jueves, 31 de enero de 2013

Qué tal si viajaran turistas


from: Pablo Cuartas
to: Esteban Giraldo Gonzalez
date: Wed, Jan 30, 2013 at 3:00 PM
subject: Balazos a la línea k

Señor:

El Colombiano se supera: siempre puede ser peor. Pero es que esto sí ya es de antología: “Basta pensar en lo demencial del ataque: convertir en blanco una cabina que transporta civiles desprevenidos que regresan o salen de sus casas a sus actividades cotidianas. ¿Qué tal si viajaran turistas en el aparato?”

Y sí, ¿qué tal? Afortunadamente no iban turistas, iban apenas unos “habitantes del sector”. Menos mal...

Yo pensé durante mucho tiempo que se hacían los bobos por conveniencia: ahora pienso que son bobos de verdad. Donde antes veía cinismo, ahora sólo veo simple y llana estupidez.

Yo sé que El Colombiano no se merece nada, Esteban, que eso es una sinvergüenzada. Pero decime qué pensás de esta perla.

Saludos,

Pablo


*


from: Esteban Giraldo Gonzalez
to: Pablo Cuartas
date: Wed, Jan 30, 2013 at 9:29 PM
subject: Re: Balazos a la línea k


Cuartas,

Al cabo de los años hay cosas de las que me doy cuenta y me parecen inconcebibles. Inconcebibles por tiernas y por equivocadas. En mi familia no decimos periódico o diario, para referirnos a un diario o a un periódico decimos El Colombiano (como antes nuestros abuelos, para decir traje o vestido de hombre, decían Everfit). Recuerdo cosas tan simpáticas como a mi papá pidiéndonos que lo dejáramos leer El Colombiano, cuando en realidad estaba leyendo El Tiempo (o me imagino a mi abuela remendando el Everfit que había confeccionado un sastre en el parque de Bello). A fuerza de metonimias los antioqueños reducimos el mundo. El orgullo por lo propio ha hecho que hasta las palabras nos mantengan encerrados en el bendito Valle de Aburrá.        

La pifia de El Colombiano, si se lee con algo de grandilocuencia, no demuestra únicamente la falta de integridad de un medio, sino una característica propia de El Medellinense, del paisa. El mismo orgullo que nos lleva a nombrar el género –los diarios, los vestidos– con la especie que es nuestra –El Colombiano, Everfit–, nos lleva a estar más preocupados por lo que se dice de lo que nos pasa y no por lo que efectivamente pasa. “¿Qué tal si viajaran turistas en el aparato?”, no sólo indica que para quien eso escribe es más valiosa la vida de un extranjero que la de un criollo –lo que ya es despreciar a la vida, a la humanidad en general– sino que está más preocupado por lo que podrían decir esos extranjeros que por el hecho mismo. Bien vista, esa necesidad de mantener una buena imagen no es más que la evidencia palmaria de nuestra pequeñez.

Y me temo mucho que el editorialista de El Colombiano al escribir “turistas” no haya estado pensando en gente de Currumaní, Cesar, o en unos mochileros llegados de Acachilo, pueblo perdido en la provincia de Chuquisaca, Bolivia. Seguramente tenía en mente al estereotipo del gringo o del europeo que se hospeda en “la milla de oro”. O, cuando mucho, a orientales o argentinos de paso, disparando sus Nikon a diestra y siniestra mientras no saben qué hacer con sus chaquetas de North Face en la “eterna primavera”. Así, no solo estaba discriminando hacia adentro sino que, para colmo de la vergüenza, era selectivamente xenofóbico. Parece desvivirse por la opinión de aquellos a quien rinde pleitesía al tiempo que desprecia lo que piensen aquellos a los que sin ningún derecho y sin ningún argumento considera inferiores.

Pablo, y lo peor es que este descache de El Colombiano es casi una anécdota baladí al lado de lo que, por ejemplo, no se cansa de hacer el alcalde de Medellín. No me voy a poner yo a contarte lo que ya sabrás. Copio apenas una parte de la columna que publicó en Semana Juan Diego Restrepo, un periodista que es, además de serio, valiente:

Hace unos días, durante una intervención ante el Congreso estadounidense, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, hizo una alusión a Medellín, afirmando que la ciudad “logró la transformación”, en un intento por mostrarle un ejemplo de desarrollo urbano a los árabes, a quienes les dijo que “deberían aprender” de lo vivido en la capital antioqueña. 

Las afirmaciones de Clinton coincidieron con un homicidio en las calles de la ciudad de un conductor de taxi y de denuncias sobre los cobros extorsivos a los propietarios y conductores de vehículos de servicio público de pasajeros. De inmediato, los periodistas quisieron conocer la opinión del alcalde Aníbal Gaviria Correa sobre la situación de los taxistas y orgulloso por lo que había dicho horas antes la Secretaria de Estado norteamericana sobre la ciudad respondió así a una comunicadora: “Pareciera que usted no ha escuchado las palabras de la señora Hillary Clinton”, y evadió la pregunta. 

Ambas cosas, el editorial y la respuesta del alcalde, son botones del mismo disfraz. (Y podría agregar otro, reciente. ¿Te acordás de la indignación que sintieron los buenos paisas cuando un policía dijo que Bogotá se estaba “medellinizando”?)   

Antes de terminar debo decir que escribo esto con la nostalgia del apóstata, la soberbia del que ya no tiene nada que cuidar y la candidez del que descubre que el mundo es redondo, como-una-naranja. En fin, con la certeza de lo peligrosa que puede ser una ternura equivocada.

Un abrazo,

Esteban

Pd. Cuando estaba leyendo completo el texto del que sacaste la cita que motiva esta cantaleta, me pillé otra perla. Decía que según no sé qué medición de no sé qué empresa El Colombiano era el diario con la línea editorial más imparcial. Te pregunto –y me pregunto– si ese no es el peor de los halagos para una “línea editorial”. Un editorial, en tanto que la opinión del medio, debe tomar partido, debe ser parcializado. Una opinión imparcial es o un oxímoron o una rastrera pusilanimidad. ¿No?


*


from: Pablo Cuartas
to: Esteban Giraldo Gonzalez
date: Thu, Jan 31, 2013 at 6:02 AM
subject: Re: Balazos a la línea k


Esteban:

Anoche antes de dormir, por capricho, releí las últimas páginas de El fuego secreto: un incendio de proporciones que arrasa con Junín y sus alrededores. Y te vas a reír y no me vas a creer que soñé lo mismo: que las llamas devoraban ya no Junín, que sería una lástima, sino el periódico de los antioqueños. Medio recuerdo una frase que oí en la confusión de gritos y sirenas. Era un bombero angustiado que decía: “como hay mucho papel, es más difícil de apagar”.

Ahora me despierto y veo tu respuesta y no sé muy bien qué agregar.

O sí: que no es Bogotá, es Medellín la que se está medellinizando.

Un abrazo,

Pablo

PD: Julio Ramón Ribeyro en Prosas apátridas: “Lo que pierde a los hombres no es tanto sus grandes vicios como sus pequeños defectos. Se puede convivir muy bien con la pereza, la prodigalidad, el tabaco o la lujuria, pero en cambio qué dañinos son las negligencias o los ínfimos descuidos”. Cuánta negligencia, cuánto descuido en El Colombiano...


***


IMAGEN: http://www.flickr.com/photos/rafaeldelosandes/

miércoles, 23 de enero de 2013

El salto



El Hombre está sentado en la cápsula, contemplando la redondez de la Tierra. Por la puerta ve la gran noche universal como un telón cerrado, y la luz de la Tierra que da la vuelta en el horizonte. Y digo bien el Hombre, con mayúscula, porque este hombre es todos los hombres, porque es la humanidad entera la que está cumpliendo un sueño: tener el mundo, la esfera completa, al alcance de la vista. Es el sueño que pintó Vermeer, el del geógrafo tocando la pelota terrestre. Es el sueño del niño que juega con el globo terráqueo, la bola que gira y gira terca sobre su eje. Es, mejor, la mezcla de dos obsesiones que acompañan desde siempre a la humanidad: saber y jugar.

Hijo del saber y del juego, el salto será arduo como una empresa militar y efímero como los rayos. Al volver a la Tierra, varios años de cálculos y averiguaciones serán una anécdota olvidada en el camino que va del techo al piso del mundo. Entonces nada habrá sido más importante que la confirmación, transmitida en tiempo real, de que el Hombre no es inferior a su imaginación, de que todo lo posible termina por volverse necesario. Una vez imaginado el salto de un hombre desde la estratosfera, el salto de un hombre desde la estratosfera se vuelve inevitable. Si el Hombre descubre que puede superar la velocidad del sonido en caída libre, algún hombre sentirá la necesidad de lanzarse en caída libre para superar la velocidad del sonido. No faltarán -no han faltado- quienes busquen y encuentren las aplicaciones del salto que está por suceder. Pero es vano buscar razones más allá de la sinrazón del juego. Pascal dijo que el Hombre sale a hacer la guerra porque es incapaz de quedarse a solas en su cuarto. Habría que preguntarse si además de esa inquietud no hay, simplemente, un acuciante deseo de jugar.

La Tierra es una curva borrosa a cuarenta kilómetros de altura. La distancia, mínima a ras de piso, parece infinita cuando se recorre hacia arriba. Cuarenta kilómetros es lo que hay entre dos pueblos vecinos, familiares, conocidos, pero cuánto nos separan de nosotros mismos cuando los transitamos en sentido vertical. Cuarenta mil metros son un palmo en la inmensidad horizontal de la Tierra, pero qué enigmático se vuelve todo cuando se recorren en elevación.  

El Hombre está parado en la puerta de la cápsula. Entre el ascenso y la caída, dos figuras míticas de envergadura, el Hombre se detiene y mira. Cinco años de estudios y experimentos, y la vida en riesgo de un hombre que vale por todos, están por confirmar que la mejor recompensa para quien sale de la Tierra es poder volver a ella. Y que el regreso es quizás lo que justifica los viajes. Una frase rompe de pronto el silencio universal: “I’m going home now”. Félix Baumgartner, Ícaro, hace el saludo militar y salta. 

PABLO CUARTAS

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Todas las palabras llegan a la tumba



Las palabras nos llevan por muchos caminos. La señal que apunta a la entrada de todos ellos ha cumplido su función desde tiempos inmemoriales, y ellos mismos han sido tan diversos como lápidas hayan sido construidas. Los hemos visto colmados de días soleados, verdes campos o amables animales; como también de oscuras noches, miradas siniestras y temperaturas escalofriantes. Felizmente, el hombre no es feliz en lo estático del lenguaje sino en su movimiento.  El negro puede ser divino y el blanco desesperanzador, cuando la conformidad del gris resulta nauseabunda. Cada término[1] encierra un número de aliados predeterminados pero mantiene las puertas abiertas a una relación. Relación que no tiene que existir sino que le basta con ser imaginada.

Término… terminales nerviosas veo a la entrada. En los parajes de este sendero se dibujan infinitas posibilidades y hacia ellas me (¿?) deslizo eléctricamente. Creo que soy pensado por la inercia de la espontaneidad, cuyo viaje sólo encuentra intimidades desconocidas. De ellas podemos decir que nunca han hablado pero actúan con el más estruendoso histrionismo. Además, su indefinición no se debe a otro chiste fonemático sino a su naturaleza rebelde. ¿Conócete a ti mismo? Este es el verdadero chiste. Como si la Luz del camino Apolíneo no solo fuera la Verdadera sino que todos sus lugares fueran los más seguros y ciertos. Se puede adivinar el comienzo de la respuesta: Yo… ¿Cuántas personas han dicho “Yo” y han tenido la razón en ello?

Todos en la búsqueda de escuchar esa palabra que traiga noticias de lo desconocido; ese término con el que se pueda definir la llegada, la victoria sobre el terreno enemigo. Pero la palabra que llena la boca del victorioso lo momifica y lo deja a merced del abatimiento de Cronos; dejando una vez más claro que el grito de la victoria ha sido pronunciado ya como grito de guerra. La fluidez del viaje que trata de llegar a la fortaleza se perturba; la corriente se hace extremadamente viscosa, pegajosa. La energía se acaba en un discurso embalsamado, consistente en su exterior, sin vísceras al interior. Ése eres Yo.

¿Acaso éste puede esperar mejor futuro que aquel que ya se le ha dado? Se seguirán grabando piedras con el estilo más pretendidamente original, para que el mismo zombie levante su mano a través de la tierra y crea diferenciarse. La uniformidad del suelo es la llegada de la totalidad de los caminos. Todos entregados al brillo de una palabra y dominados por la ignorancia y su padecer, desembocan a la entrada del cementerio. Yo-camino-allí.

JUAN MANUEL GIRALDO


[1] (Del lat. termĭnus). m. Elemento con el que se establece una relación. m. Fil. Aquello dentro de lo cual se contiene enteramente algo, de modo que nada de ello se halle fuera.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Desconexión




Del trabajo Un león en tu panza, Gallardo desconectadísimo.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Buscando los calzoncitos de Mademoiselle Toní




Preparen las músicas;
compongan los himnos,
para que celebremos el gran sacrificio,
el de los calzoncitos de Toní
Fernando González

Fui a Medellín, y me devolví para Marsella, porque se me apareció Fernando González en el Matacandelas y me dijo : «si alguna vez lector viajas a Francia, pasa por Marsella, sube a la Canebière, hacia la iglesia San Vicente de Paúl, no dejes de girar a la derecha por la calle Sénac. A pocos pasos, unos quince o veinte, encontrarás el Hotel Esfinge…». Pero no llegué a Marsella caminando, anotando lo que pensaba en el camino, haciendo el viaje que ameritaba, en forma de homenaje, el Brujo de Otraparte. No pasé noches en vela en pensiones austeras, pensando en el significado del hombre gordo antioqueño, ni tuve la certeza de que soy táctil, ni entendí en la travesía que el nombre mejor para nuestro siglo es éste: el siglo del hombre que hace fortuna. Tampoco viajé de noche, triste, atormentado por la idea de la muerte. No paré en pueblos ni reparé en cementerios desolados. Ni siquiera medité sobre el pecado, ni discurrí a caballo por caminos ni montañas, filosofando en voz alta, evocando exaltado la belleza suramericana. Ningún don Benjamín, ninguna doña Pilar. Al mar no llegué, como el maestro, tras el viaje a pie: llegué en un tren que salió de París temprano en la mañana y cuando me bajé lo vi al fondo, lejos, en el horizonte: el horizonte era su luminosa raya azul. Lo encontré calmo y sumiso ante el cerro donde se levanta la iglesia de Nuestra Señora de la Guarda, coronada por una virgen dorada que reluce de día por el sol y de noche por la luz de inmensos fanales que la alumbran para que este puerto lujurioso no olvide a su patrona. Y vine no por sentirme un filósofo aficionado, o esperando alcanzar por fin la Intimidad, ni para definir mi clima interior, sino entusiasmado por un propósito más humilde: ver para dónde se traía el maestro a ese “poderoso animal”, a esa “mujer demasiada”, a esa alsaciana “en rijo” que envileció las búsquedas místicas del filósofo, excitó la prosa del escritor y alimentó las humoradas de Monsieur González, cónsul de la Colombie. Vine buscando los calzoncitos de Mademoiselle Toní.    

Sin tiempo que perder, bajé de la estación por una calle hacia ninguna parte. Miraba la luz, la luz mediterránea, y me preguntaba cómo hizo el maestro para mantener oculto su secreto con Toní. ¡Qué luz! ¡Y qué secreto! Sentía que bajo este cielo nada se podía esconder. Pero sí se puede, sí se pudo. Me di a preguntarle a unos árabes cómo llegar al Puerto Viejo, donde me esperaban, y cuando me dijeron que bajara a la Canebière me imaginé al maestro subiendo y bajando por la misma calle, yendo y viniendo del hotel donde Toní dejó olvidados los calzoncitos. Ella tenía entonces diecinueve años, diecinueve años menos que el maestro. Había llegado como institutriz de sus hijos, llevaba meses viviendo en su casa con ellos, su esposa y su gata Salomé, y en la tórrida primavera marsellesa le había deslizado un papelito con unas siglas inequívocas: JVA, “je vous aime”. Lo demás se quedó escondido para siempre, al abrigo del sol impúdico, en el cuarto con vista al jardín del Hotel Esfinge.

Les ahorro la descripción del Puerto Viejo. Y la del barrio contiguo de callejuelas misteriosas. Les aclaro solamente que lo de “viejo” es un decir. Viejo será el lugar, el espacio, la entrada de mar. Porque el puerto que vio el maestro, del que debió zarpar hacia Colombia, desapareció por los años cuarenta: lo volaron con dinamita los alemanes. De Italia lo habían sacado los esbirros de Mussolini, pero cuando llegaron los de Hitler a Marsella, arrasando con todo, el maestro ya se había embarcado para Barcelona. Se fue definitivamente en 1934, dejando virgen a Toní y a Francia acechada por los nazis. Recuerdo que era sábado cuando llegué al Puerto Viejo, a lo que queda. Era el mediodía y le puedo jurar, señor lector, que al acercarme vi lo que paso a enumerar: “restaurantes afamados por La Boullabaise, cafés y comercios populosos donde se comen todos los mariscos, desde pulpos hasta caracoles. Exhibidas sobre tendidos de verdes algas, las ilustres ostras portuguesas, osos, almejas, babosas… Viejas gordas y habladoras abren las conchas con pedazos de cuchillos; mozas de carnes abundantes sirven los platos con olor a esencia marina”. En medio del calor y la algarabía de los vendedores me alcanzaron a decir cómo llegar al 70 de la rue Sainte, la calle santa donde me seguían esperando. 

Dejé mi maleta y salimos. Pero qué, cuál maleta. Eso suena como a gran cosa y no, lo mío es andar ligero de equipaje. Dejé lo poquísimo que llevaba, cogí El remordimiento y volvimos al Puerto buscando la Canebière que ahí termina. Íbamos como remontando un río desde su desembocadura, siguiendo las indicaciones del maestro, reviviendo los afanes que debía de sentir por el camino. Así, como peregrinos por la Canebière, atravesamos calles afluentes sin desviarnos un palmo de su cauce, el que conduce a la calle Sénac, la del Hotel Esfinge, el de los calzoncitos de Toní. Atrás quedaron la calle Beauvau y la plaza del General de Gaulle. Atrás el Museo de la Marina y la rue Albert 1er. Atrás incluso la calle Paraíso, que tan importante fue para el maestro, pues ahí está la iglesia de San José, el esposo beato de María, la del papelito de Toní: “Vengo a ofrecerte este papelito… a cambio de esto Señor, dame conocimiento”. Cuando leímos la inscripción en lo alto de la fachada, entendimos que no había mejor lugar en el mundo para venir a ofrecer ese sacrificio: In honorem Sancti Joseph sponsi beatae Mariae Virginis (En honor a San José, esposo de la Santa Virgen María). En pleno atrio, y a propósito de sacrificios, nos acordamos de Fernando Vallejo cuando dice: “Es mi opinión que los santos se hacen santos a fuerza de remordimiento”. ¡Claro! Esa es la mía también. Y para remordimientos el de don Fernando González: “En Envigado tengo un remordimiento de no haberme acostado con Toní, que me está matando”. Se lo propongo entonces a su tocayo para el santoral, ahora que le dio la canonizadera.

Seguimos anhelantes, a contracorriente de la Canebière. El sol buscaba hundirse por detrás del Castillo de If al atardecer, y Marsella parecía a esa hora una inmensa ruina devorada por los años y el salitre. En los puertos todo huele a mar aunque el mar esté lejos. Allá estaba la casa del maestro, frente al mar, al otro lado de la ciudad, junto al parque Borely, a orillas del río Huveaune. Era la amplia casa de dos pisos en que Toní perturbaba al maestro bajando las escalas de tres en tres. Era la sede consular en cuyos jardines acontecieron los agitados calores de la gata Salomé, sus escarceos con el gato Rousseau, tan parecidos a los de don Fernando con Toní. Era la casa en que el cónsul entraba a hurtadillas al cuarto de la institutriz, olía sus ropitas y se medía en su cama “para ver como quedaba uno allí”. En esa casa, cierta Nochebuena, Toní pidió con fervor “un marido como Monsieur González”. Cuando no estaba escribiendo o rezando en esa casa, el maestro erraba por Marsella atisbando, meditando, estando ocioso, pero también huyendo de la tentación. Claro que también huía de la casa para reencontrar la tentación lejos, donde fuera menos imposible, en aquellas citas del Hotel Esfinge en que Toní decía “mil veces no” pero entraba “como los alemanes a Bélgica”.

Entonces llegamos a la calle Sénac. Seguimos de largo la primera vez porque nos confundió el nombre: se llama “rue Sénac de Meilhan”, y hace honor a un político dizque adepto de Voltaire. Volvimos a la esquina y empezamos a contar los quince o veinte pasos que decía el maestro. Estrecha, aunque no tanto como las aledañas al puerto, la Sénac es una calle de putas viejas y ariscas que se las saben todas. Se pasan las eternas tardes del mediterráneo sentadas en los quicios de las ventanas, fumando y esperando, hablando a los gritos con otras asomadas en los balcones. Los edificios están corroídos por el viento de mar y en los marcos de las ventanas altas hay ropa, toallas, sábanas colgadas. En todas, menos en la del Hotel Esfinge.

Como mirábamos y mirábamos desde afuera, salió un señor discreto y nos invitó a entrar. Medio le contamos la historia de un escritor colombiano que se venía para acá con una muchacha a darle muchos consejos espirituales.  “Ya no se llama Esfinge pero este es”. Nos invitó al jardín a tomar café y se puso a contarnos lo del cambio de nombre. Que era un hotel muy viejo, que era el mejor que quedaba en la calle Sénac y que en este momento, sin embargo, estaba completamente vacío. También dijo que los cuartos habían sufrido ciertos cambios. “¿Cuáles?”, le pregunté, y nos dijo que si queríamos ver alguno. “Sí, el del primer piso con vista al jardín”. “Vengan conmigo”.

Dejamos el café servido y subimos palpitantes por una escalera de madera crujiente. El calor seguía poderoso en ese punto de la tarde. Nos mirábamos risueños tras el hombre discreto como diciéndonos: “en el cuarto te voy a decir un secreto”. Se abrió la puerta y lo vimos por fin: la ventana, la cama, la chimenea, el baño diminuto. Abrimos la ventana y entró una bocanada fresca. Vimos las tasas a medias en la mesita del jardín, los solares casi tropicales de las casas vecinas, la fuente con la esfinge de león que desde los tiempos del maestro adorna el patio del hotel. En esas estábamos cuando el señor discreto nos dijo: “Búsquenme abajo si necesitan algo”. Y salió.

Solos en el cuarto, en el hotel, en Marsella, nos pusimos a recordar los jaleos del maestro con Toní. El calor se volvió más abrasivo. Empecé con la blusa, azul y humedecida, que le quité por el cuello de un solo jalón. Seguí con el brasier ligero que cedió al primer intento, se cayó solo y me mostró la doble misericordia de Dios. Después llegué a la falda, ya sin nada qué perder, y cuando también se vino abajo, entre un espasmo y otro, empezamos a darnos muchos y muy preciosos consejos espirituales. Fueron consejos rítmicos, cadenciosos, firmes pero suaves, impetuosos y delicados. Y nos olimos, nos olimos mucho porque amar es oler: olemos todo lo que amamos. Me dijo mil veces que no lo hiciera y mil veces me incitó a seguir haciéndolo. Que entonces en la cama no, que sería imposible rehacerla igual, que mejor en el piso. Pues al piso fuimos a dar. Las tablas crujían al ritmo de los consejos como la escalera al de los pasos. Sabíamos que desde abajo se escuchaba el ruido de la visita, y sin embargo nadie subió en esos minutos que parecieron horas. Al final escuché otra vez aquello de “dónde están mis calzoncitos” (où sont mes petites culottes) y agitados todavía por lo vívido del recuerdo, bajamos donde el señor discreto acomodándonos la ropa como pudimos. Nos despedimos de él agradecidos y salimos a desandar el camino en el lento crepúsculo marsellés.

Maestro: entre las tantas cosas que se han hecho con usted, que va de boca en boca de expresidentes, rectores, muchachas, profesores, actores y poetas, han intentado hasta robarse su cadáver. ¿Se imagina? ¡Unos marihuaneros de Envigado lo querían exhumar! Menos mal que la traba apenas les dio para sacar el cráneo, y que entre los aprendices de sepulturero había un pariente suyo que se lo devolvió a la familia. Cuentan que lo pusieron de adorno encima de un armario, como si fuera un santo de yeso. Veinte años antes, Jean-Paul Sartre, otro canonizador (el que canonizó a Jean Genet), había propuesto su nombre para el Nobel, pero los políticos colombianos se opusieron a la postulación y la truncaron. Otros dicen que usted “usó para pensarnos el dialecto que hablamos”, que era “un alpargatado filósofo viajero”, “un escritor imprescindible”, “un hombre implícito”, un “místico”. Como ve, dicen y hacen muchas cosas que usted a lo mejor no pidió. Pero que yo sepa nadie, nadie se había tomado el trabajo de cumplir este deseo tan sencillo: “Si fuere por allá el lector, pregunte si encontraron les culottes de Mademoiselle (los calzoncitos de la señorita) que se nos quedaron olvidados sobre la chimenea”. Pues sepa maestro que por allí estuve, y que en lugar de ponerme a preguntar los busqué yo mismo. Y le quiero decir que los calzoncitos sí estaban encima de la chimenea, donde los dejaron olvidados por salir de afán. Aquí los tengo. Cuando vuelva a Otraparte se los entrego. 

PABLO CUARTAS
Fotografía: Ana Salas

Este texto apareció en Universo Centro No. 36, julio de 2012. Atunes lo publica con autorización del autor. 

sábado, 28 de julio de 2012

La soberbia del que claudica




Gracias por participar, le iban a decir el presidente, los organizadores y los periodistas. Peor: ni eso le iban a decir. Su lugar fuera del podio era tan previsible que cualquier esperanza era ridículamente ilusa. Como casi todas las veces, era del montón. Y no solo eso: esta vez, otra vez, lo tenía todo en contra. En el ciclismo, en ese deporte suicida, en esa competencia más dolorosa que el boxeo, si no sos un capo siempre lo tenés todo en contra: el pelotón, la carretera, la bicileta, tu propio cuerpo. Y no solo eso: era una etapa plana, concebida para otros. Ni siquiera para otros, para otro, para Cavendish, el hijo de la casa, el futuro sir por esa medalla de oro que ya tenía su nombre y que le iban a entregar por los-méritos-de-su-infancia.

Así y todo llegó segundo Rigoberto Urán en la prueba de ruta de la olimpiada, mientras la delegación colombiana veía la derrota, esta sí inevitable, de Falla contra Federer. Urán cometió esa imprudencia: la irresponsabilidad y la injusticia que siempre hay en el milagro. Esa proeza, ese puntico en la historia de la risible historia de deporte colombiano. 

Y segundo llegó justo por eso, porque se descuidó al final, porque la cagó, porque se le salió el colombiano en los últimos metros. Porque esa victoria no era para él, porque lo tenía todo en contra –aun cuando ya lo hubiera superado–, porque de vuelta ni el presidente ni los organizadores ni los periodistas le iban a agradecer. Y siendo así las cosas, uno quisiera creer que Urán, del que ahora en más dirán “ese monstruo, ese súper humano, ese-Induraín-del-futuro”, perdió, perdió llegando de segundo, adrede, a propósito, porque-le-dio-la-gana. Ese, que era del montón, ese suicida, ese que ha soportado más muendas que un boxeador, tuvo la soberbia del que claudica para darnos una lección. 

ESTEBAN GIRALDO

martes, 3 de julio de 2012

Todos los hombres



La ambición, la grandeza de su ambición, es el signo distintivo en la pintura de Luis Caballero. Esa ambición ya casi proverbial de «rivalizar con Dios», propia solamente de los verdaderos creadores, que vemos expresada en sus diversos cuadros sin título. Así lo escribió su hermano Antonio en La soledad de Luis Caballero: «la ambición desmesurada, descomunal, que hay, o debe haber, en el origen de la gran obra de arte». Así lo dijo el propio artista, en su taller de París, cuando le respondió a Ramiro Ramírez la pregunta infaltable sobre «el erotismo como tema de su pintura»: «No me interesa hacer un cuadro, lo que quiero es hacer gente. Hacer esa persona que quisiera tener y que no tengo». Una ambición total, comparable a la del Génesis, que sólo encontró su límite en la muerte.

Luis Caballero sabía el tamaño de su ambición: «con un cuerpo y nada más se puede expresar todo y decir todo». Su pintura se propone entonces desmentir el aserto de Spinoza: «Nadie sabe lo que puede un cuerpo». La crítica le concede el mérito de renovar nuestra mirada sobre el erotismo y la sensualidad, la violencia, el placer y el dolor: para algunos pinta «cuerpos que se deshacen en el éxtasis cuando la vida es tan fuerte que se acerca a la muerte». A otros les hace descubrir lo místico en lo pagano: «Dios es el Hombre, dice la pintura de Caballero; y el erotismo es su religión». Hay quienes ven en el pintor a un católico sin cristianismo, pues se trata al fin y al cabo de «una relectura de la pintura sacra». Su obra ha sido leída también como un «largo peregrinaje del deseo», sobre todo en lo que éste tiene de brutal y desgarrador, de intensamente humano. Se dice, a propósito de su técnica, que «la tensión de los cuerpos de Caballero pasa del dibujo a la pintura». Y vuelven las preguntas de siempre: «¿Esos jóvenes están vencidos por la muerte o por el placer? ¿Es la lucha? ¿Es el don?». La búsqueda incesante del artista («yo pinto siempre el mismo cuadro», afirmó alguna vez) se replica en todo aquél que intente aportar una visión sobre ella. Por eso los comentarios sobre la obra de Caballero, incluidos los suyos propios, son como los cuadros que describen: la repetición obsesiva de un tema y la primicia de una variación que se quiere cada vez inédita. Porque el todo es multiplicidad reunida. Y la pintura que lo ambiciona, en su unidad es siempre otra y en su diversidad es siempre una.

Surgida de una obsesión sin concesiones, Caballero ambicionaba «una imagen que se imponga de un golpe y que no necesite una lectura». Pero es difícil guardar silencio ante una boca sangrante que se ofrece como último argumento. Difícil acallar la conmoción que suscitan esos cuerpos no desnudos, sino desvestidos, de cuya furia cansada no sabemos el origen ni el destino. Abandonados de sí mismos, entregados al otro en un combate impreciso, esos cuerpos claman algo parecido al júbilo y al lamento. Lo mismo las manos y los sexos y los ojos suplicantes y repulsivos a la vez, bélicos y vencidos, amos y esclavos del placer o del dolor. Difícil, muy difícil no aventurar una lectura sobre el delirio de esos cuerpos sufrientes o exhaustos, abatidos por la lucha o el orgasmo, que aparecen y reaparecen en la obra de Caballero, artista de lo viviente, pintor de animales en celo. Sin embargo, por imposible que parezca este silencio, los distintos cuadros iguales que pintó Luis Caballero no necesitan una lectura. Ni siquiera un título. Las palabras son innecesarias pero inevitables.

La búsqueda de la «imagen necesaria» que ambicionaba Caballero, así como los muchos y muy parecidos comentarios que provocó su obra, se encuentran ampliamente documentados en el volumen que le consagró la Revista Mundo: «Caballero: Peregrinaje del deseo». Cuadros de distintas épocas hablan de su compromiso con los temas fundamentales de su creación. Textos de distintas procedencias atestiguan, por otra parte, la infinidad de variaciones que su obra despertó en la crítica. Ahí está La cámara del amor, el políptico que le valió el primer premio de la Bienal de Coltejer en 1968, con aquellos personajes enlazados por fuerzas inquietantes, casi condenados a relacionarse, para demostrar que a sus veinticinco años Caballero empezó a pintar el cuadro total que lo mantuvo ocupado hasta la muerte. Y está el artículo de Juan Gustavo Cobo Borda para señalar, y la expresión es bastante justa, que en aquella época ya se percibía un clima en la pintura de Caballero. La imagen cabe como ilustración porque hay un ambiente que se impone como las estaciones: es una atmósfera, no una historia, lo que determina a estas siluetas anónimas en pugna. De ahí que no haya explicaciones sobre los motivos de sus encuentros confusos: no son escenas que retratan el sucederse de una situación sino más bien momentos sin antes ni después, instantes suficientes  para revelar una verdad enigmática: el placer y el dolor, la vida y la muerte, el infierno y el paraíso están todos en el cuerpo.

Toda la belleza, toda la sordidez y toda la obstinación de Caballero estaban previstas al comienzo de su peregrinaje. Luego de la Bienal en Medellín aparecen las obras cruciales de los años setenta y comienza a definirse el estilo, la impronta de su pintura. Sin decidirse todavía a dejar el color, el erotismo gana definitivamente su lugar de privilegio cuando la pintura de Caballero, según su propia observación, se hace más lenta: «el erotismo es lento y el sexo es rápido. Yo hacía una pintura rápida. Eso duró hasta el año 68 con el cuadro de la Bienal de Coltejer que fue una especie de resumen y apoteosis de esas formas orgánicas, directas, brutales». No es que lo orgánico, lo directo y lo brutal desaparezcan: es que, lentificados, estos elementos adquieren una dimensión erótica más contundente. Este elogio de la lentitud orienta la producción de aquellos años, que son sus primeros años en París, adonde llegó para quedarse en 1968. La lentitud convierte el impulso en estilo, y hace de la sensualidad impetuosa de los primeros cuadros una experiencia más comunicable y más universal en la obra subsiguiente.

Este período ratifica una sensibilidad que no hace concesiones. Luis Caballero no concede una lectura unívoca (parcial) del cuerpo (del todo). Su pintura es la mise en place de una divisa radical: la belleza será humana o no será. La belleza será la tensión que habita el cuerpo, porque el cuerpo es la vida asediada por la muerte. Y el erotismo será la experiencia fronteriza, límite, donde se confunden todas las posibilidades y donde se manifiesta «aquello que la vida en su paroxismo tiene de muerte, el abandono tiene de destrucción, el amor de violencia» (Conrad Detrez). Por eso los gestos y las poses de sus cuerpos pueden expresar la tortura, el éxtasis o ambas cosas a la vez. Es difícil encontrar una celebración más terca de la vida como es y un rechazo más furioso de la vida como debe ser. La mirada de Luis Caballero parece injuriar todo esteticismo, todo artificio, toda esa candidez de buen gusto que falsea al cuerpo idealizándolo. Nada de eso se puede esperar de una obra que ruge así en favor de la belleza humana: cuando el espectador cree encontrar, para aquietar su conciencia perturbada, una lectura tranquilizante de la obra, Luis Caballero plantea torsiones indecisas, difíciles de asociar a una sensación fija, que nos recuerdan que «el amor, la muerte y el cuerpo no son sino uno». Cuando surge la tentación de decir fácilmente «erotismo», el pintor destaca los juegos que el placer suele pactar con el dolor. Porque el erotismo es menos fácil que la pornografía, y puede encontrarse donde menos se lo espera. Edward Lucie-Smith hace bien en recordar que Luis Caballero coleccionaba recortes de la prensa roja colombiana, fotos de cuerpos accidentados o asesinados, y no es difícil constatar que esta afición tenía ecos latentes en su obra. Basta con repasar un cuadro de 1978, un arrume de cuerpos desnudos, hombres y hombres acumulados en desorden, tumbados de costado o bocabajo, de donde surge uno, también desnudo, moviendo los brazos para abrirse paso en el tropel. Son uno, tres, siete cuerpos extenuados, aferrados entre sí, y uno más preparando la huida de lo que pudo ser una gran orgía. O son siete cuerpos tendidos y uno en fuga, luego de un combate, cuyo origen puede ser uno de aquellos recortes de prensa que mostraban, durante toda la infancia de Caballero, los montones de cuerpos cercenados de las víctimas de la Violencia en Colombia.

Erotismo sí, pero en toda su complejidad. El uso y el abuso de este cultismo no debería empobrecer, simplificándola, una vivencia que le debe tanto a la voluntad como al instinto. Y que no se explica por el dolor, pero que tampoco se reduce a la delectación. En eso consiste el vitalismo de Luis Caballero: en negarse a excluir la parte maldita que acecha a todo lo que emprenden los hombres. Ahí reside la fuerza de su ambición: en buscar esa imagen total que sintetice la ambigüedad de las cosas humanas. «El hombre es cosa vana, variable y ondeante», escribió Montaigne, y Luis Caballero pintó la belleza atormentada de esta condición.

No creo agraviar al autor de estos desnudos si recuerdo a dos equivalentes literarios de su sensibilidad: Jean Genet y Fernando Vallejo. Qué cerca estaba Luis Caballero de Un chant d’amour y Le condamné à mort. Y qué cerca del que escribe: «Dejando su boca fui bajando por sobre rutas de sangre agolpada en el cuello, y al llegar a su pecho, triunfo de la vida desde el fondo de las edades, burla de lo mensurable, se levantaba hacia mí, hacia el cielo, el egregio dios Príapo, Señor de la Burras». Y no me parece excesivo decir de su obra lo que Albert Camus apuntó en su carnet de 1942: «Según Proust, no es que la naturaleza imite al arte. Es que el gran artista nos enseña a ver lo que su obra, de manera irremplazable, ha sabido aislar en ella. Así, todas las mujeres se convierten en las mujeres de Renoir». Porque así también, a fuerza de aislar la belleza masculina del resto del mundo, todos los hombres son los hombres de Caballero. He ahí una ambición total, comparable a la del Génesis, que es vida constante más allá de su muerte.

PABLO CUARTAS
Este texto apareció en el último número de la revista Mundo en diciembre de 2011.
Imagen: Luis Caballero. Sin título, 1985