sábado, 10 de abril de 2010

Gramática sobre los graffitis


Desconfío de las parejitas que cada vez que se ven, se hablan o se imaginan, pronuncian un “te amo”. O peor, lo berrean con mayúsculas. “TE AMO”. Lo gritan. Aborrezco a los irreverentes que de tanto mentar la madre empalidecen, desdibujan la fuerza del ¡hijueputa! cuando de verdad vale la pena insultar a alguien o a algo. Por eso, hijueputas ellos. Y, la verdad, desprecio el exceso de grafiteros en las calles y en las universidades colombianas. De ellos podría decirse lo que se dice de la poesía: ¡Hay tantos poetas y tan poquita poesía!

Las razones para la desconfianza, el aborrecimiento y el desprecio son las mismas. Voy con la primera: repetir una acción o una expresión termina por vaciarla de contenido. Y para esto, más allá de toda la semiótica, la lingüística y la filosofía que se han producido a propósito, no hay mejor ejemplo que aquella fábula famosa de Esopo: El pastorcito mentiroso. ¡Pobre pastorcito! Apenas hicieron falta tres veces para que el lobo se comiera a sus ovejas, dejándolo, literalmente, sin nada. Tuve un amigo que cuando no se hacía su voluntad comenzaba a darse cabezazos con lo primero que encontraba. Por supuesto, al principio tuvimos que ceder ante semejante chantaje, luego le advertíamos que se preparara porque no íbamos a recular, así se rompiera la crisma; que se diera bien duro a ver si acabábamos de una vez por todas con la bobada. Y paro aquí porque debo enunciar la segunda razón –que en realidad es una adenda de la primera–: lo que mucho se hace o se dice está en riesgo de perderse o de no haberse tenido nunca. ¡Ay! Qué candidez revela el famoso “sí se puede” que recorre como una plaga toda América. Y no lo digo sólo por las hilarantes barras que acostumbran escupirles los mexicanos y los ecuatorianos a sus siempre derrotadas selecciones nacionales de fútbol. Debe recordarse que fue Belisario Betancur Cuartas, nacido en la vereda el Morro de la Paila, en el municipio de Amagá, departamento de Antioquia, quien puso de moda en Colombia, allá en los lejanos ochentas, ese “sí se puede” que hablaba de paz y progreso. Pobre pastorcito mentiroso –digo– pobre presidente, a él le tocó ponerle el pecho a las tragedias del palacio de justicia y de Armero. Aunque pecho tuviera bien poco, como buen literato que es, dejándonos sin lo que de verdad se podía: un mundial de fútbol, donde hubiera sido lindo ver a la turba gritando: “¡Sí se puede, sí se puede!” Termino la explicación de esta razón con otro ejemplo y un vaticinio. El ejemplo: en el 2008 el Ministerio de Cultura de Colombia trató de posicionar el slogan –es detestable tanta exquisitez publicitaria–: “Sí hay cine colombiano”. Han pasado dos años y no se ve nada parecido ni en las salas de cine, ni en las páginas de los guionistas, ni en los presupuestos de los productores. El vaticinio: el “Yes, we can” de Obama terminará siendo tan poquita cosa que ya nos acordaremos del pastorcito mentiroso–digo– de Belisario Betancur Cuartas.

Ese es mi problema con el enamorado, que destiñe el amor de tanto usarlo; con el irreverente, que con su grosería no asusta ya ni al más casto; con el grafitero, que con la repetidera del “Uribe paraco” y sus variantes sólo aporta más suciedad a las que algún día fueron las blancas paredes de la Universidad Nacional en Bogotá. Tanto lugar común apesta.

Señor enamorado, tantas maneras que hay para decir te amo y usted se conforma con lo más llano, lo más zafio. Vea, le doy una perlita, pero no la repita mucho y no se la cuente a nadie: en la intimidad, cuando más sienta el amor que siente por su novia, no le diga “te amo”, dígale “mi definición era esperarla”. Señor irreverente, déjese de groserías, que a veces las bendiciones son más hirientes. Recuerdo a un alumno que tuve, que después de haber perdido el curso, después de la cruda recriminación, salió de mi oficina dando un portazo, no sin antes decirme “Dios lo bendiga”; nunca antes me había sentido tan insultado. Señor grafitero –sobre todo si estudia en universidad pública– persista en su empeño, pero antes de manchar un muro, que es el papel de los canallas, tenga la certeza de que está diciendo algo inteligente. Vale escribir “No me Ubico” si usted está en Guatemala entre 1931 y 1944, padeciendo las linduras del dictador Jorge Ubico, y si y sólo si usted se llama Augusto Monterroso. Vale escribir en una pared en un pueblo de Colombia “Los ladrones también son nuestros” si los paramilitares están matando a los cuatreros, y si y sólo si a usted le han robado algunas vacas. Vale escribir “No a Alvarito, Sí al Bareto”, si usted está siendo llevado a la UPJ, y si y solo si es capaz de escribirlo delante de los policías que lo llevan. No vale escribir “Apoyemos la lucha revolucionaria en Nepal” si usted se enoja cuando su mamá, su hermana o su novia no le lavan los calzoncillos.

Mientras tanto habría que prohibir los “te amo”, los madrazos y los graffitis, para que esas expresiones recuperen su alma; y sus artífices, el cerebro.

Medellín, viernes santo 2010.

ESTEBAN GIRALDO.

4 comentarios:

  1. Hay muchos que asumen la vida en los términos de una consigna. Repiten. Provocan. Se lamentan y los lamentos no duelen. Son babas frías. Lágrimas de bobo. Irritantes causas elaboradas en tres cuartos de hora.

    Por aquellos aboga el entender masivo... Ese entender bobalicón que se regocija con los madrazos de Juanes. Que se ensaña con Uribe. Que se ensaña con Chávez. Que dice "te amo". Que dice "yo odio", "me encanta", "detesto", que repite, que repite, que repite.

    Está excelente este artículo Esteban.

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  2. Siempre es bueno que alguien le jale a uno las orejas para no caer en la rutina sin significado.

    La única vez que hice un graffiti decía "te amo" y no significó nada.

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  3. Flaco excelente artículo! Felicitaciones. Te dejo un graffiti que me encontré por ahí caminando: http://lh5.ggpht.com/_EtU4GG9arPc/SjpiL8r_03I/AAAAAAAAA78/FB6dARi0COs/s720/IMG_2062.jpg

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