domingo, 2 de febrero de 2014

Abrir todas las puertas


Si por lo menos quisiera ir a alguna parte, si por lo menos tuviera donde llegar, si por lo menos pudiera parar de golpe, abrir una puerta y retirarse. Pero no. No. Este hombre vive un afán sin destino, ocioso, desnudo. Aun cuando no lo sabe, aun cuando no lo ha intentado, tan desesperado como está en seguir, no tiene la opción de renunciar a ese corredor en el que se abren todas las puertas. No recuerda cómo fue que llegó ahí, pero ahí ha comenzado, abriendo una sola puerta. Y al abrirla entró a una habitación que justo en frente tenía otra puerta. Caminó hasta allí y la abrió. Y pasó a otra habitación casi idéntica. Y abrió la puerta de enfrente. Y lo mismo. Y siguió. Es como en la caricatura del correcaminos. El paisaje es una tira de dibujo que se repite. El coyote corre hambriento detrás del avestruz, del pájaro que no vuela pero que corre como el demonio, y pasan y pasan, al fondo, la misma montaña y el mismo cactus. Así es. Él abre una puerta y entra a un cuarto con una puerta justo enfrente de él y va y la abre y entra a un cuarto con una puerta justo enfrente de él y va y la abre y entra a un cuarto con una puerta justo enfrente de él y. Y así podría seguir esto hasta agotar todo el papel del mundo y, aun así, no se agotarían las puertas que él sigue abriendo. Y no intenta devolverse porque intuye, o no, no lo intuye, lo sabe con certeza, que sería lo mismo: un abrir infinito de puertas. En este punto, perdidas todas las referencias, no tiene sentido hablar siquiera de devolverse. Quizá cada puerta que ha abierto, desde el principio, es un paso más hacia atrás ¿Cómo saberlo? Bien visto, tampoco importa. Sigue abriendo puertas no porque tenga la falsa impresión de estar llegando a alguna parte, de estar logrando algo, de estar avanzando. No. Las abre porque es un éxito rotundo que se le abran todas las puertas. Él parece haber creído, con la fe del carbonero, con la obstinación del autómata, aquella ridiculez que lo importante es el camino, no la meta. Y así sigue, viviendo el sueño, la pesadilla en que se abren todas, todas las benditas puertas. Yendo a ninguna parte.



ESTEBAN GIRALDO

Imagen: La porte de l'enfer. Auguste Rodin

2 comentarios:

  1. Que cansancio debe sentir el pobre hombre. Afortunado y no.

    ResponderEliminar
  2. Entonces es verdad que cuando se cierra una puerta se abren otras.
    Ya me hacía falta leerlos.

    ResponderEliminar