domingo, 21 de agosto de 2011

La voz, la enfermedad


Desde el principio de la memoria era eso: él, diciéndose que no. Sospechó, no obstante, que la voz, la enfermedad, era anterior a sus recuerdos, que tal vez ella, la voz, la enfermedad, había comparecido desde que flotaba impreciso en el vientre de la señora que ahora tenía a su merced. O desde antes. Desde el puro origen de todo. Antes, mucho antes del primer recuerdo en el que a su vez recordaba a su mamá, esa señora que en este momento lame el lubricado aliento del revólver, diciéndole que no, que no se metiera el lápiz en la boca. La voz, la enfermedad que después, tozuda, le había dicho que no tenía por qué quedarse con un juguete prestado, que no debía dejar nada en el plato, que no se orinara en la cama, que no hablara más como un niño, que su nombre no era el que él quería, sino el otro, el que le habían puesto. La voz, la enfermedad que no se había conformado con aquel rosario que ordena amar a Dios sobre todas las cosas, no pronunciar su santo nombre en vano, honrar a padre y madre, no matar, no robar, no desear a la mujer del prójimo, en fin, que lo había obligado a claudicaciones más mezquinas, más cotidianas, más difíciles: no ir a la cama sin lavarse los dientes, respetar las filas, tener siempre la camisa por dentro, callarse cuando los mayores hablaban, decir siempre la verdad, no tomar ventaja en nada, lavar los platos, ser austero, considerado. La voz, la enfermedad que tan bien se sabía la Constitución y la urbanidad de Carreño. La misma voz, la misma enfermedad que le había dicho no te acostés con ella, cuando en la adolescencia hirvió en un deseo posible, y que después le prohibió masturbarse. Y hubiera querido que se tratara de un Doctor Jekyll que amansaba al Mister Hyde que no cesaba de presentarse. Una manifestación externa, ingobernable, como el William Wilson de Poe. Pero no, hasta a esas fantasías había renunciado por la voz, por la enfermedad. Cómo iba a estudiar literatura, de qué iba vivir. Que no fuera un holgazán, un inútil, un vividor, un iluso. Su vida, bien vista, era una construcción de negativas que él mismo se imponía. Que la misma voz, la misma enfermedad imponían. La voz, la misma voz y la misma enfermedad que después del no acostumbrado, primigenio, ahora decía, y aullaba cuando el gatillo ofrecía una blanda resistencia: ¡Hágale pues, güevón!
ESTEBAN GIRALDO.

2 comentarios:

  1. Siempre la voz, la enfermedad; nunca el buen silencio. Ayer me di cuenta que cepillarme los dientes en la noche me dan ganas de orinar, por culpa de la voz, la consabida voz que siempre dice secepilla-orina-y-seacuesta.

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  2. Esa misma voz me hizo creerme capaz de conquistar el mundo y hasta hoy solo he comprobado que soy un fraude...

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