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martes, 16 de diciembre de 2014

El peso del amor

Un encuentro imposible estremeció la adolescencia de muchos: «¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico». Y sigue diciendo, el narrador, que ella, la Maga, no estaría en el puente. O sea: que perdió la ida. ¿O que la perdería? Como todo está en condicional… Eso le pasa por no poner citas precisas, escribir en papel blanco y apretar los tubos por cualquier parte. 

«¿Qué venía yo a hacer al Pont des Arts?», se pregunta luego, viendo que no estaba ahí la Maga, el narrador. ¡Pues qué más va a ser! ¡Nada! Estar por ahí vagando, sin ton ni son, esperando el encuentro casual. La educación sentimental de muchos empezó entonces con un desencuentro: el de un hombre buscando a una mujer que nunca se le apareció mágicamente, sin cita, por telepatía, en el Pont des Arts. Y siguió con la historia de un grupito de latinoamericanos varados en París, un niño con nombre de región de Francia y de queso de cabra, Rocamadour, y con una historia de amores truncados que se podía leer en orden o en desorden. Iluminados por esas primeras experiencias literarias, muchos encontraban a la Maga en corredores de colegios y universidades, recitaban de memoria las primeras líneas del relato, hablaban con soltura de ambas orillas del Sena y habían aprendido a decir y a repetir que el amor es un puente y que «un puente no se sostiene de un solo lado, jamás Wright ni Le Corbusier van a hacer un puente sostenido de un solo lado…». ¿Puentes Le Corbusier? Ni sostenidos de un sólo lado ni de los dos: no hizo ninguno. Esa referencia es la que no se sostiene. Se derrumba sola. 

Tampoco se sostienen ya los «pretiles de hierro» del Pont des Arts, por los que no se asomaría la Maga en aquél comienzo melancólico. Una noche de verano se fue al Sena un primer tramo del barandal, que cedió al peso de miles de candados que enamorados del mundo entero han ido engarzando a lado y lado de la pasarela, y cuyas llavecitas botan al río para que también, como el puente, quede contaminado de metal barato. Sellando el candado sellan un pacto, y botando las llaves se aseguran de que ninguno pueda huir de la jaula del amor. Eso dicen, palabras más, palabras menos, los que a falta de espacio en la baranda siguen poniendo sus candados sobre los candados de otros, en una mezcolanza de amor cobriza que tiene en grave riesgo de colapso a la estructura del puente. Entre eso y pasar a ver si uno se encuentra con la Maga por azar, francamente, prefiero lo segundo. De dos situaciones cursis, la menos estrepitosa. 

De los que ayer se estremecían con historias de Horacio, de Wong, de Gregorovius, los que antes deliraban con la espesura de aquellos diálogos solemnes, los que buscaron emular esas veladas de jazz en sus primeras noches de conquista, de todos ellos, muchos vienen hoy en peregrinación a poner sus candaditos. Y ellos, sumados a muchos otros que jamás conocieron a Oliveira, que nunca vieron «famas» ni «cronopios» pero supieron a tiempo de la existencia del Pont des Arts, han hecho que la masa de enamorados crezca desmedidamente año tras año, y que la masa informe de metal supere ya el millón de candados cerrados. Por eso, queriendo proteger el Pont des Arts de tanto amor, la alcaldesa de París mandó a cubrir las barandas con paneles de madera. Tercos, los enamorados corrieron a tomarse el Pont de l’Archevêché, detrás de Notre-Dame. Y como también ahí los candados ya infestaron las dos balaustradas completas, muchos fueron a tomarse la Passarelle Simone de Beauvoir, llamada así en honor a la filósofa de la libertad femenina. Candados cerrados en el puente de Simone de Beauvoir, defensora del amor libre…

Del rito se dice que nació en la Hungría del siglo XIX, donde soldados en fuga les dejaban de recuerdo un candado cerrado a sus amantes. Otros afirman que el fenómeno sí nació en Hungría, pero mucho tiempo después: hace unos treinta años, cuando las rejas de la sinagoga de Pécs se fueron llenando de cerrojos. Hoy, extendidos por varios puentes del mundo (el Ponte Vecchio de Florencia, el Hohenzollernbrücke de Colonia, el Brooklyn de Nueva York), los candaditos del amor son el esfuerzo cándido de fundar certezas en una época que no da ninguna, y que ofrece en cambio más libertad por menos seguridad. O un intento de enfrentar, mediante un símbolo obvio e ingenuo, los temores inducidos por lo que un sociólogo llamó «amor líquido», es decir ajeno a la «solidez» que prometían las instituciones tradicionales. Caída en descrédito, la imagen del amor para toda la vida cede lugar a la incertidumbre, la desconfianza y el miedo, sentimientos que estremecen hoy la experiencia amorosa de muchos. Pero como todo lo que es persiste en su ser, y como todos los enamorados quieren seguir enamorados, quizás sea mejor acostumbrarse a esta inútil tentativa de apresar lo que fluye y se va, como lo dijo para siempre Apollinaire: 

Bajo el puente Mirabeau pasa el Sena
y así pasan también nuestros amores.
La certeza ya nunca me será ajena: 
el gozo viene siempre tras la pena

El amor se va como el agua que fluye
El amor se va… 

Viene la noche, suena la hora
Y los días se alejan
Y aquí me dejan

Pasan días y semanas
Y ni el tiempo pasado
ni los amores regresan
Bajo el puente Mirabeau pasa el Sena…

PABLO CUARTAS

martes, 9 de julio de 2013

DIM, un siglo


Publicamos estos dos textos, evidencia incontrovertible de la falsedad del dicho popular, "no hay mal que dure cien años...". El primero salió ya publicado en Universo Centro -con algunas licencias que acá corregimos-. El autor del segundo quería ser publicado en el mismo periódico, pero tan mal está el texto que ni le respondieron cuando lo mandó. 

Pietà en el Atanasio 

Si ya lo olvidaron, si todavía no lo han visto, vayan a internet y busquen: “Gambeta Estrada Júnior Campeón”. Pongan el video y párenlo en el momento en que la Gambeta es interrumpido por el periodista: “¡Gol del Júnior!”. Dejen la imagen congelada en ese rostro indescifrable, mezcla de rabia, perplejidad y dolor. Y busquen, también en internet: “Pietà Luis de Morales”. Comparen la cara de la Virgen con la cara de la Gambeta y díganme si no se parecen demasiado. Yo pienso que sí. 
Tenía nueve años cuando vi en directo, por televisión, el gesto agónico de la Gambeta Estrada. Veinte años después, recuerdo claramente su rictus de pesadumbre y la imagen del Chiqui García, que era como un Bolívar agigantado por la gloria. Los jugadores lo llevaban en andas por la pista atlética del Atanasio Girardot, mucho más amplia entonces y llena de periodistas y jugadores que esperaban el final del partido en Barranquilla para celebrar, o mejor, para seguir celebrando. 
En esas estaba la Gambeta cuando yo lo vi: celebrando con un periodista que lo entrevistaba. “Esto es lo más hermoso que me ha pasado en la vida, incluso por encima de… de…”. ¿De qué, Gambeta? ¿Qué pondrías por encima de qué? ¿El uno uno con Alemania? ¿El Mundial de Italia? ¿Ibas a poner el Mundial de Italia por debajo de esto? Hombre Gambeta, ¡cómo se te ocurre! Ahí fue cuando el periodista le dijo en forma cruel, es cierto, la dura verdad sin atenuantes: “¡Gol del Júnior! ¡Gol del Júnior!”. Se lo dijo dos veces. Miren y verán. Con la primera le cortó la frase y lo trajo en seco de Italia al Atanasio. Con la segunda lo bajó de la nube, del “por encima”, y le puso otra vez los pies sobre la tierra. Quedó otra vez por debajo la Gambeta, y el Medellín por debajo del Júnior campeón.  
La verdad es que había razones de peso para celebrar. Era la noche épica, la proeza total: victoria en el clásico sobre Nacional, paso a la Copa Libertadores y título de campeón porque el Júnior, necesitando ganar, apenas empataba contra América. Y celebración hubo antes y después de que llegaran las amargas noticias de Barranquilla. Como el rey orgulloso del cuento infantil, los jugadores del poderoso siguieron altivos aún después del golazo de Mackenzie al minuto noventa y dos. Y también como el rey iban desnudos varios: recuerdo a Óscar Pareja en calzoncillos, con un collar de arepas, llorando de alegría y luego de rabia y luego otra vez de alegría porque nadie se movía del Atanasio, porque todo el mundo prefería alargar esos cinco minutos de gloria a seguir estirando treinta y seis años de sequía. 
No logro precisar si la Gambeta se sumó a los festejos. Luego de la fallida entrevista, después del inolvidable gesto, las cámaras lo pierden y se concentran en los que de todos modos quieren terminar la vuelta olímpica. Allá van el Pájaro Juárez, el Ferri Zambrano y Carlos Castro, el del gol contra Nacional, el héroe transitorio, el ídolo momentáneo, el redentor pasajero de la noche. Otros, en cambio, son menos entusiastas. Sumido en el dolor, aplastado por el fiasco, Pedro Álvarez no halla consuelo en ese barullo de felicidad y frustración. Luis Barbat llora a mares de rodillas en la gramilla. Nada redime sus tristezas. Era todo o nada. Y fue nada. 
La ceremonia terminó en procesión de ríos de fieles siguiendo al bus del poderoso. Esta vez fue primero la crucifixión y después el viacrucis. Y aunque la peregrinación fue bastante emotiva, nada en esa noche es tan conmovedor como el gesto de Carlos-Enrique-La-Gambeta-Estrada. Lo de la Gambeta es, permítanme el oxímoron, un instante eterno. Porque si es verdad aquello de que toda la idea de mar cabe en una sola gota de agua, yo diría que los cien años del poderoso caben en ese momento en que la mirada de la Gambeta se pierde en un trance místico, afligida y sin sosiego como la mirada de la Virgen en la Pietà de Luis de Morales. Habría que canonizar a la Gambeta y hacer estampas con ese rostro martirizado, sólo comparable al de los grandes sufrientes de las Escrituras. Así debió mirar José a María cuando ésta le anunció, impasible, que esperaba al hijo de Dios “sin pecado concebido”. Así debió mirar Isaac a Abraham, su padre, cuando vio que lo iba a degollar “en prueba de su temor a Dios”. Busquen “El sacrificio de Isaac de Andrea del Sarto" y verán en el niño la misma mirada mansa, la misma mueca de terror y desazón de la Gambeta. Esa noche no hubo ángel que detuviera el sacrificio: lo que hubo fue un heraldo negro que anunció el gol del Júnior como otra broma absurda del Dios loco todopoderoso. 
Yo tenía nueve años cuando lo vi. Así y ahí y entonces resolví el dilema de ser o no ser hincha del Deportivo Independiente Medellín.  

PABLO CUARTAS
Imagen: Luis de Morales, Pietà, 1586  

*

Una vida tranquila

Hombre, una vida tranquila. Eso quería. Una vida tranquila y un lugar en todos los partidos que el Deportivo Independiente Medellín jugara en el Atanasio. La vida tranquila era justamente ese lugar. Esos domingos de derrotas predecibles y victorias insospechadas e intrascendentes. 
La soltería y la carrera administrativa le permitían cumplir sin afugias la víspera inagotable de la tercera estrella. La segunda, conseguida en 1957, parecía ya una enana blanca en el pecho escarlata de la camiseta. Lejanísima, fría, casi muerta, agotándose en la nostalgia que representaba. Él se había comprometido, sin embargo, a ser el mejor testigo, a vivir cada minuto hasta alcanzar otro campeonato. Podría en el futuro jurar que él estuvo, que él vivió, que él hizo parte de esa victoria que tenía que llegar, que algún día llegaría porque la justicia tarda pero triunfa. Y no había nada más justo, por personas como él, por todo eso que llaman la-hinchada-del-pueblo, que el Medellín en algún torneo, en algún momento exacto del vasto tiempo quedara campeón.
Corría el año 93 y él llevaba más de quince en esa espera sin esperanza. Hombre, más de quince años sin faltarle a esa vida tranquila, a esa derrota renovada cada ocho días. Ese mismo año casi agradeció que un gol postrero del Nene Mackenzie en Barranquilla le ahorrara la poderosa dosis de intranquilidad que tiene el éxito. Al mismo tiempo, no obstante, maldijo su suerte.  
Acomodado en su lugar de la tribuna oriental pasaron otros nueve años sin sobresaltos. Hombre, apenas se entrevía el milagro llegaba la resignada paz de la eliminación. En su vida, en cambio, se sucedían algunos acontecimientos, que él veía como la progresión de un movimiento comenzado hace mucho: sentar cabeza. Comenzando el milenio se había casado y Marina, su mujer, había tenido a su primer hijo en el 2002. Hombre, vivía la vida de un cuarentón apacible que sólo se permite la inocente excentricidad de ir al estadio una vez por semana.
Al final de ese año parecía que sí, que ese año sí iba a ser. Sería con todo el sufrimiento, con toda la angustia, pero sería. En el último partido de la semifinal Medellín jugaba de visitante contra el Tolima y, si quería llegar a la final, tenía que ganar. Y ganó. Ganó en el Manuel Murillo Toro tres a uno. Cuánta alegría en ese segundo gol de Mao Molina que aseguraba el triunfo y cuánta desazón por el gol César Rivas, del Tolima, que ponía todo en vilo. Hombre, y un dolor en el pecho. Dolor físico. Frío en las entrañas. Mareo. Casi un desmayo que preocupó a Marina y que no le permitió enterarse del gol de Vásquez Chacón que ponía al Medallo en la final contra el Pasto.
Llegó entonces la prohibición, la amenaza infame de la salud, un corazón que por culpa del DIM parecía fallarle, el chantaje legítimo de tener que cuidar de su hijo tanto como pudiera, la conciencia que en boca de Marina le decía que no se podía dejar morir por un equipo que, encima, iba a quedar campeón, y que la semana entrante, sin remilgos, irían al cardiólogo. Lo obligaron a no ir a la primera parte de la final, en Medellín. Y aun cuando el partido se ganó fácil por dos a cero, supo que había hecho bien al no ir. Se le escurría el alma, se le desleía el corazón en frente del televisor cada que Pasto tenía el balón. Temía por su vida. Y él, por ver al Medallo campeón, y por amor a su familia, no quería morirse.
En el partido de ida, el domingo 22 de diciembre, fue él mismo quien tomó medidas drásticas. Vistió a su bebe con el uniforme del Medellín, le dio un tetero a medio día y con sus brazos temblorosos de expectativa intentó dormirlo hasta que llegó Marina pidiéndole que se durmiera él, que se acostara hasta que se terminara el partido. Fue entonces cuando él le pidió que no prendiera ni el radio ni el televisor, mejor, que desconectara todo, que le diera pastillas para dormir, que le encontrara algo para no escuchar nada durante las próximas tres horas. Se fue hasta la habitación, se tomó dos Zolpidem, se acostó, se puso una almohada sobre la cabeza y le suplicó a Dios que el Medellín quedara campeón y que lo durmiera. Dios le obedeció. Dios lo tuvo dormido en el momento exacto del vasto tiempo en el que, con un gol de Mao Molina, el Deportivo Independiente Medellín quedó campeón después de cuarenta y cinco años de agonía.     
Al despertarse escuchó que los voladores reventaban el aire. No quiso especular acerca de la motivación de tanto estruendo. Bien podía tratarse del lamento fúnebre de la hinchada o de la algarabía jubilosa del triunfo. Se levantó, y al levantarse se supo viejo y ridículo. Caminó hasta la puerta. La abrió. Los ojos de Marina lo esperaban justo en frente, ansiosos en su brillar de proeza alcanzada. Ella dijo sí y él lloró. Lloró como una Magdalena, como una niña malcriada. Había sido. Había sido y él, por amor y por miedo, por güevón, se lo había perdido. Pero igual era. Abrazó a Marina y ella sintió que nunca la habían querido tanto. Ambos se rieron. Se rieron como se ríen los que son, al mismo tiempo, bellos e inocentes. Como los que pueden permitirse el lujo de vivir tranquilos.
Fueron hasta la alcoba donde dormía el niño. Él lo despertó diciéndole que habían ganado, que a esa camiseta había que ponerle otra estrella y que apenas pudiera lo iba a llevar al Atanasio, para que empezara a sufrir y supiera que la tranquilidad es la hermana irresponsable de la angustia. Que el DIM no era un equipo de fútbol sino un infarto. Hombre, y que todo valdría la pena.

ESTEBAN GIRALDO

martes, 14 de mayo de 2013

Opiniones de un poeta


Hombre William:

Yo sí no me voy a poner a darte cursillos de orientación ideológica porque ni yo soy Vallejo ni vos sos García Márquez. Vos que sos tan amigo de los dos sabés de qué te estoy hablando. Y debés recordar que en ese cursillo se habla de un dictador tropical, “y de todos los lambeculos aduladores suyos como vos”. Pero ese vos no sos vos, no te preocupés.

Ese “vos” es Gabito, y el dictador adulado es Fidel Castro, a quien vos también admirás mucho, según le dijiste a Cecilia Orozco. Le dijiste además que fue el bloqueo económico el que no dejó florecer el proyecto generoso de Castro. Yo de vos agregaría que tampoco floreció por culpa de los apátridas que se fueron de la Isla, esos que el comandante generoso bautizó, en nombre del Pueblo, cuando el Mariel, “la escoria”. Pero no naveguemos por esas aguas turbulentas y hablemos solamente de Venezuela y del comandante Chávez. No revolvamos dos revoluciones distintas. Triunfales ambas, eso sí, y aclamadas por todo el pueblo latinoamericano que se resiste a la opresión del imperialismo y sus aliados locales. Mejor que hablen de Cuba los que la conocen por dentro, los que hayan vivido con veinte dólares al mes, sin comida suficiente, sin libros (como no sean los autorizados por el régimen), sin derecho a la asociación libre, sin acceso a la información (como no sea la del Granma), con todas las libertades coartadas, en la delación, en la represión, en la pobreza, en el miedo, sin poder salir, sin poder disentir, sin poder ser homosexual ni anticastrista ni nada porque el único poder legal es el de la Seguridad del Estado. ¿Te imaginás vos sin poder leer a Whitman en inglés? ¿O sin poder entrar y salir, sin poder opinar a favor de la democracia? ¿O sin poder, a secas? ¿Qué sería de vos, William, si se te negaran esos y otros gustos que tenés? Pero no sigo porque sé que esa es la Cuba que vos conocés y admirás, la Cuba profunda, la de la Revolución, no la de los hoteles y los restaurantes y la Bodeguita del medio. Eso no lo dudo.

Se murió pues el comandante Chávez y vos no ahorraste elogios para el último adiós. Me parece muy bien. Porque yo sí te digo una cosa, William: que cada quien haga sus duelos como quiera. Por mí, que todo el mundo exprese su admiración libremente por el que le dé la gana. Yo desde que leí tu franja amarilla aprendí a valorar el disenso y la pluralidad de opiniones en una democracia. Por eso acepto que vos, al golpista, lo tratés de “demócrata”; al demagogo y populista, de “gran hombre”. Además vos sos poeta y te podés dar licencias poéticas.  

Otro que se toma licencias -más de las que da la democracia pero menos de las que necesita la Revolución- es el sucesor de tu comandante: Maduro, el chambón. Tomándose todas las licencias llegó al poder, o siguió en el poder, al que tu demócrata y gran hombre se atornilló durante catorce largos años. Volvió pues a ganar tu revolución bolivariana, y con qué claridad, con qué holgura, con qué talante democrático. No ganó porque haya cometido fraudes o porque haya saboteado a la oposición, esas son calumnias de los escuálidos. Ganó porque en Venezuela la Revolución es una fuerza aplastante.

¿Y de este revolucionario también vas a decir que es un gran hombre? No te apurés, William, esperá un poquito. No dejés que se te suelte la mano y le empecés a poner tus adjetivos grandilocuentes. Esperemos a ver qué pasa con el ungido, qué hace con el legado del comandante, con la Revolución y con el petróleo. Mientras tanto podrías escribirte unas buenas columnas contra la necia oposición venezolana, contra su quejadera injustificada, contra esa gente que no tiene, como vos, el sentido de las proporciones históricas: se les hace una Revolución y siguen preocupados dizque por el desabastecimiento general. ¡Que no jodan! Escribite dos o tres columnitas de largo aliento, como te gustan a vos, bien engoladas, para que entiendan allá cómo son las cosas en la Revolución bolivariana. Ilustralos.

Hombre William, sin darme cuenta me fui por las ramas. Yo te quería hablar era de poesía y de esas frases tuyas tan conmovedoras. Por ejemplo: “Chávez entrará a la mitología de los altares callejeros”. ¡Uy, William! Por poco y te salen dos endecasílabos perfectos. Le ponés otro adjetivo de los tuyos y listo, te queda una loa, una oda, una apología, un cántico. O esta otra, síntesis admirable de la Revolución: “Venezuela es el único país de América Latina en donde los pobres están contentos y los ricos están molestos”. Esta sí te salió perfecta, con ritmo, rima y sentido. El problema, William, es justamente ese: que tu revolución bolivariana está dejando a todos los venezolanos contentos.

PABLO CUARTAS

jueves, 31 de enero de 2013

Qué tal si viajaran turistas


from: Pablo Cuartas
to: Esteban Giraldo Gonzalez
date: Wed, Jan 30, 2013 at 3:00 PM
subject: Balazos a la línea k

Señor:

El Colombiano se supera: siempre puede ser peor. Pero es que esto sí ya es de antología: “Basta pensar en lo demencial del ataque: convertir en blanco una cabina que transporta civiles desprevenidos que regresan o salen de sus casas a sus actividades cotidianas. ¿Qué tal si viajaran turistas en el aparato?”

Y sí, ¿qué tal? Afortunadamente no iban turistas, iban apenas unos “habitantes del sector”. Menos mal...

Yo pensé durante mucho tiempo que se hacían los bobos por conveniencia: ahora pienso que son bobos de verdad. Donde antes veía cinismo, ahora sólo veo simple y llana estupidez.

Yo sé que El Colombiano no se merece nada, Esteban, que eso es una sinvergüenzada. Pero decime qué pensás de esta perla.

Saludos,

Pablo


*


from: Esteban Giraldo Gonzalez
to: Pablo Cuartas
date: Wed, Jan 30, 2013 at 9:29 PM
subject: Re: Balazos a la línea k


Cuartas,

Al cabo de los años hay cosas de las que me doy cuenta y me parecen inconcebibles. Inconcebibles por tiernas y por equivocadas. En mi familia no decimos periódico o diario, para referirnos a un diario o a un periódico decimos El Colombiano (como antes nuestros abuelos, para decir traje o vestido de hombre, decían Everfit). Recuerdo cosas tan simpáticas como a mi papá pidiéndonos que lo dejáramos leer El Colombiano, cuando en realidad estaba leyendo El Tiempo (o me imagino a mi abuela remendando el Everfit que había confeccionado un sastre en el parque de Bello). A fuerza de metonimias los antioqueños reducimos el mundo. El orgullo por lo propio ha hecho que hasta las palabras nos mantengan encerrados en el bendito Valle de Aburrá.        

La pifia de El Colombiano, si se lee con algo de grandilocuencia, no demuestra únicamente la falta de integridad de un medio, sino una característica propia de El Medellinense, del paisa. El mismo orgullo que nos lleva a nombrar el género –los diarios, los vestidos– con la especie que es nuestra –El Colombiano, Everfit–, nos lleva a estar más preocupados por lo que se dice de lo que nos pasa y no por lo que efectivamente pasa. “¿Qué tal si viajaran turistas en el aparato?”, no sólo indica que para quien eso escribe es más valiosa la vida de un extranjero que la de un criollo –lo que ya es despreciar a la vida, a la humanidad en general– sino que está más preocupado por lo que podrían decir esos extranjeros que por el hecho mismo. Bien vista, esa necesidad de mantener una buena imagen no es más que la evidencia palmaria de nuestra pequeñez.

Y me temo mucho que el editorialista de El Colombiano al escribir “turistas” no haya estado pensando en gente de Currumaní, Cesar, o en unos mochileros llegados de Acachilo, pueblo perdido en la provincia de Chuquisaca, Bolivia. Seguramente tenía en mente al estereotipo del gringo o del europeo que se hospeda en “la milla de oro”. O, cuando mucho, a orientales o argentinos de paso, disparando sus Nikon a diestra y siniestra mientras no saben qué hacer con sus chaquetas de North Face en la “eterna primavera”. Así, no solo estaba discriminando hacia adentro sino que, para colmo de la vergüenza, era selectivamente xenofóbico. Parece desvivirse por la opinión de aquellos a quien rinde pleitesía al tiempo que desprecia lo que piensen aquellos a los que sin ningún derecho y sin ningún argumento considera inferiores.

Pablo, y lo peor es que este descache de El Colombiano es casi una anécdota baladí al lado de lo que, por ejemplo, no se cansa de hacer el alcalde de Medellín. No me voy a poner yo a contarte lo que ya sabrás. Copio apenas una parte de la columna que publicó en Semana Juan Diego Restrepo, un periodista que es, además de serio, valiente:

Hace unos días, durante una intervención ante el Congreso estadounidense, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, hizo una alusión a Medellín, afirmando que la ciudad “logró la transformación”, en un intento por mostrarle un ejemplo de desarrollo urbano a los árabes, a quienes les dijo que “deberían aprender” de lo vivido en la capital antioqueña. 

Las afirmaciones de Clinton coincidieron con un homicidio en las calles de la ciudad de un conductor de taxi y de denuncias sobre los cobros extorsivos a los propietarios y conductores de vehículos de servicio público de pasajeros. De inmediato, los periodistas quisieron conocer la opinión del alcalde Aníbal Gaviria Correa sobre la situación de los taxistas y orgulloso por lo que había dicho horas antes la Secretaria de Estado norteamericana sobre la ciudad respondió así a una comunicadora: “Pareciera que usted no ha escuchado las palabras de la señora Hillary Clinton”, y evadió la pregunta. 

Ambas cosas, el editorial y la respuesta del alcalde, son botones del mismo disfraz. (Y podría agregar otro, reciente. ¿Te acordás de la indignación que sintieron los buenos paisas cuando un policía dijo que Bogotá se estaba “medellinizando”?)   

Antes de terminar debo decir que escribo esto con la nostalgia del apóstata, la soberbia del que ya no tiene nada que cuidar y la candidez del que descubre que el mundo es redondo, como-una-naranja. En fin, con la certeza de lo peligrosa que puede ser una ternura equivocada.

Un abrazo,

Esteban

Pd. Cuando estaba leyendo completo el texto del que sacaste la cita que motiva esta cantaleta, me pillé otra perla. Decía que según no sé qué medición de no sé qué empresa El Colombiano era el diario con la línea editorial más imparcial. Te pregunto –y me pregunto– si ese no es el peor de los halagos para una “línea editorial”. Un editorial, en tanto que la opinión del medio, debe tomar partido, debe ser parcializado. Una opinión imparcial es o un oxímoron o una rastrera pusilanimidad. ¿No?


*


from: Pablo Cuartas
to: Esteban Giraldo Gonzalez
date: Thu, Jan 31, 2013 at 6:02 AM
subject: Re: Balazos a la línea k


Esteban:

Anoche antes de dormir, por capricho, releí las últimas páginas de El fuego secreto: un incendio de proporciones que arrasa con Junín y sus alrededores. Y te vas a reír y no me vas a creer que soñé lo mismo: que las llamas devoraban ya no Junín, que sería una lástima, sino el periódico de los antioqueños. Medio recuerdo una frase que oí en la confusión de gritos y sirenas. Era un bombero angustiado que decía: “como hay mucho papel, es más difícil de apagar”.

Ahora me despierto y veo tu respuesta y no sé muy bien qué agregar.

O sí: que no es Bogotá, es Medellín la que se está medellinizando.

Un abrazo,

Pablo

PD: Julio Ramón Ribeyro en Prosas apátridas: “Lo que pierde a los hombres no es tanto sus grandes vicios como sus pequeños defectos. Se puede convivir muy bien con la pereza, la prodigalidad, el tabaco o la lujuria, pero en cambio qué dañinos son las negligencias o los ínfimos descuidos”. Cuánta negligencia, cuánto descuido en El Colombiano...


***


IMAGEN: http://www.flickr.com/photos/rafaeldelosandes/

miércoles, 23 de enero de 2013

El salto



El Hombre está sentado en la cápsula, contemplando la redondez de la Tierra. Por la puerta ve la gran noche universal como un telón cerrado, y la luz de la Tierra que da la vuelta en el horizonte. Y digo bien el Hombre, con mayúscula, porque este hombre es todos los hombres, porque es la humanidad entera la que está cumpliendo un sueño: tener el mundo, la esfera completa, al alcance de la vista. Es el sueño que pintó Vermeer, el del geógrafo tocando la pelota terrestre. Es el sueño del niño que juega con el globo terráqueo, la bola que gira y gira terca sobre su eje. Es, mejor, la mezcla de dos obsesiones que acompañan desde siempre a la humanidad: saber y jugar.

Hijo del saber y del juego, el salto será arduo como una empresa militar y efímero como los rayos. Al volver a la Tierra, varios años de cálculos y averiguaciones serán una anécdota olvidada en el camino que va del techo al piso del mundo. Entonces nada habrá sido más importante que la confirmación, transmitida en tiempo real, de que el Hombre no es inferior a su imaginación, de que todo lo posible termina por volverse necesario. Una vez imaginado el salto de un hombre desde la estratosfera, el salto de un hombre desde la estratosfera se vuelve inevitable. Si el Hombre descubre que puede superar la velocidad del sonido en caída libre, algún hombre sentirá la necesidad de lanzarse en caída libre para superar la velocidad del sonido. No faltarán -no han faltado- quienes busquen y encuentren las aplicaciones del salto que está por suceder. Pero es vano buscar razones más allá de la sinrazón del juego. Pascal dijo que el Hombre sale a hacer la guerra porque es incapaz de quedarse a solas en su cuarto. Habría que preguntarse si además de esa inquietud no hay, simplemente, un acuciante deseo de jugar.

La Tierra es una curva borrosa a cuarenta kilómetros de altura. La distancia, mínima a ras de piso, parece infinita cuando se recorre hacia arriba. Cuarenta kilómetros es lo que hay entre dos pueblos vecinos, familiares, conocidos, pero cuánto nos separan de nosotros mismos cuando los transitamos en sentido vertical. Cuarenta mil metros son un palmo en la inmensidad horizontal de la Tierra, pero qué enigmático se vuelve todo cuando se recorren en elevación.  

El Hombre está parado en la puerta de la cápsula. Entre el ascenso y la caída, dos figuras míticas de envergadura, el Hombre se detiene y mira. Cinco años de estudios y experimentos, y la vida en riesgo de un hombre que vale por todos, están por confirmar que la mejor recompensa para quien sale de la Tierra es poder volver a ella. Y que el regreso es quizás lo que justifica los viajes. Una frase rompe de pronto el silencio universal: “I’m going home now”. Félix Baumgartner, Ícaro, hace el saludo militar y salta. 

PABLO CUARTAS

miércoles, 22 de agosto de 2012

Buscando los calzoncitos de Mademoiselle Toní




Preparen las músicas;
compongan los himnos,
para que celebremos el gran sacrificio,
el de los calzoncitos de Toní
Fernando González

Fui a Medellín, y me devolví para Marsella, porque se me apareció Fernando González en el Matacandelas y me dijo : «si alguna vez lector viajas a Francia, pasa por Marsella, sube a la Canebière, hacia la iglesia San Vicente de Paúl, no dejes de girar a la derecha por la calle Sénac. A pocos pasos, unos quince o veinte, encontrarás el Hotel Esfinge…». Pero no llegué a Marsella caminando, anotando lo que pensaba en el camino, haciendo el viaje que ameritaba, en forma de homenaje, el Brujo de Otraparte. No pasé noches en vela en pensiones austeras, pensando en el significado del hombre gordo antioqueño, ni tuve la certeza de que soy táctil, ni entendí en la travesía que el nombre mejor para nuestro siglo es éste: el siglo del hombre que hace fortuna. Tampoco viajé de noche, triste, atormentado por la idea de la muerte. No paré en pueblos ni reparé en cementerios desolados. Ni siquiera medité sobre el pecado, ni discurrí a caballo por caminos ni montañas, filosofando en voz alta, evocando exaltado la belleza suramericana. Ningún don Benjamín, ninguna doña Pilar. Al mar no llegué, como el maestro, tras el viaje a pie: llegué en un tren que salió de París temprano en la mañana y cuando me bajé lo vi al fondo, lejos, en el horizonte: el horizonte era su luminosa raya azul. Lo encontré calmo y sumiso ante el cerro donde se levanta la iglesia de Nuestra Señora de la Guarda, coronada por una virgen dorada que reluce de día por el sol y de noche por la luz de inmensos fanales que la alumbran para que este puerto lujurioso no olvide a su patrona. Y vine no por sentirme un filósofo aficionado, o esperando alcanzar por fin la Intimidad, ni para definir mi clima interior, sino entusiasmado por un propósito más humilde: ver para dónde se traía el maestro a ese “poderoso animal”, a esa “mujer demasiada”, a esa alsaciana “en rijo” que envileció las búsquedas místicas del filósofo, excitó la prosa del escritor y alimentó las humoradas de Monsieur González, cónsul de la Colombie. Vine buscando los calzoncitos de Mademoiselle Toní.    

Sin tiempo que perder, bajé de la estación por una calle hacia ninguna parte. Miraba la luz, la luz mediterránea, y me preguntaba cómo hizo el maestro para mantener oculto su secreto con Toní. ¡Qué luz! ¡Y qué secreto! Sentía que bajo este cielo nada se podía esconder. Pero sí se puede, sí se pudo. Me di a preguntarle a unos árabes cómo llegar al Puerto Viejo, donde me esperaban, y cuando me dijeron que bajara a la Canebière me imaginé al maestro subiendo y bajando por la misma calle, yendo y viniendo del hotel donde Toní dejó olvidados los calzoncitos. Ella tenía entonces diecinueve años, diecinueve años menos que el maestro. Había llegado como institutriz de sus hijos, llevaba meses viviendo en su casa con ellos, su esposa y su gata Salomé, y en la tórrida primavera marsellesa le había deslizado un papelito con unas siglas inequívocas: JVA, “je vous aime”. Lo demás se quedó escondido para siempre, al abrigo del sol impúdico, en el cuarto con vista al jardín del Hotel Esfinge.

Les ahorro la descripción del Puerto Viejo. Y la del barrio contiguo de callejuelas misteriosas. Les aclaro solamente que lo de “viejo” es un decir. Viejo será el lugar, el espacio, la entrada de mar. Porque el puerto que vio el maestro, del que debió zarpar hacia Colombia, desapareció por los años cuarenta: lo volaron con dinamita los alemanes. De Italia lo habían sacado los esbirros de Mussolini, pero cuando llegaron los de Hitler a Marsella, arrasando con todo, el maestro ya se había embarcado para Barcelona. Se fue definitivamente en 1934, dejando virgen a Toní y a Francia acechada por los nazis. Recuerdo que era sábado cuando llegué al Puerto Viejo, a lo que queda. Era el mediodía y le puedo jurar, señor lector, que al acercarme vi lo que paso a enumerar: “restaurantes afamados por La Boullabaise, cafés y comercios populosos donde se comen todos los mariscos, desde pulpos hasta caracoles. Exhibidas sobre tendidos de verdes algas, las ilustres ostras portuguesas, osos, almejas, babosas… Viejas gordas y habladoras abren las conchas con pedazos de cuchillos; mozas de carnes abundantes sirven los platos con olor a esencia marina”. En medio del calor y la algarabía de los vendedores me alcanzaron a decir cómo llegar al 70 de la rue Sainte, la calle santa donde me seguían esperando. 

Dejé mi maleta y salimos. Pero qué, cuál maleta. Eso suena como a gran cosa y no, lo mío es andar ligero de equipaje. Dejé lo poquísimo que llevaba, cogí El remordimiento y volvimos al Puerto buscando la Canebière que ahí termina. Íbamos como remontando un río desde su desembocadura, siguiendo las indicaciones del maestro, reviviendo los afanes que debía de sentir por el camino. Así, como peregrinos por la Canebière, atravesamos calles afluentes sin desviarnos un palmo de su cauce, el que conduce a la calle Sénac, la del Hotel Esfinge, el de los calzoncitos de Toní. Atrás quedaron la calle Beauvau y la plaza del General de Gaulle. Atrás el Museo de la Marina y la rue Albert 1er. Atrás incluso la calle Paraíso, que tan importante fue para el maestro, pues ahí está la iglesia de San José, el esposo beato de María, la del papelito de Toní: “Vengo a ofrecerte este papelito… a cambio de esto Señor, dame conocimiento”. Cuando leímos la inscripción en lo alto de la fachada, entendimos que no había mejor lugar en el mundo para venir a ofrecer ese sacrificio: In honorem Sancti Joseph sponsi beatae Mariae Virginis (En honor a San José, esposo de la Santa Virgen María). En pleno atrio, y a propósito de sacrificios, nos acordamos de Fernando Vallejo cuando dice: “Es mi opinión que los santos se hacen santos a fuerza de remordimiento”. ¡Claro! Esa es la mía también. Y para remordimientos el de don Fernando González: “En Envigado tengo un remordimiento de no haberme acostado con Toní, que me está matando”. Se lo propongo entonces a su tocayo para el santoral, ahora que le dio la canonizadera.

Seguimos anhelantes, a contracorriente de la Canebière. El sol buscaba hundirse por detrás del Castillo de If al atardecer, y Marsella parecía a esa hora una inmensa ruina devorada por los años y el salitre. En los puertos todo huele a mar aunque el mar esté lejos. Allá estaba la casa del maestro, frente al mar, al otro lado de la ciudad, junto al parque Borely, a orillas del río Huveaune. Era la amplia casa de dos pisos en que Toní perturbaba al maestro bajando las escalas de tres en tres. Era la sede consular en cuyos jardines acontecieron los agitados calores de la gata Salomé, sus escarceos con el gato Rousseau, tan parecidos a los de don Fernando con Toní. Era la casa en que el cónsul entraba a hurtadillas al cuarto de la institutriz, olía sus ropitas y se medía en su cama “para ver como quedaba uno allí”. En esa casa, cierta Nochebuena, Toní pidió con fervor “un marido como Monsieur González”. Cuando no estaba escribiendo o rezando en esa casa, el maestro erraba por Marsella atisbando, meditando, estando ocioso, pero también huyendo de la tentación. Claro que también huía de la casa para reencontrar la tentación lejos, donde fuera menos imposible, en aquellas citas del Hotel Esfinge en que Toní decía “mil veces no” pero entraba “como los alemanes a Bélgica”.

Entonces llegamos a la calle Sénac. Seguimos de largo la primera vez porque nos confundió el nombre: se llama “rue Sénac de Meilhan”, y hace honor a un político dizque adepto de Voltaire. Volvimos a la esquina y empezamos a contar los quince o veinte pasos que decía el maestro. Estrecha, aunque no tanto como las aledañas al puerto, la Sénac es una calle de putas viejas y ariscas que se las saben todas. Se pasan las eternas tardes del mediterráneo sentadas en los quicios de las ventanas, fumando y esperando, hablando a los gritos con otras asomadas en los balcones. Los edificios están corroídos por el viento de mar y en los marcos de las ventanas altas hay ropa, toallas, sábanas colgadas. En todas, menos en la del Hotel Esfinge.

Como mirábamos y mirábamos desde afuera, salió un señor discreto y nos invitó a entrar. Medio le contamos la historia de un escritor colombiano que se venía para acá con una muchacha a darle muchos consejos espirituales.  “Ya no se llama Esfinge pero este es”. Nos invitó al jardín a tomar café y se puso a contarnos lo del cambio de nombre. Que era un hotel muy viejo, que era el mejor que quedaba en la calle Sénac y que en este momento, sin embargo, estaba completamente vacío. También dijo que los cuartos habían sufrido ciertos cambios. “¿Cuáles?”, le pregunté, y nos dijo que si queríamos ver alguno. “Sí, el del primer piso con vista al jardín”. “Vengan conmigo”.

Dejamos el café servido y subimos palpitantes por una escalera de madera crujiente. El calor seguía poderoso en ese punto de la tarde. Nos mirábamos risueños tras el hombre discreto como diciéndonos: “en el cuarto te voy a decir un secreto”. Se abrió la puerta y lo vimos por fin: la ventana, la cama, la chimenea, el baño diminuto. Abrimos la ventana y entró una bocanada fresca. Vimos las tasas a medias en la mesita del jardín, los solares casi tropicales de las casas vecinas, la fuente con la esfinge de león que desde los tiempos del maestro adorna el patio del hotel. En esas estábamos cuando el señor discreto nos dijo: “Búsquenme abajo si necesitan algo”. Y salió.

Solos en el cuarto, en el hotel, en Marsella, nos pusimos a recordar los jaleos del maestro con Toní. El calor se volvió más abrasivo. Empecé con la blusa, azul y humedecida, que le quité por el cuello de un solo jalón. Seguí con el brasier ligero que cedió al primer intento, se cayó solo y me mostró la doble misericordia de Dios. Después llegué a la falda, ya sin nada qué perder, y cuando también se vino abajo, entre un espasmo y otro, empezamos a darnos muchos y muy preciosos consejos espirituales. Fueron consejos rítmicos, cadenciosos, firmes pero suaves, impetuosos y delicados. Y nos olimos, nos olimos mucho porque amar es oler: olemos todo lo que amamos. Me dijo mil veces que no lo hiciera y mil veces me incitó a seguir haciéndolo. Que entonces en la cama no, que sería imposible rehacerla igual, que mejor en el piso. Pues al piso fuimos a dar. Las tablas crujían al ritmo de los consejos como la escalera al de los pasos. Sabíamos que desde abajo se escuchaba el ruido de la visita, y sin embargo nadie subió en esos minutos que parecieron horas. Al final escuché otra vez aquello de “dónde están mis calzoncitos” (où sont mes petites culottes) y agitados todavía por lo vívido del recuerdo, bajamos donde el señor discreto acomodándonos la ropa como pudimos. Nos despedimos de él agradecidos y salimos a desandar el camino en el lento crepúsculo marsellés.

Maestro: entre las tantas cosas que se han hecho con usted, que va de boca en boca de expresidentes, rectores, muchachas, profesores, actores y poetas, han intentado hasta robarse su cadáver. ¿Se imagina? ¡Unos marihuaneros de Envigado lo querían exhumar! Menos mal que la traba apenas les dio para sacar el cráneo, y que entre los aprendices de sepulturero había un pariente suyo que se lo devolvió a la familia. Cuentan que lo pusieron de adorno encima de un armario, como si fuera un santo de yeso. Veinte años antes, Jean-Paul Sartre, otro canonizador (el que canonizó a Jean Genet), había propuesto su nombre para el Nobel, pero los políticos colombianos se opusieron a la postulación y la truncaron. Otros dicen que usted “usó para pensarnos el dialecto que hablamos”, que era “un alpargatado filósofo viajero”, “un escritor imprescindible”, “un hombre implícito”, un “místico”. Como ve, dicen y hacen muchas cosas que usted a lo mejor no pidió. Pero que yo sepa nadie, nadie se había tomado el trabajo de cumplir este deseo tan sencillo: “Si fuere por allá el lector, pregunte si encontraron les culottes de Mademoiselle (los calzoncitos de la señorita) que se nos quedaron olvidados sobre la chimenea”. Pues sepa maestro que por allí estuve, y que en lugar de ponerme a preguntar los busqué yo mismo. Y le quiero decir que los calzoncitos sí estaban encima de la chimenea, donde los dejaron olvidados por salir de afán. Aquí los tengo. Cuando vuelva a Otraparte se los entrego. 

PABLO CUARTAS
Fotografía: Ana Salas

Este texto apareció en Universo Centro No. 36, julio de 2012. Atunes lo publica con autorización del autor. 

martes, 3 de julio de 2012

Todos los hombres



La ambición, la grandeza de su ambición, es el signo distintivo en la pintura de Luis Caballero. Esa ambición ya casi proverbial de «rivalizar con Dios», propia solamente de los verdaderos creadores, que vemos expresada en sus diversos cuadros sin título. Así lo escribió su hermano Antonio en La soledad de Luis Caballero: «la ambición desmesurada, descomunal, que hay, o debe haber, en el origen de la gran obra de arte». Así lo dijo el propio artista, en su taller de París, cuando le respondió a Ramiro Ramírez la pregunta infaltable sobre «el erotismo como tema de su pintura»: «No me interesa hacer un cuadro, lo que quiero es hacer gente. Hacer esa persona que quisiera tener y que no tengo». Una ambición total, comparable a la del Génesis, que sólo encontró su límite en la muerte.

Luis Caballero sabía el tamaño de su ambición: «con un cuerpo y nada más se puede expresar todo y decir todo». Su pintura se propone entonces desmentir el aserto de Spinoza: «Nadie sabe lo que puede un cuerpo». La crítica le concede el mérito de renovar nuestra mirada sobre el erotismo y la sensualidad, la violencia, el placer y el dolor: para algunos pinta «cuerpos que se deshacen en el éxtasis cuando la vida es tan fuerte que se acerca a la muerte». A otros les hace descubrir lo místico en lo pagano: «Dios es el Hombre, dice la pintura de Caballero; y el erotismo es su religión». Hay quienes ven en el pintor a un católico sin cristianismo, pues se trata al fin y al cabo de «una relectura de la pintura sacra». Su obra ha sido leída también como un «largo peregrinaje del deseo», sobre todo en lo que éste tiene de brutal y desgarrador, de intensamente humano. Se dice, a propósito de su técnica, que «la tensión de los cuerpos de Caballero pasa del dibujo a la pintura». Y vuelven las preguntas de siempre: «¿Esos jóvenes están vencidos por la muerte o por el placer? ¿Es la lucha? ¿Es el don?». La búsqueda incesante del artista («yo pinto siempre el mismo cuadro», afirmó alguna vez) se replica en todo aquél que intente aportar una visión sobre ella. Por eso los comentarios sobre la obra de Caballero, incluidos los suyos propios, son como los cuadros que describen: la repetición obsesiva de un tema y la primicia de una variación que se quiere cada vez inédita. Porque el todo es multiplicidad reunida. Y la pintura que lo ambiciona, en su unidad es siempre otra y en su diversidad es siempre una.

Surgida de una obsesión sin concesiones, Caballero ambicionaba «una imagen que se imponga de un golpe y que no necesite una lectura». Pero es difícil guardar silencio ante una boca sangrante que se ofrece como último argumento. Difícil acallar la conmoción que suscitan esos cuerpos no desnudos, sino desvestidos, de cuya furia cansada no sabemos el origen ni el destino. Abandonados de sí mismos, entregados al otro en un combate impreciso, esos cuerpos claman algo parecido al júbilo y al lamento. Lo mismo las manos y los sexos y los ojos suplicantes y repulsivos a la vez, bélicos y vencidos, amos y esclavos del placer o del dolor. Difícil, muy difícil no aventurar una lectura sobre el delirio de esos cuerpos sufrientes o exhaustos, abatidos por la lucha o el orgasmo, que aparecen y reaparecen en la obra de Caballero, artista de lo viviente, pintor de animales en celo. Sin embargo, por imposible que parezca este silencio, los distintos cuadros iguales que pintó Luis Caballero no necesitan una lectura. Ni siquiera un título. Las palabras son innecesarias pero inevitables.

La búsqueda de la «imagen necesaria» que ambicionaba Caballero, así como los muchos y muy parecidos comentarios que provocó su obra, se encuentran ampliamente documentados en el volumen que le consagró la Revista Mundo: «Caballero: Peregrinaje del deseo». Cuadros de distintas épocas hablan de su compromiso con los temas fundamentales de su creación. Textos de distintas procedencias atestiguan, por otra parte, la infinidad de variaciones que su obra despertó en la crítica. Ahí está La cámara del amor, el políptico que le valió el primer premio de la Bienal de Coltejer en 1968, con aquellos personajes enlazados por fuerzas inquietantes, casi condenados a relacionarse, para demostrar que a sus veinticinco años Caballero empezó a pintar el cuadro total que lo mantuvo ocupado hasta la muerte. Y está el artículo de Juan Gustavo Cobo Borda para señalar, y la expresión es bastante justa, que en aquella época ya se percibía un clima en la pintura de Caballero. La imagen cabe como ilustración porque hay un ambiente que se impone como las estaciones: es una atmósfera, no una historia, lo que determina a estas siluetas anónimas en pugna. De ahí que no haya explicaciones sobre los motivos de sus encuentros confusos: no son escenas que retratan el sucederse de una situación sino más bien momentos sin antes ni después, instantes suficientes  para revelar una verdad enigmática: el placer y el dolor, la vida y la muerte, el infierno y el paraíso están todos en el cuerpo.

Toda la belleza, toda la sordidez y toda la obstinación de Caballero estaban previstas al comienzo de su peregrinaje. Luego de la Bienal en Medellín aparecen las obras cruciales de los años setenta y comienza a definirse el estilo, la impronta de su pintura. Sin decidirse todavía a dejar el color, el erotismo gana definitivamente su lugar de privilegio cuando la pintura de Caballero, según su propia observación, se hace más lenta: «el erotismo es lento y el sexo es rápido. Yo hacía una pintura rápida. Eso duró hasta el año 68 con el cuadro de la Bienal de Coltejer que fue una especie de resumen y apoteosis de esas formas orgánicas, directas, brutales». No es que lo orgánico, lo directo y lo brutal desaparezcan: es que, lentificados, estos elementos adquieren una dimensión erótica más contundente. Este elogio de la lentitud orienta la producción de aquellos años, que son sus primeros años en París, adonde llegó para quedarse en 1968. La lentitud convierte el impulso en estilo, y hace de la sensualidad impetuosa de los primeros cuadros una experiencia más comunicable y más universal en la obra subsiguiente.

Este período ratifica una sensibilidad que no hace concesiones. Luis Caballero no concede una lectura unívoca (parcial) del cuerpo (del todo). Su pintura es la mise en place de una divisa radical: la belleza será humana o no será. La belleza será la tensión que habita el cuerpo, porque el cuerpo es la vida asediada por la muerte. Y el erotismo será la experiencia fronteriza, límite, donde se confunden todas las posibilidades y donde se manifiesta «aquello que la vida en su paroxismo tiene de muerte, el abandono tiene de destrucción, el amor de violencia» (Conrad Detrez). Por eso los gestos y las poses de sus cuerpos pueden expresar la tortura, el éxtasis o ambas cosas a la vez. Es difícil encontrar una celebración más terca de la vida como es y un rechazo más furioso de la vida como debe ser. La mirada de Luis Caballero parece injuriar todo esteticismo, todo artificio, toda esa candidez de buen gusto que falsea al cuerpo idealizándolo. Nada de eso se puede esperar de una obra que ruge así en favor de la belleza humana: cuando el espectador cree encontrar, para aquietar su conciencia perturbada, una lectura tranquilizante de la obra, Luis Caballero plantea torsiones indecisas, difíciles de asociar a una sensación fija, que nos recuerdan que «el amor, la muerte y el cuerpo no son sino uno». Cuando surge la tentación de decir fácilmente «erotismo», el pintor destaca los juegos que el placer suele pactar con el dolor. Porque el erotismo es menos fácil que la pornografía, y puede encontrarse donde menos se lo espera. Edward Lucie-Smith hace bien en recordar que Luis Caballero coleccionaba recortes de la prensa roja colombiana, fotos de cuerpos accidentados o asesinados, y no es difícil constatar que esta afición tenía ecos latentes en su obra. Basta con repasar un cuadro de 1978, un arrume de cuerpos desnudos, hombres y hombres acumulados en desorden, tumbados de costado o bocabajo, de donde surge uno, también desnudo, moviendo los brazos para abrirse paso en el tropel. Son uno, tres, siete cuerpos extenuados, aferrados entre sí, y uno más preparando la huida de lo que pudo ser una gran orgía. O son siete cuerpos tendidos y uno en fuga, luego de un combate, cuyo origen puede ser uno de aquellos recortes de prensa que mostraban, durante toda la infancia de Caballero, los montones de cuerpos cercenados de las víctimas de la Violencia en Colombia.

Erotismo sí, pero en toda su complejidad. El uso y el abuso de este cultismo no debería empobrecer, simplificándola, una vivencia que le debe tanto a la voluntad como al instinto. Y que no se explica por el dolor, pero que tampoco se reduce a la delectación. En eso consiste el vitalismo de Luis Caballero: en negarse a excluir la parte maldita que acecha a todo lo que emprenden los hombres. Ahí reside la fuerza de su ambición: en buscar esa imagen total que sintetice la ambigüedad de las cosas humanas. «El hombre es cosa vana, variable y ondeante», escribió Montaigne, y Luis Caballero pintó la belleza atormentada de esta condición.

No creo agraviar al autor de estos desnudos si recuerdo a dos equivalentes literarios de su sensibilidad: Jean Genet y Fernando Vallejo. Qué cerca estaba Luis Caballero de Un chant d’amour y Le condamné à mort. Y qué cerca del que escribe: «Dejando su boca fui bajando por sobre rutas de sangre agolpada en el cuello, y al llegar a su pecho, triunfo de la vida desde el fondo de las edades, burla de lo mensurable, se levantaba hacia mí, hacia el cielo, el egregio dios Príapo, Señor de la Burras». Y no me parece excesivo decir de su obra lo que Albert Camus apuntó en su carnet de 1942: «Según Proust, no es que la naturaleza imite al arte. Es que el gran artista nos enseña a ver lo que su obra, de manera irremplazable, ha sabido aislar en ella. Así, todas las mujeres se convierten en las mujeres de Renoir». Porque así también, a fuerza de aislar la belleza masculina del resto del mundo, todos los hombres son los hombres de Caballero. He ahí una ambición total, comparable a la del Génesis, que es vida constante más allá de su muerte.

PABLO CUARTAS
Este texto apareció en el último número de la revista Mundo en diciembre de 2011.
Imagen: Luis Caballero. Sin título, 1985

miércoles, 11 de abril de 2012

Alegatos





From: giraldoesteban@hotmail.com
To: sanpablocuarto@gmail.com
Subject: Alegatos
Date: Sun, 8 Apr 2012 17:50:56 +0000

Pablo, 

¿Viste la pelotera que armó Abad porque dijo que no le gustaba el teatro? Que él no iba, que no lo invitaran a esa güevonada ahora que a todos nos gusta tanto el teatro. Este es el enlace:
 http://www.elespectador.com/impreso/opinion/columna-334261-contra-el-teatro
  
El alegato, la reacción más candente es la de Fabio Rubiano, que por ser tan belicosa tal vez resulte ser la mejor. Todo herido el hombre. Pille y me cuenta:
http://www.revistaarcadia.com/impresa/teatro/articulo/respuesta-fabio-rubiano-hector-abad-faciolince/27981 

Un abrazo, 

Esteban 

***

From: sanpablocuarto@gmail.com
To: giraldoesteban@hotmail.com
Subject: Alegatos
Date: Mon, 9 Apr 2012 08:53:30 +0000

Esteban,

Abad no es santo de mi devoción. Considero que es un invento de los medios; que su prosa (y no me quiero imaginar su poesía) es mediocre, insípida, sosa; que es un prêt à porter de la literatura, un escritor perfecto para nuestra precaria élite local, la que lee y admira a los columnistas de El Colombiano; que su tono de sabio antioqueño y su omnipresencia en los asuntos culturales de Medellín, no me generan la más mínima simpatía; que de El olvido que seremos, aparte del título y los tres capítulos finales, no se encuentra nada más que pueda explicar el éxito abrumador de la obra. Pero mejor no sigo. Al fin y al cabo, Abad ya es el olvido que será.

Esas impresiones me acompañaron durante la lectura de la primera columna, pues la hipotética figura del lector imparcial se me hace tan imposible como aburridora. Sin embargo, tras leerla y releerla, apenas pude entender que se trataba de una ocurrencia un poco chocarrera -como un chiste destemplado- pero nada más. Se me hizo incluso inofensiva, ingenua, casi tierna, por la debilidad pero sobre todo por el carácter personal y sólo personal de los argumentos. Apenas alcancé a ver a un señor diciendo que no le gusta el teatro y tratando de explicar por qué. Y nada más. 

El que sí logró ver mucho más fue Rubiano, quien tomó la vocería de su gremio y escribió un virulento manifiesto de defensa del teatro. Vio a un “fóbico”, a un “ignorante”, y le respondió con tono aleccionador en siete puntos, como si fuera el sermón de las siete palabras. ¡Y qué sermón! Que Homero no hizo esto sino aquello, que no confunda esto con aquello... que mire lo que hacen las compañías de Barcelona, que son un éxito y llenan teatros... que si es así entonces tampoco podrá apreciar a Lucien Freud, ni a Kurosawa... ¡Qué drama de respuesta! ¿Será por tanto cultivar el “arte dramático”? Y eso que los actores son muy capaces de reírse de sí mismos… Qué tal que no. 

Una sola pregunta importante queda de esta discusión bizantina o, mejor, de este malentendido (porque creo que se trata de eso: de una broma tomada sin humor). La pregunta es: si no es el escritor, ¿entonces quién puede expresar libremente sus opiniones personales? ¿Los políticos, ceñidos siempre a la conveniencia electoral y a lo políticamente correcto? ¿Los periodistas, incapaces de escribir un párrafo decente y pendientes siempre de lo que el dueño del periódico quiera o no quiera escuchar? Si no es la literatura ese espacio de libertad para decir “yo”, ¿entonces dónde podremos confesar sin miedo, sin culpa, sin buscar redención alguna, lo que nos disgusta del mundo? No quiero citar ejemplos desproporcionados ni comparar lo incomparable, pero traigamos, al azar, el caso de la célebre Modest proposition de Swift. Yo prefiero que se mantenga la libertad radical que el escritor detenta, única garantía de que pueda decir lo que quiera. Y asumo que esa radicalidad pueda dar lugar a desatinos humorísticos como el de Abad, pero que sin ella son imposibles aciertos irónicos como el de Swift.

Yo no sé qué es peor: si Abad, un escritor demasiado banal, o Rubiano, un actor demasiado serio. No sé si es peor el chiste o el regaño, el desatino o la altisonancia. Por lo demás, no creo que el arte necesite defensores. Defensores necesitan las ideologías y los credos, que se mantienen buscando adeptos (o sea público). ¿Será el caso de Rubiano?

Lo cierto es que la ironía, el sarcasmo, los dobles sentidos, la risa, siguen siendo recursos ajenos a nuestra sensibilidad. Socialmente, el altercadito entre Abad y Rubiano ilustra una cosa mucho más grave y más preocupante: la intolerancia, la incapacidad de los colombianos de burlarnos de nosotros mismos. Triste condición de doble vía que nos hace demasiado serios en lo superficial y demasiado superficiales en lo serio. Esta vez, por fortuna, el tema es el teatro, una cosa que -gústenos o no- le incumbe a una minoría de la población. Pero si el tema fuera la inconformidad ante la violencia del Estado, por ejemplo, ¿soportaríamos que saliera un funcionario a darle lecciones de pensamiento político al escritor? Esto ya ha sucedido, de hecho, y hemos tenido que padecer a un personaje tan atorrante como José Obdulio Gaviria tratando de convencer a todo el mundo de que lo negro es blanco, como en los emblemas orwellianos de 1984... Ahí sí: Vade Retro.

Saludos pascuales,

Pablo

PD: Hablando de alegatos, ¿viste el “editorial” de El Colombiano sobre el “reportaje” de El País? Dos perlas: “¡Claro que tenemos problemas de seguridad y que la violencia absurda sigue arrebatándonos a muchos jóvenes!” (Tono de vieja gritona). “Nos resistimos a aceptar que también se nos quiera matar la esperanza” (Tono de vieja llorona). El Colombiano no sirve ni para madurar aguacates. Leé y verás.


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From: giraldoesteban@hotmail.com
To: sanpablocuarto@gmail.com
Subject: Alegatos
Date: Tue, 10 Apr 2012 10:08:31 +0000

Cuartas,

Mirá que me jalás la lengua y no puedo parar. Ahí me salió esta cantinela, esta cantaleta que tocará pedir que publiquen en atunes. 

Ya había visto yo algunas trifulcas a propósito de un reportaje sobre Medellín, publicado por El País –de España, se entiende– el domingo pasado. Ah, ya me imaginaba yo, otra vez, la misma cantinela: un periodista europeo sorprendido por la violencia, la miseria de la vida en Medellín. Un tipo de afuera describiendo todo lo que, claro, ya sabemos los de adentro: que-no-nacimos-pa´semilla, que-pa´qué-zapatos-si-no-hay-casa, que-la-vida-es-un-ratico, y dele. Todo lo que, claro, es verdad. Ah, ya me imaginaba yo, otra vez, la misma cantinela: las voces indignadas de la gente bien de Medellín repitiendo que la cuidad ha mejorado mucho, que Medellín es la cuna del maestro Botero, que tiene la temperatura del paraíso, que se han construído unas bibliotecas muy bonitas y que, vea usted, hasta fueron visitadas por los reyes de España y que por allá en Santo Domingo Savio hay unos niños que tocan el violín que son un primor, y dele. Todo lo que, claro, es verdad.

Lo que no me imaginé es que El Colombiano saliera con un editorial que es un postre, el bizcocho de nuestro provincianismo. “¡Basta ya con Medellín!”, se llama. Y es tan bonito. Vean esta perla: “¡Claro que tenemos problemas de seguridad y que la violencia absurda sigue arrebatándonos a muchos jóvenes! Pero de ahí a decir que estamos llenos de sicarios, no es aceptable, porque, sencillamente, no es verdad.” ¿Cuántos sicarios hacen falta para decir que una ciudad está llena de sicarios? ¿Algún sociólogo puede dar alguna cifra? A mí me parece que con que haya uno pues ya hay bastantes. Y pillen esta otra lindura: “Nos han tildado muchas veces de regionalistas, pero hoy sí que queremos serlo para defender a Medellín, que es defender a Colombia”. ¿Defender a Medellín? ¿Defender a Colombia? ¿Eso por qué? ¿Para qué? Sería mejor que El Colombiano se defienda de las faltas de ortografía en sus páginas, que corregir eso es una cosa sencillita y no un imposible y un despropósito.

¿Ustedes se imaginan a El País –de España, se entiende– dedicándole un editorial entero a un periódico de Colombia porque allí se publicó un reportaje hablando de lo xenofóbicos, lo pobres, lo arribistas y lo desvergonzados que se han vuelto los madrileños? Pues no, en Madrid ni se enteran de que hay un periódico que se llama El Colombiano. Ni siquiera lo harían si ese mismo reportaje lo publica The New York Times. Menos The New York Times le respondería a El País, defendiendo a Nueva York, por un reportaje acerca de lo violenta, lo aterradora, lo inhumana que puede llegar a ser una comunidad de crackeros en Brooklyn. ¿Ustedes se imaginan al director de ese medio tan serio escribiendo: “¡Claro que tenemos problemas de seguridad y que la violencia absurda sigue arrebatándonos a muchos jóvenes! Pero de ahí a decir que estamos llenos de drogadictos, no es aceptable, porque, sencillamente, no es verdad”? Yo, la verdad, no lo puedo concebir. Peor: el tipo defendiendo el “regionalismo”. Ay.

Tan ciego en su provincianismo está el editorialista de El Colombiano, que ni siquiera se da cuenta de que el reportaje de El País –de España, se entiende–, como texto, como periodismo, como escritura, es lamentable. Por ahí sí podría meterse uno y hasta burlarse de la ingenuidad, de la inocencia beatífica del pobre corresponsal y los editores del mejor periódico español. Porque el texto no escupe mala leche, como se podría pensar, sino que resuma pura y dura candidez. ¿Acaso la labor del buen periodismo no es descubrir lo que no se sabe? ¿Quién a estas alturas se sorprende de que en Medellín vivan asesinos como los descritos en el denostado texto? “Contanos una cosa que no sepamos, que no sepa el mundo, hombre, no nos salgás con la misma cantinela”, habría que decirle al autor. O bueno, que por lo menos nos cuente eso que ya sabemos de una manera nueva. Pero no, nada de eso. Tan inteligente que se cree el reportero, iniciando con un detalle humano, y cerrando con él. Al principio un-curita-buena-papa que abraza a un sicario al que nadie ha abrazado el día de su cumpleaños. El mismo curita-buena-papa que, al final, nos entera de que un año después ese sicario fue asesinado y que nadie le hizo un funeral. Ay, qué sensibilidad, qué creatividad. Entréguenle a ese periodista el premio rey de España antes de que se abra la convocatoria, declárenlo fuera de concurso en el Pulitzer. Se le nota al “escritor” que fue buen estudiante y que se ha leído los manuales. Pero eso no es suficiente para conseguir un buen texto. Ese detalle, tan recomendado, tan de cartillla, resulta tan artificioso, literariamente hablando, que resulta risible, agota en esa chambonada la crudeza y la verdad que hay en el relato.

Herido en su amor por Medellín el editorial de El Colombiano no se dio cuenta de eso. Menos se dio cuenta de la franca idiotez con la cual se explica la degradación humana de los sicarios en la ciudad de la eterna primavera. Lean, lean bien la explicación.

“Para los jóvenes sicarios de Medellín, matar o morir no tiene ningún significado, es un hecho sin más, algo que se hace o se padece por necesidad, una función técnica y un destino obligado. ‘Es la pérdida del concepto de lo humano’, reflexiona Carlos Ángel Arboleda, de 61 años, sacerdote y profesor de doctrina social de la Iglesia de la Universidad Pontificia de Medellín. Él recuerda que en los primeros tiempos del narco, en la década de los ochenta, los asesinos a sueldo eran adultos de raíz campesina y con un pensamiento católico tradicional —básico pero sólido— que les hacía sentir de otra forma lo que hacían. ‘El primer sicario tenía una religiosidad popular muy fuerte’, explica. ‘Era consciente de que matar era pecado, pero le valía para conseguir dinero para la casa y para sacar a la mamá de la pobreza’. El padre Velásquez entiende que esa correa de transmisión de valores tradicionales se ha ido cortando por la descomposición de las familias humildes, causada en parte por la rápida incorporación de las mujeres al mercado laboral”.

Uno estaría inclinado a pensar que semejante teoría fue publicada en El Colombiano y no en El País –de España, se entiende–, que hasta donde se sabe es un periódico respetable. Pero no, ambos diarios terminaron hermanados en la ingenuidad, el catolicismo y el machismo. A mí que como lector me respeten y no me digan que los sicarios son más malos hoy porque no van a misa, y que cada vez hay más asesinos porque las mujeres ya no se quedan en la casa lavándoles los mocos y los calzoncillos a sus hijos. Que no jodan.

Y ahí no se acaba la candidez del reportaje. De mis épocas de estudiante me acuerdo de que ojo, que no hay que creerle todo a la fuente. Que la fuente en general dice lo que cree que quiere escuchar el periodista. Y este español hace gala de una credulidad sin límites. Copia todo a pie juntillas. Y peor, lo copia del trabajo que hizo Federico Ríos, el reportero colombiano al que en el texto solo le dan crédito por las fotografías. El reportero colombiano que a su vez se copió, en una de las fotografías, de la obra que hizo Juan Fernando Ospina para La virgen de los sicarios –el libro y la película–. ¿Además qué autoridad es Fernando Vallejo para respaldar la miserable opinión de un clérigo profesor de la UPB? Porque sí, Vallejo termina dándole la razón al eminente catedrático de la doctrina social de la Iglesia. “Vallejo, que atendió a este diario por teléfono, recuerda que en aquel tiempo ya estaba ‘bajando la devoción’. Unos años después, el escritor volvió a pasar por la iglesia de Sabaneta y la encontró en decadencia”. O esto es muy candoroso y muy necio, o es humor negro. Una de dos.

Insisto, es tan lamentable el texto de El País como provinciana la reacción de El Colombiano, y por lamentable no vale la pena tanta indignación. Por lo mismo paro ya, que no voy a seguir con esta cantinela a propósito de esas cantinelas que me imaginaba y de las que no quería ni saber cuando me desperté hoy.

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Como verás, yo no tengo nada en contra de las señoras de El Colombiano. Mi mamá lo lee.
Un abrazo,

Esteban