domingo, 11 de julio de 2010

Trato preferencial


Sintió las manos, las rodillas, los codos; sintió las cinturas y las entrepiernas. Las sintió en sus senos y abajo, en el culo y en el sexo. Sudaba. Montarse a esa hora en el metro equivalía a una solapada violación masiva. Las mujeres quedan preñadas sólo para que les den el puesto –pensó rabiosa–.

Avispada como era, se confeccionó una barriguita de trapo.

Ahora estaba sentándose, despacio, saludando al señor que le había cedido el asiento gracias a su embarazo de utilería.

Luego, en el reflejo del vidrio, un rostro que no reconocía, pero al que conocería desde siempre; era como en un cuento donde se habla de amor. Y era justo eso: el amor.

Había encontrado al padre de sus hijos. Aunque el tipo no tuviera cara de hacerse cargo del parto, la crianza y la vida de lo que crecía o parecía crecer bajo la ropa; aunque fuera sólo entre una estación y otra; aunque fuera un puro reflejo.


ESTEBAN GIRALDO

1 comentario:

  1. Yo vi una vez a un viejito en el metro. Tenìa los ojos màs lindos que he visto en la vida: eran verdeazules, grandes y parcìan inocentes como los de un niño.

    Lo mirè durante todo el viaje, emocionada de ver unos ojos asì, sintièndome conmovida por que en el mundo existiera algo tan hermoso y tan puro.

    Cuando me bajè en la estaciòn Alpujarra, el viejito se bajò tambièn y yo lo mirè con cara de felicidad, le iba a preguntar còmo se llamaba y a pedirle que me contara su historia.

    De pronto, algo rompiò mi èxtasis: era el viejito dicièndome vulgaridades porque iba con falda.

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