domingo, 21 de agosto de 2011
La voz, la enfermedad
sábado, 23 de julio de 2011
Vergonzosa
jueves, 7 de julio de 2011
Es el amor puro. Rosado.

lunes, 9 de mayo de 2011
Dejarlo todo
Juan es el que va a irse; Juliana la que debe quedarse. Lo que para Juan es claro desde un comienzo a Juliana se le presenta como una novedad intempestiva. Aunque ahora reconoce que sí, que siempre lo supo, pero por qué tan pronto… Justo cuando parecía que la casa que arrendaron juntos confirmaba lo que quería con Juan, lo que ha querido desde que lo vio. Ahora a Juan esto se le presenta como una novedad intempestiva –a juzgar por la cara que pone–, aunque podría decirse que ya lo sospechaba, que lo veía venir, porque a él siempre le sucede; siempre las enamora a todas. Juliana le dice que por qué se asombra si ella siempre se lo había dicho: quería pasar con él el resto de su vida, no importa que sea en arriendo, pero juntos, pagar energía, agua, teléfono juntos, tener un hijo –nunca lo había mencionado, pero lo incluye en su discurso húmedo, de mocos y lágrimas, a ver si cala–, y hasta le dice que podían ir a esa misión juntos, que ella también puede ser buena voluntaria, útil, que puede dejarlo todo. Así como él. Juan no dice nada, no refuta lo de la misión, ni lo del hijo, no está para decir nada porque en este mismo instante hace la maleta con todo lo que no va a necesitar hasta que se vaya, pues él es el que debe irse; ella, quedarse.
domingo, 17 de abril de 2011
Las fronteras invisibles

Sólo sería una bella frase literaria si no designara el horror, la vergüenza, el matadero absurdo que es hoy Medellín. Veinte asesinados en un fin de semana y quinientos en lo que va del año, muchos de ellos por cruzar las fronteras invisibles, nos devuelven a una guerra fratricida que no por tenebrosa es menos estúpida. Definitivamente la bancarrota no respeta la historia, ni las costumbres, ni la fama, ni nada. Ya ni siquiera estamos en manos de un criminal de verdad, capaz de exigir una reforma constitucional, de truncar aspiraciones presidenciales, de construir y administrar su propia cárcel, de ofrecerse a pagar la deuda externa. Lejos está la caricatura ridícula y sangrienta del tal «microtráfico de drogas», las pírricas «guerras entre combos», las «vacunas» de los pobres a los pobres. Dizque disputas por el territorio y por las «plazas de vicio». Dizque «boleteo a los comerciantes del sector». Dizque «corredores estratégicos». ¿Cuáles territorios? ¿Barrios pobres? ¿Cuáles comerciantes? ¿Tenderos de barrios pobres? ¿Cuáles corredores estratégicos? ¿Tugurios? ¡Qué decadencia! A ver si por lo menos aprendemos a soñar en grande, a respetar la tradición…
Los administradores públicos, es decir, los administradores públicos del miedo, hacen como pueden su parte: distribuyen bien las dosis de pavor, ni mucho ni muy poco: «Son hechos de lamentar porque se perdieron vidas, veníamos de una semana con reducción de muertes que se alteró por estos casos que tuvieron mucha resonancia. Pero la disminución no se alteró y este año tenemos 38 homicidios menos, en comparación con 2010». Ay, y el pasquincito lamentable que tenemos por periódico, que se arroga ambicioso el gentilicio del país, como queriendo seguir colonizando, con sus tristes bienpensantes a sueldo, haciendo siempre como las malas sirvientas: limpiando sólo por donde pasa la patrona. Escondiendo, desviando, mintiendo, con una frivolidad que lo vuelve cómplice de la barbarie, atropellando la inteligencia de los lectores y la lengua castellana, el remedo de diario que nos cupo en suerte viene a sumarse al desastre de una ciudad que parece condenada al desbarrancadero. A él le debemos en buena parte la ignorancia generalizada, la cerrazón de espíritu y la mezquindad de oportunidades que nos obligaron a muchos a cruzar las fronteras de verdad. Los que se quedaron disputándose las migajas de una herencia criminal, ambicionando miserias, trazando y violando las fronteras invisibles, nos hicieron la vida insufrible. Y arruinaron para siempre, llenándola de contenidos siniestros, una bella frase literaria.
PABLO CUARTAS.
IMAGEN: LA MUERTE DE PABLO ESCOBAR, BOTERO.
domingo, 10 de abril de 2011
Sobre todo
El cuerpo ya no se mecía. La soga casi no soportaba el peso muerto. El rigor mortis se había convertido hace días en paisaje, fotografía.
La nota en el escritorio decía: “No se culpe a nadie. Sobre todo no se culpe a Juliana Jaramillo”.
Por supuesto, nadie conocía a Juliana Jaramillo, pero por lo menos había que buscarla.
ESTEBAN GIRALDO.
domingo, 27 de marzo de 2011
Necesaria

Los Colores de la Montaña
Carlos César Arbeláez, 2011
Esta historia no es sobre la amistad de tres niños. No es sobre un balón en un potrero minado. No trata de la muerte de un padre ni de la frustración de una profesora tan ingenua como bien intencionada. Por supuesto, todo eso está en la película, pero esta historia trata esencialmente de la debilidad, la injusta debilidad de lo humano ante la violencia. De la ceguera insufrible de la guerra.
Lejos del panfleto, se ancla en el destino de un muchacho de 9 años que aparentemente ajeno padece los rigores del conflicto colombiano. Manuel es su nombre, y suya es la perspectiva de la narración y del director. Desgarradoramente encantador –sí, lo digo así, sin pudor-, él sufrirá la caída del mundo, de-su-mundo, y tendrá el suficiente corazón para no negarnos la generosidad de una esperanza infantil, vital. Julián y Genaro “Poca Luz” lo acompañan, hasta donde les es posible, en su trayectoria de niños, construyendo una relación francamente entrañable. Sus familiares, sus vecinos y su profesora –muertos, desplazados– son un contrapunto determinante. Por ellos, quienes sufren la violencia física de los victimarios, entenderemos la vulnerabilidad de lo humano, la imposibilidad del heroísmo.
Nada de esto sería posible sin la discreción y la sensibilidad de un guionista y director que, aunque primerizo, ha demostrado solvencia ante una historia que exige respeto con sus personajes y con el público. Con Los colores de la montaña –me parece, y más allá de los premios–, ha nacido un director de verdad.
A algunos les parecerá artificiosa, manipuladora, trillada, y comenzarán a citar referentes, vacíos en el guión, defectos en las actuaciones, diálogos forzados, y parecerán complacidos por su buen gusto. Renegarán del tema y del drama –colombianísimos–. Ay, y tendrán parte de razón, pero se habrán perdido la profundidad de la primera película de Carlos César Arbeláez. Una película imperfecta –como todas– pero necesaria y bella –como muy pocas–.
ÓSCAR LACLAU