domingo, 21 de febrero de 2010

Biografías interesantes

Dice Richard Ford –uno de los padres del llamado “realismo sucio”– que Roberto Bolaño le parece un escritor sobrevalorado; que su auge obedece a que se trata de un escritor con una biografía interesante y a que, por supuesto, está muerto. Y que quede claro que no quiero y no me corresponde hacer una apología de ese capo ambiguo. ¿Pero qué escritor importante no ha tenido una “biografía interesante”? Y ni siquiera sería necesario hablar de escritores o de artistas: ¿qué famoso–pero famoso de verdad– ha carecidode una “biografía interesante”? Que alguien tire la primera piedra.

En serio, por más que busco, no encuentro.

Y no es que crea que una “biografía interesante” sea prerrequisito para decir o hacer cuatro, tres, dos, o bueno, una cosa que sea importante para el resto de los mortales. Creo que la vaina es al vesre (la expresión es de Cortázar). El destino de un hombre se convierte en una “biografía interesante” porque ha escrito Hamlet, En busca del tiempo perdido, Trilce o–ya puestos–El río del tiempo. O porque se inventó la teoría de la relatividad, o porque intentó y casi logra conquistar el mundo (y no hablo de Hitler, hablo de Jesús y su iglesia), o porque le salió bien un experimento que hoy llamamos cine. ¿Qué sería de un señor Samuel Langhorne Clemens, nacido en 1835, si no hubiera escrito la obra completa de Mark Twain? ¿Quién hablaría hoy de un burócrata llamado Franz Kafka si no fuera por Max Brod, su albacea? ¿Qué sería de Cristo sin el alcahueta de Pablo y el crédulo de Constantino? ¿Quiénes serían los hermanos Orvile y Wilbur Wright si se les hubiera caído el bicho todas las veces?

El punto es el siguiente: no todas las biografías son interesantesper se, pero pueden llegar a serlo. Imagínese usted, hasta Charles Manson o Garavito tienen una “biografía interesante”. Esto no quiere decir, obvio, que sólo los famosos tienen una “biografía interesante”, ni riesgos. Ahí está el ejemplo que da otro grande; las primeras palabras del dircurso con el que Saramago recibió el Premio Nobel fueron –si la memoria no me falla–: “El hombre más sabio que he conocido no sabía ni leer ni escribir”. Era su abuelo, y era sabio porque en invierno se acostaba con sus gallinas, para que no se le murieran de frío. El hombre en vida nunca fue famoso, ni ahora, pero solo ese detalle hace de su destino algo entrañable.

Ahora, si uno es famoso, por obligación, tiene una “biografía interesante”. Mucho más cuando es escritor. Retrospectivamente todos los destinos de todos los escritores importantes o famosos son materia de literatura. ¿O de cuál no? Veo a García Márquez aguantando hambre y esperando su chequecito de El Espectador en París, veo a Cervantes manco y en una celda, veo a Santa Teresa en su orgasmo con “una lanza de plata” que le atrevesaba el alma, veo a Conrad traficando armas y cagándose en todo, veo a Virginia Wolf casada y feminista y suicida, veo a Poe huérfano y alcoholizado, veo a Beckett como secretario de Joyce y como hampón después de haber tenido una cátedra en el Trinity College,veo a Germán Espinosa y paro la lista porque. Lo importante no es la vida tal y como fue, sino la mirada con la que es contada (la expresión casi es de García Márquez).

Querido Richard Ford, no descalifiqués la suerte que corre ese famoso escritor chileno tan en boga por por estos días (¿por esta década, por este siglo?), tu biografía, como la de tu amigo Carver y la de Shakira, es una “biografía interesante”, y por eso nadie tendrá derecho a descalificar cuentos tuyos como Bajo el radar, aunque te falte el moño que sin duda te pondrá la muerte (que será anunciada con pesar por todos los suplementos culturales de Estados Unidos y de Europa, lejano esté el día). Salí del engaño: “una biografía interesante” no esun punto salida –para el arte o para lo que sea–, se trata de un punto de llegada del que escapa el protagonista.

Ah, y por lo demás, tenés razón: tal vez Bolaño esté sobrevalorado.


Medellín, noviembre 24 de 2009.

ESTEBAN GIRALDO.

IMAGEN: FERNANDO VICENTE.

15 comentarios:

  1. Buena entrada...
    Lo que es evidente es que muchos sabios deben haber muerto en el anonimato, sin dinero e incluso sin el reconocimiento póstumo que les garantizara, por lo menos, las visitas de los melancólicos y nostálgicos en el Montparnasse.

    También creo, que en la otra esquina, seguramente se amontona una cantidad incontable de tontos con adeptos, o para ser menos radical: de gente menos brillante cuya labor, a la postre, ha sido sobrevalorada.

    Saludos

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  2. Juanito y Atunes,

    Estoy de acuerdo. Ya me imagino yo que en 50 años se descubra un cajón de un tipo perdido en Currumaní César o Peque Antioquia que contenga la mejor literatura escrita en nuestra generación, o la mejor música o los mejores grabados. Podría ocurrir. Pero cada vez eso ocurrirá menos; y ya los casos en la historia son rarísimos, uno o dos cada uno o dos siglos.

    Uno de los lemas de estos tiempos parece ser "lo que no se muestra no existe". Por eso, sin duda, cada vez nuestras esperanzas serán más vanas. Y eso en artes, porque en ciencias suponer algo así ya no sería un románticismo naïf sino simple y llanamente un disparate.

    Saludos.

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  3. Juanito,

    Estuve en Montparnasse el pasado 22 diciembre, día en que Samuel Beckett cumplía 20 años de muerto, visitando su tumba. Yo me imaginaba una peregrinación, un corrillo imposible de franquear para ver la tumba de cerca, para si tenía un epitafio, para saber si el sepulcro estaba a la altura de lo que tenía adentro. Pero el asunto resultó más fácil y, por eso, más desolador: no había nadie, absolutamente nadie. A los diez minutos se acercó una parejita de novios dulzones que se tomaron una foto de rigor. Luego un español despistado preguntaba que quién era Beckett, y después nada otra vez: el silencio y la soledad.
    O sea que ya ni siquiera los ilustres visitantes de Montparnasse tienen asegurada la visita de los melancólicos y nostálgicos.

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  4. Pablo y Oscar,

    Hay un factor muy extraño que sin ser constante parece determinar la fama y el camino posterior colmado de alabanzas y elogios que envuelve las vidas de escritores y otros artistas.

    Seguramente ustedes coincidirán en advertir la admiración que en nuestro medio se prodiga a escritores como Julio Cortázar, Jorge L. Borges y Roberto Bolaño (del cual admito no haber leído nada). Esta admiración surge de un hecho común que parece siempre relacionado con una especie de aura de misterio, de soledad y en muchos casos de una combinación, en apariencia perfecta, entre la vida activa y la vida contemplativa.

    Admito sin lugar a dudas que escritores como Borges y Cortázar son dignos de admiración. Lo que no comprendo muy bien es la razón por la cual personajes igualmente geniales, de idénticas condiciones, carecen de tal admiración. En este momento pienso en Paul Bowles, destacado compositor y, a mi modo de ver, inigualable escritor.

    Tal vez la fama mediocre de personajes como Paul Bowles se debe en parte a un estilo apaciguado, sosegado y libre de la intervención de otros escritores de la época. Es frecuente que la fama de un escritor se derive del reconocimiento que otro escritor ilustre haga de su obra; de la aceptación unánime de los críticos proclives a ver en el fracaso de una vida indicios de genialidad y sobre todo de la popularización (no vulgarización) de su obra entre entendidos del arte.

    Es extraño eso...

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  5. Hombre,

    El punto es que si uno se pone a analizar caso por caso necesitaría un medidor de fama y reconocimiento... y ahí terminamos en las detestables listas de los mejores 100 libros, 100 escritores, 100 pintores, 100 poetas, 100 músicos del siglo...

    Lo mejor es una listica personal, íntima... Y pues de ahí, con todo el derecho y todo lo arbitrario que es, juzgar... Eso sería lo más legítimo.

    En todo caso los referentes se establecen al interior de los campos: literario, plástico, cinematográfico... Un verdadero escritor es un escritor de escritores; un buen pintor es un pintor de pintores; un buen cineasta es un cineasta de cineastas.

    Y así, sin ser escritor ni nada, agregaría al nombre de Bowles -que es un capo- otros dos que hacen parte de mi listica íntima y de los que no se habla mucho: Saul Bellow y Doris Lessing -Premio Nobel hace poco-.

    Un saludo.

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  6. Bueno, Oscar, pero el Nobel es ya un reconocimiento enorme en el campo literario, ¿no? Pedirle a alguien que además de ganarse el Nobel sea famoso es un poco demasiado...

    Eso demuestra lo móviles que resultan los criterios para discernir en qué consiste la gloria. Borges, al que Juanito aludió hace dos comentarios, es el ejemplo contrario: si el Nobel se otorgara en razón de la fama o por votación democrática planetaria, al argentino le habría alcanzado para más de uno. Pero no, su gloria es de otra naturaleza y rebasa a las condecoraciones del campo literario: es más universal, y un largo etcétera de elogios y lugares comunes. Camus, por ejemplo, tendría una especie de gloria unánime: la del campo y la de una época que lo aplaudió en bloque. Otros, como Bolaño, reciben la gloria tarde, reciben una gloria póstuma. En algunos casos, como dice Vallejo, la gloria es una estatua que cagan las palomas.
    De Vallejo justamente vi que existe un grupo en Facebook consagrado a su vida, obra y milagros. He ahí otra gloria.

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  7. Yo creo que la fama del autor no garantiza la satisfacción de uno como lector... No tiene por qué. Suena como a mercadeo lo que acabo de escribir... como a satisfacción del cliente con el producto, pero es que al final, lo normal es que uno siempre se vea seducido por los gustos de la mayoría, de cualquier mayoría, de una mayoría calificada en este caso.

    Recuerdo cuando un bobo ahí de esos que quieren descrestar haciendo buches con el vino frente a gente que no sabe nada de vinos, le preguntó a un verdadero conocedor ¿Cuál es el mejor vino del mundo? y el experto, con humildad y acierto le contestó: El mejor es el que a usted más le guste.

    Es solo eso, yo creo.

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  8. Juanito,

    Estamos tan de acuerdo que es una vergüenza.

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  9. Juanito,

    Efectivo su comentario porque me hizo entender que hacia allá apuntaba el mío. En efecto, como los fundamentos de la gloria son tan inciertos, finalmente hay que seguir el gusto personal -que casi siempre se confunde con el de las mayorías-: los suspiros que despierta Carla Bruni, el consenso en torno a Borges, el mar, y mil cosas más, son en el fondo un asunto bastante normal.

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  10. Hay otra cosa Pablo... esas cosas que usted enumera como ejemplos de aquello en lo que es habitual un consenso aprobatorio, muchas veces ven degradar esa luz enceguecedora de la gloria hasta verse reducidas a escombros tenues de un esplendor anterior.

    Casos creo que hay muchos...

    Si bien, por ejemplo, es habitual la etiqueta unánime que ratifica la grandeza literaria de Dostoievski, Herman Hesse o Proust, el asunto está tan fuera de debate que ha perdido la gracia y el interés se ha enfocado en aquellos personajes más novedosos, un poco más contemporáneos con los que aún se puede alardear un poco, más exclusivos, menos leídos, menos manoseados (es la moda en la literatura).

    Es decir: se asume que no vale la pena deshacerse en prosa sobre Dostoievski cuando sus obras han ido de mano en mano hasta terminar siendo recomendadas a los estudiantes de secundaria. Nadie quiere ponerse a la altura de un mocoso. ¿de 30 años y hablando de Dostoievski?

    Por esa razón Dostoievski no deja de ser un escritor excelente... Es sólo que en el medio de la crítica ya ni siquiera es tenido en cuenta. ¿Quién va a hablar de Dostoievski? Ya se le ha dado tanto reconocimiento que un halago más empalagaría a los lectores ansiosos de novedad.

    Como en el colegio que la vieja más buena al final perdía la gracia.

    Eso de estar fuera de concurso no parece un premio.

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  11. Yo no le encuentro la gracia a Bolaño. Historias con un hilo tan delgadito que no apasionan.

    Por otro lado, entiendo lo que dice Juanito. Da un poquito de pena decir que el libro favorito de uno es La guerra y la paz, La metamorfosis, La montaña màgica o El lobo estepario porque es como si de cierta forma uno dijera que nunca traspasò la frontera de lo que se leìa en bachillerato.

    Sin embargo, mientras màs leo, màs e gusta lo que leìa en bachillerato (aunque El quijote siempre me ha parecido un libro muy repetitivo, que hubiera podido tener un quinto de los capìtulos que tiene y ahì sì me hubiera encantado).

    En este momento ando engomada con Paul Auster y Steffano Benni, pero no me atrevo a decir que tienen la altura de los que mencionè antes, estoy enceguecida por la novedad y siento temor reverencial por los clàsicos

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  12. A mí no se me quita la goma de Paul Bowles y Papini. Depronto han leído "Un episodio distante"?

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  13. Yo soy como Lalu, pero el temor referencial por ciertos clásicos se me impone sobre la curiosidad de la novedad. Lo mismo me pasa con las artes plásticas. Tengo una desconfianza casi automática por ese efectismo extravagante de algunos pintores “de vanguardia”. Nada como la sobriedad contundente de los clásicos.

    Juanito, ni idea. Contame un poco de qué se trata.

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  14. Es un cuento de Paul Bowles que está en su compilación de cuentos "Cuentos escogidos de Paul Bowles". Ese libro solo lo alcancé a leer hasta la mitad porque me tuve que ir del lugar donde lo tenían y me daba pena robármelo.

    Paul Bowles vivió la mayor parte de su vida en Tánger, en compañía de su esposa (también escritora) Jane Auer. Muchas de sus historias se desarrollan en el norte de África. De sus cuentos recuerdo con especial emoción "A cuatro días de Santa Cruz" y "Un episodio distante". Se dice que en gran parte este último inspiró a Bowles, en conjunción con un determinante ingrediente autobiográfico, a escribir su gran novela "El cielo protector", llevada al cine en 1990 por B. Bertolucci.

    "Un episodio distante" es la confirmación de ese enunciado primordial de la existencia que confirma su estética y que no es más que el hecho de encontrarnos en todo momento a un segundo de convertirnos en nada.

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