lunes, 10 de noviembre de 2014

Desaparecido

Lucila Perea quiso escribir toda la historia en el cartel, pero no tenía las palabras. En el computador de un café internet escribió: “Juan González. Desaparecido”. Pidió que le ayudaran a poner la última foto que tenía de él en el centro de la página. Abajo puso un número de celular. Quiso poder escribir “Recompensa” pero no tenía el dinero para respaldar esa súplica. Con plata prestada imprimió todas las copias posibles y salió a pegarlas en todos los postes que pudo, hasta que ella misma comenzó a sentirse perdida, desaparecida.

Días después Juan González se vio en uno de esos carteles y, agradeciendo que Lucila Perea no tuviera palabras para escribir toda la historia, lo despegó del poste. Desde ese momento se vio en todos los postes y de todos los postes quitó los carteles. Siguiendo su rostro repitió el trayecto que ella había recorrido perdiéndose. Cuando sospechó que Lucila Perea había llorado poniendo los avisos que él quitaba, Juan González lloró. Lloró hasta que no quedaron más postes. 

Lucila Perea se dio cuenta de que los carteles ya no estaban. Con otra plata que no era de ella sacó más copias y las puso en los mismos postes. Juan González volvió a quitarlos. 

De ahí en más Lucila Perea no tuvo más oficio que poner esos avisos. Reiterar patológicamente esa, su última esperanza. De ahí en más Juan González no tuvo más oficio que quitarlos. Reiterar patológicamente esa, su última culpa. Repetir la historia en los mismos postes que, en la noche, por defecto, mal alumbraban esas tristezas incontables. E incontable es la última palabra en la que puede pensarse antes de detenerse enfrente de la evidencia indiscutible de la vergüenza. Y el dolor. 

Un día, mientras pega carteles Lucila Parea ve a Juan González quitándolos. Ambos están concentrados en los mismos postes. En todos esos postes. Sin que le importe, ella sigue pegándolos. Juan González la ve cinco, seis postes más adelante. Sin que le importe, él sigue quitándolos. Y así siguen todos los días, todas las noches, todos los meses, aplazando el encuentro, perdidos, desaparecido uno del otro porque atrás, y adelante, sigue toda esa historia que ninguno de los dos tiene palabras para contar. Menos reconstruir.

ESTEBAN GIRALDO

lunes, 20 de octubre de 2014

Domingo

Por el barrio La Soledad, en Bogotá, merodea una pandilla de travestis que atraca a los transeúntes. Le dicen a sus víctimas que si no entregan todo lo que llevan encima los contagian de sida con una jeringa. Si no fuera por el grotesco maquillaje y las pelucas pulguientas pasarían como desechables ejemplares, de cartilla. Gente temible y desagradable los integrantes de esta banda. En la mañana se concentran en la esquina de una pequeña clínica militar cercana a la calle 45. No sabría decir si esa ubicación obedece a que sus labores matutinas consisten en consolar a soldaditos convalecientes pero el caso es que por ahí se reúnen. Ya en la tarde se dispersan y hacen su trabajo más famoso. El modus operandi es bastante conocido. Se acercan al que tenga la mala fortuna de pasar por la acera por la que ellos pasan y le piden una moneda. En ese momento calculan cuánto miedo le producen al incauto y deciden si tendrá lugar el asalto. Si sí, se van detrás, sacan la jeringa, amenazan al temeroso y se le llevan todas las cositas. Las mujeres, jóvenes y asustadizas, son sus víctimas predilectas. Por una de ellas entiendo, de primera mano, que esta historia sórdida no obedece a la homofobia, porque bien se sabe que la diferencia causa miedo y el miedo genera exabruptos, sino a que se trata de ladrones a cabalidad, en efecto.

El domingo, a eso de las cinco de la tarde, a esa hora yerma en la que a todos nos dan ganas de no vivir más, de no querer enfrentarnos otra vez con una semana cuesta arriba, de suicidarnos sin dolor y sin escándalo, iba caminando yo por el Parkway. Encima nadie me esperaba en casa. Venía pensando en que tal vez nunca nadie volvería a esperarme en casa. En que la soledad no es un estado sino una condición. En que existe una relación directa, proporcional, entre la belleza, la amabilidad y la bondad de las mujeres, y la dificultad de gustarles. Y en que eso es apenas justo. Bobadas así venía diciéndome cuando vi que, desfilando por el sendero, venían dos comadres de la pandilla. El encuentro era inevitable y la pregunta no se hizo esperar. ¿Nos da una moneda?, dijeron en coro, forzando un tono femenino en la voz. Monedas no tenía, apenas unos billeticos baratos y raídos. ¿Cómo no va a tener?, dijo una de ellas, ya con voz de hombre. Quise decirles que siempre le había tenido mucho miedo a las jeringas, que no me hicieran nada, que se llevaran lo que quisieran. En cambio, mientras apretaba el paso, hice un gesto que indicaba que no, y que lamentaba mucho no tener monedas. Esperé que me cerraran el paso. Que llegara la amenaza. Que se consumara el atraco. Supe que accedería a lo que ellos me pidieran porque a esa hora bien poco me importaba todo. Me dejaron seguir mientras me miraban. Cuando casi no los veía escuché que uno de ellos me dijo usted-es-muy-bonito. Lo pronunció delicado y sin morbo, o quisiera recordarlo así. Después me mandó un beso sonoro. Sonreí. Me fui sintiendo que quizás valdría la pena una semana más. Y una tristeza infinita.

ESTEBAN GIRALDO

martes, 30 de septiembre de 2014

¿Última palabra?

Me aburrían tanto las preguntas fáciles y baratas que me paré de la cama y me fui. En la cocina, mientras mi cuerpo desnudo recibía el aliento frío de la nevera vacía, escuché, por fin, una pregunta interesante. ¿En qué año Muhammad Ali perdió su título mundial de boxeo contra Joe Frazer? ¿Ah? No tienes ayudas. ¿No? A. 1969. B. 1970. C. 1971. D. 1972. Al final supe que ella tenía la respuesta y yo, la verdad, no tenía ni puñetera idea. Desandando el camino hacia la habitación me dijo que era la C, 1971. Le pregunté entonces si también era amante del boxeo y me respondió que simplemente había visto la película hace poco. Por supuesto, era C, 1971. Veinte millones. La felicité quitándole la sábana y besándole el cuello mientras mi mano buscaba el rincón de su entrepierna. Me frenó y me pidió que le prestara atención al televisor donde Paulo Laserna Phillips anunciaba la próxima pregunta, por cincuenta millones. ¿Quién fue el único heredero de Carlomagno? Ni siquiera tuve que mirar las opciones. Luis el Piadoso, afirmé. ¿Última palabra? Sí, Paulo, le respondí a ella. Puse mi nuca sobre su ombligo, satisfecho, con cincuenta millones en el bolsillo. Me preguntó cómo sabía eso. Le respondí que me acordaba porque me lo había enseñado la profesora más bonita que había tenido en el colegio. Quise recordar el nombre pero no lo recordaba, no lo recordé, todavía no lo recuerdo. Vi los zapatos casi infantiles de esa profesora, las medias veladas, las piernas largas y blancas, la falda hasta la rodilla, la ceñida cohesión de la cintura, la camisa de botones apenas semiescotada, los desordenados lunares en el cuello, el rostro conmovedor, el cabello largo y rubio, esa juventud radiante e imposible para el niño que era yo entonces. Con algo de suerte, en ese momento hubiera podido recitar correctamente una línea de tiempo que comienza con la caída de Roma y llega hasta advenimiento del Sacro Imperio Romano Germánico porque se me revelaba sobre el verde de un tablero en la medida que la mano de esa profesora anónima y hermosa la escribía con tizas de colores. Contemplé la letra, cursiva, pulquérrima, de monja. No recuerdo el nombre, dije cuando ya el concursante había decidido retirarse con dignidad. Era muy joven, tendría tu edad, completé sin nada más qué decir. Ella apagó el televisor y comenzamos una faena en la que agotamos no sólo todo nuestro deseo sino el que alguna vez sentí por esa profesora inefable. Después, sobrevino el miedo. Y la culpa. Tuve la certeza desesperada de que mi cabeza atesoraba lo inútil y no lo importante. Supe que recordaría para siempre que Muhammad Ali perdió su título mundial de boxeo contra Joe Frazer en 1971 y que irremediablemente olvidaría el nombre de la mujer que tan amablemente me lo había enseñado.

ESTEBAN GIRALDO


martes, 16 de septiembre de 2014

Insomnio

Me cuenta el Mono, borracho, que su chica lo dejó por otro y que lo peor de la tristeza es que no descansa ni deja descansar. En las noches donde el despecho y el desprecio son más amargos le pasa que no puede dormir. Se le agotan las horas rumiando la impotencia y ella, la tristeza, febril, confecciona y vende todas sus celadas. El Mono ruega que caiga el sueño. Leer no le sirve. Ver cine menos. Arrullarse con el radio menos que menos. Tomar leche caliente con cilantro no le ayuda. Ha probado con pastillas pero tampoco funcionan. No tiene alientos para ponerse a hacer ejercicio hasta el desmayo. Avanza el Mono por ese animal oscuro que es la noche y ella, la noche, pasa como si fuera un perro sin olfato, anoréxico, y no se lo devora. Suplica el Mono entre ovejas y números poder descansar. O morir. Se disocia el cuerpo rendido por las horas y la mente que se enfanga destemplada, hirviente, incansable y con los ojos rojos en la malquerencia, el desconsuelo y la ineptitud. Aparece entonces el alba y el temblor de un cuerpo que agradece al menos que se haya acabado la víspera de un sueño que no llega. Se suceden, uno tras otro, más días así y el pobre Mono se la pasa rezando, pidiendo el milagro del reposo. Un día, tal vez cuando física y metafísicamente es imposible aguantar más, el Mono puede dormir. Duerme profundamente. Y sueña. Sueña con su chica, con que se reconcilian, con que tienen polvos hermosos y, finalmente, con que ella, su chica, lo vuelve a dejar por otro. Ahora el Mono tiene tanto miedo de soñar que, ya enajenado, le implora a Dios que no lo vuelva a dejar dormir nunca. Me trae el recorte de una noticia que salió hace unos días en el periódico. Dice que hay un vietnamita muy sano que no duerme hace treinta y nueve años. El Mono levanta el rostro del papel, borracho, y me cuenta que esa noticia es su única esperanza.

ESTEBAN GIRALDO

lunes, 25 de agosto de 2014

La crisis

Madrid, España, junio de 2013

Yo no vi la crisis. Yo vi las calles y los balcones de Lavapiés, la alegría de los mercados senegaleses y chinos, los vestidos ligeros y la belleza solar de las mujeres, la generosidad de cada tapa y un cielo azul –apenas rasgado por la cola de aviones inalcanzables, inclusive para la mirada–. Yo no tenía cómo ver la crisis. España en crisis, comparada con Colombia, sigue siendo una superpotencia de trenes y bares en cada esquina. 

En uno de esos recorridos de asombro y de contento, terminamos en un restaurante cubano –perdón, no recuerdo el nombre– sito en la calle Huertas. Nos atendió un mesero dominicano, enredado en la carta y su acento inentendible. Pablo y Diony pidieron ropa vieja, Felipe y yo pedimos moros y cristianos. Deliciosos, abundantes. Sonó una canción de los Van Van y otra de Héctor Lavoe. Hacía un calor alérgico. Terminamos ahítos y llegó la cocinera cubana –cubanísima: hermosa– que había preparado los platos. Nos preguntó cómo nos habían parecido. Nosotros nos regamos en elogios. Qué sazón, qué manos, mujer. Alguno le preguntó por alguna receta concreta –perdón, no la recuerdo: se borran las letras de los libros no se le va olvidar a uno una memoria–. Ella, agradecida, comenzó a contarnos el itenerario azoroso, el destino, el sueño de décadas que la había puesto delante nuestro, ahí, artífice de nuestra barriga llena y nuestro corazón contento. Habló de muchos países y muchos pueblos, de muchos años y muchas noches, de una resistencia a prueba de imposibilidades y tristezas. Describió un milagro. Ella era un milagro. 

Bien vistos, los caminos que nos tenían a los cuatro colombianos, reunidos y amistados, ahí, también describen la trayectoria de un milagro, de varios milagros. Tal vez más modestos pero igual de afortunados. Eso fue lo que, sin saberlo, no nos cansamos de celebrar durante tres días.

Salí antes, a pagar. Lo menos que podía hacer era invitarlos. En la barra pedí la cuenta. Atendía el dueño, un español sesentón. Pagué con un billete de cien euros. El señor se quedó mirándolo, entre enternecido y ansioso, como quien mira un tesoro, como quien mira El Dorado puesto en el centro de Madrid. Creí que me iba a decir que no tenía devuelta –como si fuera un taxista bogotano– y casi alcancé a maldecirlo. En cambio, me miró y me dijo: usted no sabe hace cuánto no veía un billete de estos. Lo metió en su bolsillo y de un cajón bajo la barra sacó el cambio. Le pregunté por la crisis. Me hizo un recuento desganado de la imposibilidad de viajar a Cuba, como era su costumbre, unas cinco veces al año. Esquivó el tema de la falta de turistas o la corruptela política, no quiso hablar de Europa. Se puso a describir a su esposa cubana y yo supe que a ese hombre nunca se le acabaría la esperanza. 

En eso estaba cuando llegaron Pablo, Diony y Felipe. Empezaron a hablar de los cuadros en las paredes: allá Benny Moré, acá Celina y Reutilio, más allá las Hermanas Márquez, más acá el Sexteto Machín. Al señor se le iban los ojos, y la vida, por los marcos de esas fotografías. Nos ofreció un bajativo, cortesía de la casa. Cómo no, aceptamos. Sirvió cinco chupitos de pacharón. Brindamos. Alguien dijo –no sé si lo recuerdo o me lo invento, cursi, pero eso no importa: uno se la pasa inventando los recuerdos–: por Cuba, por España y por Colombia. Nos despedimos del dueño sesentón como se despide uno de un parcero. Salimos a empezarla o a seguirla –perdón, no me acuerdo, pero con seguridad no me lo invento–. 

Insisto, yo no vi la crisis. No tenía cómo verla.

ESTEBAN GIRALDO

martes, 19 de agosto de 2014

Chococono en bicicleta

Feliza le da la siguiente instrucción a Harvey, su hijo: “ve rápido y compra seis huevos”. Al final de la orden, viendo en la cara de Harvey la pura ilusión, accede: “muchacho, y si te sobra, te compras el Chococono, ¡pero ve rápido!”. Los huevos eran para un rollo de carne que había vendido caro a una cachaca que se estaba quedando en el hotelito donde Feliza trabajaba. El Chococono obedecía a la solicitud que Harvey había hecho en todos los tonos desde hace, al menos, una semana. Aunque el muchacho se manejara bien o se rebelera siempre repitiendo que qué tanto era pedir un Chococono, Feliza no había tenido cómo dárselo. “Eso no alimenta”, le repetía en cada negativa. Sólo hasta ese día, gracias a la venta del rollo para el que necesitaba los huevos, pudo Feliza permitirse el lujo de ofrecerle a Harvey un Chococono en vez de un sencillo plato de comida.

Se va entonces Harvey en su vieja bicicleta, tal vez muy grande para su estatura, como una exhalación para la tienda. No levanta polvo por los caminos porque va muy rápido y porque, todo hay que decirlo, ha llovido hace poco. Casi no lo ven sus amigos, que juegan pelota dándole a la fachada del abandonado centro de buceo. Él no quiere parar a saludarlos y decirles que va a comprar un Chococono porque sospecha que se le pegarían y le tocaría compartir. Además, cuando termina de pensarlo, ya va como dos cuadras más adelante. No tiene tiempo de reprocharse ese egoísmo, su mente y su cuerpo tienen como único objetivo llegar lo más rápido posible. Y, de verdad, llega lo más rápido que puede. Si existiera un récord que registrara el menor tiempo entre su casa y la tienda, él se habría convertido, en ese momento, en plusmarquista universal. En el mundo no ha habido algo más parecido a la teletransportación. Sin frenar se tira de la bicicleta, que va a dar contra un muro de la alcaldía que dice: “San Onofre. Moderna, agrícola y turística. 2008-2011”. Sudoroso, gritando, Harvey pide seis huevos y un Chococono. Arlenys, la muchachita hermosa que atiende, cuenta la plata que Feliza le ha entregado envuelta como un pequeño tamal a Harvey. Le informa que no alcanza. Harvey maldice su suerte, detesta a Arlenys, así esté vagamente enamorado de ella, y le dice: “Fíame el último huevito”. Arlenys, a pesar de su sonrisa conmovedora y de que el muchachito le cae bien, tiene que ser cortante. Regaña a Harvey recordándole que ya deben mucho y que, como han acordado, lo que compren antes de cancelar la cuenta pendiente tienen que pagarlo chan con chan. Después le propone que se lleve cinco huevos y el Chococono. Harvey acepta al tiempo que su amor por Arlenys pasa de vago a concretísimo. ¿Qué diferencia puede hacer un huevo? Además cuando llegue a la casa ya se habrá terminado el Chococono y podrá aguantar, feliz, toda la cantaleta que la histeria de Feliza sepa inventar. Arlenys procede. Cuando sale de la tienda, Harvey pone con cuidado la bolsa con huevos sobre la manilla derecha de la bicicleta, destapa el Chococono y sale comiéndoselo hábilmente mientras comienza a dar pedal. Verlo avanzar hacia su casa merece una foto, ingrávido y sagaz sobre el sillín de su cicla. Qué destreza. También sería meritoria, y triste, la foto de lo que ocurre a continuación. Harvey trata de esquivar un hueco que no advierte con anticipación. Por la humedad las llantas de la bicicleta resbalan. Harvey pierde el equilibrio y cae. Los huevos se convierten en un batido dentro de la bolsa. El Chococono vuela a la mismísima mierda. Por el golpe, la barbilla de Harvey sangra. Sin darse cuenta de eso Harvey corre hasta el Chococono, que le ha dado por aterrizar en un lodazal. Lo levanta. Pérdida total. Escurre lo que parecen aguas negras. Harvey maldice su vida por segunda vez. En todo caso limpia como puede el helado, o lo que queda de él, y recoge la bolsa con cinco huevos quebrados y la cicla. Se va caminando hacia su casa. Qué derrota. 


Llegando se encuentra con sus amigos, a quienes les ofrece el Chococono y les pide que no pregunten por los huevos quebrados. Ellos, arrebatándose el helado, le piden que al menos se limpie, que viene sangrando. Harvey se toca el mentón con un dedo. Siente dolor y ve su camisilla manchada de rojo. Llega hasta la casa y le entrega a su mamá la bolsa de la que gotea tortilla cruda. Antes de que comience la reprimenda, Harvey le exige a Feliza que la próxima vez no le pida que vaya tan rápido, que por hacerle caso los seis huevos vienen así. “Y mira, hasta me reventé la cara”. Le muestra la herida y se resiente, exagerado. Feliza se traga la retahíla que tiene lista desde el principio de la humanidad y mira el interior de la bolsa. Le parece que en todo caso queda suficiente para darle consistencia al rollo de carne y cumplir con el pedido. Se promete que cuando lo cobre pagará algo de la deuda en la tienda y le dará para un Chococono a Harvey.

ESTEBAN GIRALDO

lunes, 11 de agosto de 2014

Pudor

París, Francia, junio de 2013

En el Museo del Louvre, en un rincón de una de las salas menos concurridas, hay una escultura a la que llamaron Aphrodite pudique. La tarjeta que la reseña dice que fue esculpida por un artista anónimo en el siglo tercero antes de Cristo, en Grecia. Aunque no se trata de una obra maestra, la misma tarjetica invita a apreciarla como “una obra de calidad, no como una de esas estatuillas de pacotilla, ejecutadas en serie por aprendices poco afortunados” (une pièce de choix, non comme une de ces figurines de pacotille produites en série pour les amateurs peu fortunés).

En ese rincón me quedé largamente, pensando en Medellín. Le di vueltas y revueltas a la “figurine” y me dije estas palabras: jueputa, acá deberían traer a los cirujanos plásticos de Medellín. Mejor, acá deberían traer a todas las muchachas de Medellín que quieren dejarse operar por ellos. Que la Alcaldía les pague el pasaje y la entrada, a ver si aprenden qué es la belleza. Lo que entendemos desde el principio —en Occidente— por belleza. Que vean esas teticas, ese abdomen de mujer que come, ese culo grande, afectado por la gravedad, esas piernas cortas que sirven para bailar y no para mostrar el larguísimo camino que conduce a la cicatera esperanza del sexo. Que los paren y las paren ahí, quince minutos, que los obliguen, que las obliguen, a ver si dejan la maricada. Que esos cirujanos sepan que no son más que esos amateurs peu fortunés. Que las mujeres a las que operan sepan que no son más que ces figurines de pacotille produites en série.

Ahora que lo escribo, sería bueno que no sólo aprecien las dimensiones de ese cuerpo de piedra. Es necesario fijarse en eso por lo que llamaron “púdica” a esa Venus. Hay que entender ese gesto, repleto de sensualidad, que trata de esconder la desnudez. Hay que entender de una vez por todas que el deseo reside en lo que se oculta, no en lo que se exhibe enfática, obscena, pornográficamente. Y esto aplica para la ciudad toda. El problema de Medellín, como el de las malas prostitutas, es que es impúdica. A cualquier gracia, por pequeña que sea, se la exhibe hasta vaciarla no sólo de encanto sino de contenido. Es tan fastidioso el mendigo que muestra su herida como la mujer que, consciente de su belleza, cifra todos sus comportamientos en la exaltación de su atractivo, o la ciudad que gasta más energía en autofelicitarse que en resolver problemas urgentes e importantes.

Algo así me había dicho Pablo —o me lo dijo después—, cuando íbamos en cicla por las calles de París, renegando de todo, felices: “hay que traer aquí a los ricos de Medellín para que se den cuenta de que no son tan ricos, y a las chimbas para que se den cuenta de que no son tan chimbas. ¡Que no jodan!”. Y es lo mismo. Nos falta pudor, ese lujo verdadero que se pueden dar sólo aquellos que se olvidan de lo que tienen. O que lo ocultan coqueta, deliberadamente. Como esa Afrodita púdica —diosa del amor, la lujuria y la belleza—, como las mujeres amables de verdad, esas cuya desnudez enaltece un misterioso esplendor que no se puede publicitar ni reproducir. Y para el que no alcanzan las palabras —acaso un suspiro largo y un agradecimiento—.

ESTEBAN GIRALDO