jueves, 10 de febrero de 2011

Ejercicios de admiración | Rubén Mendoza


Louis Aragon hablaba de un realismo experimental, y la expresión encuentra en la filmografía de Rubén Mendoza, en sus cuatro cortos y su largometraje, una aplicación ejemplar. Ninguna verdad será concedida al espectador por fuera de su estilo “delirante”; ningún delirio será posible para el director si abandona las realidades que lo obsesionan. Los bienpensantes que reclaman “la estructura lógica” de sus películas ignoran que en el cine, como en la vida, errar no es un tema sino un punto de vista. Y que esa apuesta, que vemos desde El corazón de la mancha hasta La sociedad del semáforo, no admite vacilaciones: si el espectador se niega a entrar en el mundo de los marginales, los marginales, en pleno uso de su marginalidad, terminan marginando al espectador.

Realismo experimental: el sufijo indica una actitud enfática y el adjetivo una sensibilidad que le impone ciertos límites. Hay pues un decidido interés en lo real que cede siempre a la tentación de errar, palabra predilecta de Rubén Mendoza que toma en su obra una doble significación: la de vagar sobre todo, pero también la de intentar una y otra vez. A su condición errante, a este gusto por la trashumancia le debemos hallazgos memorables: la montaña misteriosa de La casa por la ventana, único lugar donde podía filmarse ese “nudo sin comienzo ni desenlace”; o el encuentro de aquél jubilado de El reino animal, ese gaucho insufrible pero entrañable que acompañamos en sus búsquedas de compañía: la de sus animales domésticos primero, y luego la de putas torpes que no entienden que él no las quiere domesticar. De su condición errática se desprende, por otro lado, la efectividad de sus actores naturales. El propio director ha contado que en los ensayos de La cerca hubo duelos con heridas de sangre, y que en La sociedad del semáforo vemos escenas en las que actores taimados pensaron que estaban ensayando. Realismo, sí, pero sometido a un trabajo sin tregua. O como dice él, muy fiel a su estilo, subordinado a “la delicia de hacer”.

Aunque se trata de imágenes, los experimentos con la realidad empiezan con las palabras. Esta, que parece una divisa surrealista, es la impronta de La sociedad del semáforo. La mirada ha recaído sobre ciertas escenas que le han valido al autor el rótulo de “transgresor”. Pero si una transgresión se comete en la película, si hay un acto radical que estremece el gusto corriente, es la expresividad de estos seres supuestamente condenados a la precariedad general. La ecuación es bien conocida: como la sociedad contemporánea asocia el ser con el tener, los que tienen poco son poco. Por eso el humor de los bajos mundos y la peligrosa anarquía festiva que recuerda a los enanos de Herzog, expresan su fuerza plena en el lenguaje, primera forma de exclusión y primer sistema de reglas que deberá ser boicoteado. De ahí los términos, las resonancias, los juegos de palabras, los dobles sentidos, las cacofonías, las metáforas. Es cierto que el gesto se repite. Que por momentos vemos más la mano que escribe el guión que la boca que lo pronuncia. Y es lícito preguntarse si así habla la sociedad del semáforo. Jean Genet, un poeta capaz de ver lo sublime en los ladrones, de quien Rubén Mendoza se reclama seguidor, enfrentó la misma pregunta en su momento: “Luego de la publicación de Las criadas, un crítico teatral decía que las sirvientas de verdad no hablan como las de mi pieza. ¿Usted qué sabe? Yo pretendo lo contrario, pues si yo fuera sirvienta hablaría como ellas. Algunas noches.”

De Rubén Mendoza se sabe que nació en el Putumayo y creció en Boyacá. Que rodó por varios colegios durante el bachillerato y se graduó en la Universidad Nacional de Colombia. Que “primero hace una amistad y después la filma”. Que a París, en un rapto de lucidez, la bautizó Pagrís. Y que si la palabra errante no existiera, habría que inventarla para él.

PABLO CUARTAS



12 comentarios:

  1. Viejo Rubem igualita a Ezra Pound...Enseguido lo voy a leer despacio, salgo un momento y ya les cuento...Gracias por el blog y un abrazo al viejo Honoré, sin él terciando y con buena parla sería aburridor caminar por Peré-Lachaise,
    Abrazo carnales!

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  2. Derramada admiración para los dos eternos hacedores a ambos lados de la palabra aquí... ¡la mejor lectura del espíritu de la sociedad del semáforo que he leído! No pude evitar pensar que Pablo había usurpado mi sentir y para colmo se me había adelantado en el tiempo con su pluma. Rubén, sigue amparándonos con la lucidez de poner en evidencia lo bello que la necedad se empeña en clausurar en la tragedia. Abrazo bucaramangoso desde la otra orilla para ustedes dos ¡blanco de luz en Pagrís!

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  3. Para hablar de LSD-S hay que recurrir a ése estado mediúmnico de que hablaron los surrealistas, al lenguaje automático, a Dadá; LSD-S, tiene lo que no ha logrado Dago y su pandilla: delirio, imágenes salidas de las tripas, de las entrañas de Plutón, es una peli con otra sintaxis,es memento,es mirar la realidad de Locombia através de los filtros de la cannabis, de la marginalidad,del inconsciente, del vértigo, es la poética del mugre, del hormigón,es el período negro de Goya, es el desgarro de Jean Michel Basquiat-Raúl Trellez en ésta ciudad teratológica,isomórfica,concéntrica, sincrónica, sólo Bogotá existe y estás siempre en ella...Eso es LSD-S, el espejo roto y nuestra imagen fragmentada, me averguenza dudar alguna vez de la poderosa invocación de Rubén Mendoza, que perdurará como una revelación de nuestras propias soledades, de nuestro grito desgarrado en la inmensa galería de nuestra noche que no cesará por los siglos de los siglos.
    Abrazo hermanos desde Bogotá D.C., la innombrable.

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  4. La Sociedad del Mutuo Elogio.

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  5. La amistad, la única religión de un solo dogma: La lealtad.( aprenda de lealtad, anonimus)

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  6. Los amigos y artistas se unen, y debaten, y se quiere a veces y se odian a veces. Hay mucho tiempo también para escribir sobre los enemigos y sobre los odios. Antónimo.

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  7. Y (muchas) otras veces se lambonean y alimentan los egos.
    Seudónimo.

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  8. Gracias, muchas gracias Epónimo por lo de artista. Ese sí que es un elogio. ¿O debería tomarlo como simple lambonería?

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  9. Su mejor entrada Pablo. Cambió mi visión de La sociedad del semáforo.

    A usted, ahora lo veo más gris.

    Por cierto, ya se vio Lost in Translation?

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  10. Ya la vi: tanto me sugirieron que la viera, y con tanto entusiasmo... Pero es una película bastante triste, ¿no? Y sobre todo bastante inverosímil.

    ¿Entonces más gris?

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  11. ¿Inverosímil? Y yo que me me veía en ella... De ahí el entusiasmo o la tristeza.

    Si, más gris.

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  12. Me parece admirable alguien que se reconoce en una historia inverosímil. A mí me gustaría...

    ¿Será el invierno?

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