domingo, 10 de enero de 2010

De todito


El secreto de sus ojos

Juan José Campanella, 2009


Creo que nunca había visto una película latinoamericana así. En serio, y cuando digo latinoamericana no estoy pensando solo en Argentina, México, Cuba y Colombia, que es generalmente lo que nos es dado ver. Convencidos por aquello del cine subdesarrollado y la vida cotidiana, la idiosincracia, la política, la telenovela o el humor de latonería y pintura, los que hacían cine en este continente no se habían propuesto, como en literatura, que el mundo estuviera en una obra. Que un destino completo, una reflexión política y el lenguaje cinematográfico de impecable cartilla contaran una historia, donde además la técnica y las actuaciones estuvieran de nuestro lado. Tipo digan ustedes El talentoso mister Ripley o Amélie –para ponernos tiernos–.

Sí, sé que puede sonar de un snob que te cagás, porque además yo no soy una enciclopedia ni en cine latinoamericano ni en cine en general ni en nada. Y ya vendrán con ejemplos que de buena gana aceptaré; el ímpetu con el que termino esta cintilla ya tendrá tiempo de asentarse y arrepentirse. Pero insisto, con pocas películas realizadas en este lado del mundo se puede percibir la intención y el éxito de hacer una película que encierre el mundo particular, específico y cerrado de esos personajes, con tanta credibilidad que parezca, también, nuestro mundo, el mundo de todos.

Para quienes tenemos esa cierta propensión a recordar a los segundones, a los entrañables fracasados, sin cuya opacidad no sería posible el fulgor de los protagonistas, en El secreto de sus ojos hay dos personajes de este tipo. Uno más que otro. El más: Sandoval. El otro: Morales. Y debo advertir que ni Espósito ni Irene, los protagonistas, son como para tirar al sanalejo.

En la memoria quedará, también, el magnífico plano secuencia de la persecución de Gómez. Quedará esa manera tan impresionante de captar un modo de hablar, esa cadencia porteña veloz, febril; unos diálogos que sólo eran posibles si eran recitados, sin pensar. Y bueno, fuera de una buena adaptación de una novela que habrá que conseguir, y que es el sustrato de todo, quisiera decir que otro mérito es el montaje –realizado por el mismo Campanella– con tantas alternativas y tantas buenas eleccciones (menos ese efecto imitación al que Michel Gondry inventó para el video Like a Rolling Stone en la versión de los mismísimos Stones).

Y bueno, ese espíritu totalizante del que hablaba al principio y que se alcanza sólo cuando una historia de pocos está bien contada. Una historia que tiene de todito, que no deja de tener eso que decía de la política, del subdesarrollo, de la telenovela y lo demás, pero que es ya otra cosa, que nos pone en otro nivel, creo.


ÓSCAR LACLAU

3 comentarios:

  1. El mejor seudónimo es el nombre propio. Yo, por ejemplo, tengo uno tan célebre que no sé si podré estar a la altura. No lo digo por Pablo de Tarso, ni por Picasso, ni por Escobar. Lo digo por todos a la vez, porque un nombre es ya muchos nombres. Entonces, ¿para que buscar otro? Lo mismo: lo difícil es ser una sola persona, ¿para que usar el nombre de otra más

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  2. Hombre Pablo, mi nombre es Óscar Laclau. No es un seudónimo. Por lo demás tenés razón. Ya es bien arduo ser uno mismo como para ponerse a inventarse yoes en la atorrancia del mundo. Además, un seudónimo es poco, muy poco más digno que el anónimo... esa manía insufrible de no dar la cara.

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  3. Oscar, te ofrezco mis disculpas. Manía insufrible la mía, estar desconfiando de todo, hasta de los nombres propios. Muy pronto voy a desconfiar del mío y ya ni siquiera en ese me voy a reconocer. Ese sí sería el colmo del anonimato. Por ahora yo, Pablo, te agradezco esta buena reseña, Oscar.

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