. Y mi palabra no basta. Tan poco tengo que no tengo cómo comprobar lo tan poquito que tengo.

Vuelvo y cuento quién soy, y lo que me pasó, para ver si así mi vida, esto que me queda de vida y de nada, es creíble.

Nací en el Municipio de Ituango, Antioquia, el año 1978. Estudié en la escuela Rafael Núñez, del corregimiento El Aro. Hice hasta quinto, y era la mejor estudiante. No pude terminar sexto porque el bachillerato quedaba en Puerto Valdivia, a cuatro horas a pie, y mi mamá se murió. Se murió. Se murió de vida. Embarazo ectópico o eptópico, no sé cómo se dice. En todo caso se murió de eso. En el camino al hospital. Entonces me tocó quedarme ayudando en todo lo que tenía que hacer mi papá. Atender una tienda grande que teníamos allá. Y atenderlo a él, que estaba sano, pero necesitaba de todo. Me necesitaba a mí, su hija única. Y volver la tienda un supermercado. Y rezar. Y ayudar a la gente. Y comprar ganado. Y cualquier cosa que lo mantuviera tan ocupado como para no darse cuenta de lo solos y lo tristes que estábamos. Y de que yo crecía entre bultos y arrobas, y arepas por la mañana y frijoles todas las noches. Fui su hija, su sirvienta, su costurera, su mamá, su amada, y su orgullo.

Lo que yo quería que hiciéramos era venirnos para acá, para Medellín. Pero no tuvimos tiempo. El quince de junio llegaron los paramilitares, lo sacaron de la tienda, lo llevaron hasta la plaza, lo tiraron al suelo boca abajo con otros vecinos, leyeron su nombre en una lista y lo hirieron. Lo hirieron en el cuello y en la espalda. No sé cómo llegó otra vez a la casa, sin que lo vieran, donde yo estaba obedeciéndole. “Por nada del mundo salgás”, me había dicho. Dos días, dos días estuve esperando con él en la casa. Esperando que en El Aro no quedara nadie más a quién matar y nada más qué robar. Dos días más vivió. Hasta que se murió. Camino del hospital. Como mi mamá. Pero se me murió a mí. A mí se me murió. Mía es su muerte.

Con sus restos llegué a Puerto Valdivia. Y se demoraron casi un mes en entregarlo. Mientras tanto yo perdí la última esperanza que me quedaba. Un soldado: Alegría. Un soldado que por querer sacarme de eso se metió a hacer otra masacre. Lo quería. Yo lo quería a él porque me decía que quería que el mundo se diera cuenta que una tan bonita lo quería a él. Pero no supo darse cuenta que yo no estaba como para ser cómplice de más muerte para irme a no sé donde, a un país donde Colombia tiene un batallón y no sé el nombre. Se lo dije, se lo dije. Se lo dije y no me hizo caso. Y entonces ya no fue sólo mi papá, sino él. Recuerdo lo que me dijo el cura cuando llegué con los dos cadáveres: “a veces miro al cielo y le pregunto a Dios por qué me trajo al lugar más desesperado de la tierra”. No me los quiso enterrar. Después de la masacre no tenía dónde enterrar más muertos. Como pude lleve a los míos al Cauca. Y dejé que el Cauca se los llevara. Que se los llevara.

Al Aro no podía volver. En Puerto Valdivia no tenía a nadie. Nadie me conocía. En Puerto Valdivia no era nadie. Por eso me vine, como quería antes, a Medellín. Pero tampoco tengo a nadie. Nadie me conoce. Mi nombre es nadie.

Tengo un cuerpo y dos mudas de ropa que no sé dónde lavar. Y ya me hubiera metido de puta si no fuera porque soy virgen y sé el valor que eso tiene. Y porque le tengo miedo a la gente. Y porque soy terca. Pero ya voy viendo que el hambre vence la terquedad más ciega. Me ofrezco de sirvienta, mesera, vendedora, barrendera de calles, trabajadora social, testigo, lavandera, costurera, recicladora, niñera, repartidora de volantes, estudiante, lavadora de carros, cocinera, recepcionista, y hasta vendo mi historia para que hagan una película.

Y sí, hasta tendrán razón en insistir en que demuestre lo que digo. Tanta desgracia junta no es creíble. Nadie me cree. Y lo que creo es que yo no tendría imaginación para inventar tanto. Aun así, nadie me cree. A todo el mundo le he rogado y nadie me cree. Hasta a Dios, que parece no escuchar. Parece sordo. Como la guerra. Y parece que tampoco me cree. Pero él sabe que es verdad, espero.

Atentamente,

ANA GONZÁLEZ.

ESTEBAN GIRALDO.

FOTO: JESÚS ABAD COLORADO - EL ARO.

lunes, 24 de mayo de 2010

Como el ala del pollo asado: chiquito pero sustancioso


Una noche antes de perder la virginidad con una nueva banda en concierto (sólo erotismo entre las notas) me pregunté, concibiendo a los programas de tv como maneras diferentes de contar historias, ¿los noticieros son programas de tv? Y llegué a la afirmación mediante el siguiente proceso:

El que tiene el cachaco excepto el pantalón; la niña que lee el teleprompter con su amiguita y las figuras que hablan del deporte (muy diferente a figuras deportivas), todos miran a la cámara. Esta intromisión en la continuidad de la mirada de los espectadores transforma a estos personajes en narradores de historias, de ese tipo “imagínate pues que…”; nos cuentan chismes que supuestamente dejan de serlo cuando no involucran participantes familiarmente conocidos. Aún así, independientemente de lo que nos cuenten, ellos no dejan de ser narradores.

De esta manera llegué a la respuesta afirmativa, porque en las novelas, seriados, muchos documentales se cuentan unas historias que no se sienten tan propias. En la producción de los noticieros y en la narración de su contenido el televidente es obligado a sentirse partícipe de la historia. Evidentemente subyace (raro ver estas dos juntas) una nueva pregunta, la pregunta básica: ¿Porqué? Porque los personajes miran a la cara a través de la caja mágica, cuestión que es, como dice uno de esos que mira, que antes miraba de frente como los varones cuando hacía su acto en un parque de atracciones situado en el oriente antioqueño, “Interesante pero discutible”.

JUAN MANUEL GIRALDO.

viernes, 21 de mayo de 2010

Claudia Llosa: la concentración


Claudia Llosa nació el viernes 5 de noviembre de 1976 en la capital de Perú. Se graduó de dirección de cine en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Lima en 1997. Después estudió en Nueva York y España. Desde el éxito obtenido con Madeinusa (2006) y la confirmación excepcional que es La teta asustada (2009), se ha convertido, sin duda ninguna, en uno de los realizadores insoslayables de la historia del cine latinoamericano. Con sólo esas dos películas es ya una referencia. ¿Por qué?

A riesgo de recurrir al lugar común más detestable, debo advertir que las posibles respuestas a ese por qué dependerán. “Depende, todo depende, de según como se mire todo depende”, dice una canción que pone a reflexionar a los adolescentes más despistados. Pero sí, depende. Yo, desde el depende que es mi lugar en el mundo, quisiera expresar dos razones, pudiendo expresar tantas otras. La primera: los personajes que construye Llosa son moira, no logos. La segunda: más allá del racismo del que se le acusa, sus historias son arquetípicas.

La primera

Al guionista y al director de cine se les exige, como se le exige celibato a un cura, que los personajes estén bien caracterizados, que sean complejos y encantadores. Por supuesto, cada papel es entrañable por lo que dice, por lo que hace, por el espacio y las situaciones en las que se ve implicado. En él todo habla: sus palabras, sus acentos, sus silencios, su casa, su vestido, su rostro, su cuerpo, su proxemia. Todo. La prueba del éxito es que su lenguaje –en el sentido más largo que se le pueda dar a la palabra– sea coherente y, para colmo de la inteligencia, que su desenlace sea tan inexorable como inesperado.

En el caso de Llosa –según mi humilde parecer–, se cumplen esas condiciones. Pero no sólo esas condiciones. El mérito por el que siendo tan chiquita esté ya en el parnaso de los capos recapos, consiste en que sus protagonistas no obedecen a su conciencia, es más, ni siquiera obedecen a alguna motivación externa o interna –como recita el manual del perfecto cineasta–, obedecen a un misterio que no les impone el guionista sino el mundo de la ficción de la que hacen parte. Obedecen a las reglas que Llosa contempla, o parece contemplar en las películas que filma. De ahí nace una naturalidad que trasciende el llamado “arco del personaje” y que es la única manera de narrar, literalmente, un destino.

Para demostrarlo, sólo una perla. Dice el doctor: “Yo me refería a si usted sabía que su sobrina tenía una papa en la vagina”. Responde el tío de Fausta, la protagonista de La teta asustada: “Ah, no. Eso no doctor. Se le debe haber metido solita. A veces hay mucha comida en la casa”. No hay intención del personaje, no hay juicio del guionista. La respuesta simplemente ocurre. Y es verosímil no sólo para quien la pronuncia sino para el espectador que ve a ese hombre bueno responder. No es logos, es moira. No es lenguaje consciente, es destino apabullante. No es drama, es tragedia. Los personajes no sólo son coherentes hasta el no va más sino que no pueden hacer otra cosa distinta a la que hacen. No sólo tienen trayectorias inesperadas sino que el azar y el resultado que los determina son, dentro de la historia, naturales, fatales.

Sin embargo, esa naturalidad no puede llamar a engaños. Esa naturalidad es un artificio. Ningún lenguaje más artificioso y artificial que el cine –casi estoy citando a Fernando Vallejo–. La maestría de Llosa se basa en hacerlo parecer tan natural, sin que se note el esfuerzo. Y ahí –tal vez sea desproporcionado– alcanza el nivel de Tarkovski, de Kieslowski.

La segunda

Haciendo un comentario que se convertiría en canon, Hitchcock dijo que en el cine se puede partir de lugares comunes, pero no llegar a ellos. Una manera exquisita de decir lo mismo es: se puede partir de un estereotipo para llegar al arquetipo.

A Llosa se le ha acusado de estereotipar negativamente a los pobladores de la sierra peruana, la materia prima esencial de sus argumentos. Se le ha acusado de ser racista con ellos, una citadina que además de ser sobrina de Vargas Llosa vive en Barcelona. Se la ha acusado de traicionar la patria, porque así no son los peruanos de verdad. ¿Pero acaso la finalidad del cine es hacer política o mercadeo de un país? La aspiración del arte es llegar a lo universal. Y la directora de Madeinusa lo intenta por el camino que señaló Hitchcock –y que, bueno es decirlo, ya había indicado Tolstoi–: ir hasta el fondo de lo particular para encontrar el mundo. Una manera exquisita de decir lo mismo es: partió del estereotipo en busca del arquetipo.

Para demostrarlo, sólo una perla. El papá de Madeinusa, la protagonista de la película homónima, le pide al Gringo que antes de irse escoja un regalo y se lo lleve. El Gringo, detestando al señor porque ha tenido relaciones incestuosas con su hija, deja caer el presente que el papá insiste en darle. El señor, un alcalde de pueblo más típico y más vulgar que cualquier otro, ofendido, le dice: “Rompió el obsequio, entonces no se llevará nada”. En ese momento la película expresa una verdad que funda la antropología. Una verdad que subyace a todos los vínculos humanos. Según la expresión de Marcel Mauss: “No recibir un don equivale a declarar la guerra”. Eso es exactamente lo que pasa: entre los dos personajes se declara la guerra, que no es violenta pero sí vital; y representa, metafóricamente, el abismo que existe entre la ciudad y el campo. Y ojo, porque no representa lo que creen que representa aquellos que acusan a Llosa: la diferencia entre la civilización y la barbarie. O, en palabras de Claude Lévi-Strauss: “El pensamiento salvaje no es el pensamiento de los salvajes”. En la presentación que hace la directora no hay juicio de valor. Como ya dije: sus personajes son moira, no logos.

En ese sentido, el reproche “no somos así” que gritan los guardianes de la imagen peruana es además de injusto irrelevante. La apuesta no se trata de construir un ícono de la peruanidad sino de encontrar un rasgo universal en las prácticas, los rituales y las creencias de algunos de los pobladores del Perú y su historia. Para enumerar casos cercanos en literatura: lo logró Borges con sus compadritos, lo logró García Márquez construyendo una mitología de la costa caribe colombiana, lo logró el mismo Vargas Llosa con su clase media peruana. Y, por supuesto, Claudia Llosa, como muy pocas veces se había logrado en el cine latinoamericano. Y ahí, tal vez los referentes sean Memorias del subdesarrollo y –por qué no– La estrategia del caracol.

Una conclusión

Quizá una manera de sintetizar las dos razones, sería indicar que la característica más exultante de las obras de Claudia Llosa es su concentración. Concentración de la directora para alcanzar la naturalidad y la universalidad ya referida. Y concentración del espectador para darse cuenta de ellas.

En Madeinusa y en La teta asustada se obliga al espectador a poner atención a lo que no se ve, a lo que no se mueve. Y, desde el principio, la directora y guionista se obliga a que las acciones de los personajes sean, en cierto modo, una manera de no moverse, de no avanzar, de quedarse quietos lenta y obsesivamente esperando el clímax de su historia, la resolución de su destino; donde de vuelta el espectador se da cuenta de que el movimiento ha sido interior, que nunca se ha ido a ninguna parte sino a la profundidad del personaje, y de sí mismo; a lo universal.

Esto no quiere decir que los personajes no se movilicen, que no caminen, que no lloren, que no griten, que no hagan el amor; quiere decir que su carácter es no tener carácter, que son inocentes, que son buenos y bellos porque no tienen herramientas para juzgar sus comportamientos. Y la realizadora no le ahorra el trabajo al espectador de tomar partido. A ella le interesa la historia, no la moraleja. Gracias a este procedimiento se mantiene unido el centro emocional de los personajes y del espectador, en una progresión hacia el interior.

Sí –aunque dependa–, esta concentración es la mejor manera de responder al por qué del principio.

OSCAR LACLAU.

domingo, 16 de mayo de 2010

Las mil y una noches en Sachsenhausen

La vida no es más que ganarle tiempo a la muerte –lugar común–. De Sherezada a la Operación Krüger*. Un día más, sólo se pide eso. Un día más.

Aquí está el campo. Aquí está la desolada evidencia del campo de concentración. Y de batalla. Y de falsificación.

Milagro. Milagro de mil y una noches que Mejía entrega con estas fotografías. Se le abona el mérito de componer con el respeto y la desnudez que hacen falta para que quede constancia de la ordalía pasada y de que la vida consiste exactamente en eso: en ganarle tiempo a la muerte –confirmación fotográfica–.


Sachsenhausen - Entrada de prisioneros


Sachsenhausen- Barrera de cable de púas


Sachsenhausen- Barrera de cable de púas


Sachsenhausen- Barracón


Sachsenhausen- Barracón: Zona de aseo


Sachsenhausen- Barracón


Sachsenhausen - Celda de cárcel

* En 1939 el victorioso Reinhard Heydrich, a la sazón el segundo al mando de la SS, le propuso Himmler financiar parte de las operaciones del ejército nazi y de la Gestapo con la falsificación de libras esterlinas. El plan tenía otra ventaja: causaría una inflación tal en Inglaterra que la economía de la isla se vendría abajo. Con la anuencia del Comandante en Jefe, se reclutaron a los mejores grabadores, impresores y caligrafistas judíos, que ya esperaban la muerte en los campos de exterminio sembrados por todo el Reich. Cerca de 140 de ellos fueron trasladados cerca de Berlín, al campo de concentración de Sachsenhausen (“El trabajo os hará libres”, dice todavía en la reja de entrada). Con la maestría del que sabe que el más leve error significa una definitiva ducha con gas o un tiro de gracia en el cerebelo, estos banqueros zarrapastrosos lograron producir más de 400 mil libras esterlinas al mes, durante más de cuatro años. En 1945 fueron liberados por el ejército soviético.

ESTEBAN GIRALDO

FOTOS: JUAN FERNANDO MEJIA http://piedraenelojo.blogspot.com/

jueves, 13 de mayo de 2010

Aforismos de un libro que nunca se va a escribir


Estos pensamientos alguna vez me asaltaron y quise plasmarlos como tal, sin ordenamiento alguno. Como este ordenamiento es la causa por la que un autor siempre recibe los créditos, sería deshonesto pedirlos en el futuro. Consecuentemente, si crees que te han robado algo, considérate afortunado dentro de tu insondable anonimato:

· La evidencia más importante del desconocimiento de sí mismo es que justo cuando encuentras lo que buscabas, no encontraste lo que buscas.

· Buen ejemplo de saber utilizar dos proposiciones: A pesar de que todos vivamos según apariencias sólo los políticos viven en ella.

· Me indispone saber que hay días en los que se bebe lo suficiente pero no es mucho. Pero peor aún cuando se bebe mucho y no es suficiente.

· ¿Cómo una frase puede hablar de lo verdadero y lo falso a la vez? “Hay que confiar en el ser humano”.

· Al hombre casi nunca se le dice animal porque su ánima(l) es mucho más compleja.

· Si en este momento fuéramos alumnos directos de nuestros escritores o científicos preferidos, no estaría escribiendo ni en aforismos ni en un laptop.

· Generalmente, se escoge una profesión nada más para hablar de ella los viernes en la noche.

· La solución de un enigma no aparece sirviéndonos de la adivinación sino del desciframiento.

· Cuando ocurre el fenómeno del descubrimiento, no aparece lo nuevo sino lo que no era evidente.

· “¿Qué cosa es esto?”, “¿Cómo funciona esto?” “¿Qué hago con esto?” son las mismas preguntas de un niño cuando estrena el traído y de un científico cuando descubre algo.

JUAN MANUEL GIRALDO

lunes, 10 de mayo de 2010

Sindú, 135


El corredor crudo, sin más simpatía que una mesa arrinconada. En el extremo, en la esquina –para ser exacto–, la pelada puerta que da lugar a esos centímetros cúbicos exactos de espacio de salón, de auditorio, de blanco, negro y rojo, de humedad y frío. De clases de gramática o historia del arte o teoría y práctica de cualquier cosa. ¿Cuántos sueños de muchachos inocentes se habrán mecido temprano con la voz de terciopelo de algún profesor que indica la manera correcta de establecer la relación entre un personaje y otro? ¿De cuántas peleas intelectuales y no intelectuales habrá sido escenario y testigo este pedazo desastrado de universidad? Ya quisiera poder imaginar cuántos estudiantes se han enamorado entre el pasar de una página a otra de cuaderno.

Todo eso cansa. Yo sé.

Por la noche se puede escuchar el aliviado suspiro de salón al ser cerrado. Suena a descanso y a risa cínica. Al tiempo, la mesa, coqueta, muestra sus piernas y mira celosa a la puerta, que permanece indiferente. Luego, cuando saben que nadie los ve, se quedan absortos sabiendo que nunca llegarán al final del corredor. Esa esperanza.

ESTEBAN GIRALDO.

lunes, 3 de mayo de 2010

Bazuka Santa


El ambiente era el preciso, una noche de sábado en el Saldarriaga v.i.p. Sábado previo al comienzo de la Semana Santa. El cartel de la noche anunciaba a dos bandas pero, para sorpresa de los asistentes, terminaron siendo tres. Comenzaré en orden de aparición.

Pantano
Pantano es una joven banda de “pun medallo” (sin la “k”, por referencia a un género musical bastante conocido localmente, gracias a la película Rodrigo D., del director antioqueño Víctor Gaviria). Esta definición la dan ellos mismos al hablar de su sonido o propuesta musical. Pantano propone involucrar al público en sus conciertos basándose en dos cosas: la imagen y las letras de sus canciones. Al hablar de la imagen me refiero a ponerse a ellos mismos como una obra de arte a disposición de un usuario o espectador, su show es un performance artístico donde el humor, la parodia y el constante discurso “político” logra momentos entretenidos y divertidos.

Los Sorners
Para muchos esta banda no debe ser presentada, su música y fuerza en vivo hablan por sí mismas. Su propuesta musical la inscriben en el género punk y algunos se atreven a darle más tipologías y referentes; no digo que no los tenga pero este no creo sea el caso a tratar. Comandados por “Mala Leche”, vocalista de la agrupación, Los sorners no dejaron a nadie sentado, su fuerza impulsada por claros riffs de guitarra era sometida a un vaivén bailable que se apoya en un groove armado entre la batería y el bajo, una batería que obviaba el clásico hi hat y se arriesgaba a tocar el ride o “campanero”, como lo llamarían algunos de mis amigos metaleros. Su presentación fue sencillamente contundente. Para escuchar algo de ellos visiten.


Bazuca
El plato fuerte de la noche fue una banda que ya había tenido sus incursiones a nivel local y, luego de un cambio en su formación instrumental, retoma fuertemente el hacer musical. Bazuca tiene claros referentes inscritos en el rock de los años 90, pero esto no le impide re-configurar la tan utilizada estructura de una canción rockera. Sus experimentos, que para muchos no son notorios (y no deben serlo), se ven agradecidos por el constante movimiento de su público que, apoyado en la fuerza dada por su vocalista (alias "Calavera"), vive con ellos los momentos más álgidos de la presentación. Me parece muy válido anotar que es difícil que una banda de rock en formato trío: bajo, guitarra y batería, logre puntos de equilibrio y sobre todo que no suene como llaman por ahí “vacía”. Para escuchar algo de ellos visiten.


En conclusión: buena noche de rock en la Villa del Señor. Saludos.

JOSÉ GALLARDO A.