lunes, 28 de julio de 2014

El sueño de las ballenas

Puerto López, Ecuador, julio de 2013

Mientras caminaban por la playa un niño les dijo que allá, a los lejos, había un montón de ballenas. Se concentraron, cerraron un poquito los ojos —que es como uno ve mejor— y las vieron. Las ballenas no se contentaban con mostrar las jorobas por las que les pusieron el nombre —un nombre injusto, despectivo, ridículo—, sino que, además, hacían grandes fuentes de agua en cada respiración y —el colmo de la felicidad para el turista— saltaban y saltaban sobre el agua en su ballet de aletas y chapoteos colosales. 

Nada de eso pude verlo, trataba de recuperarme de un malestar denso y pegajoso, como un chicle, en el hotel. Cuando Isaya llegó me hizo el recuento pormenorizado del prodigio que me había perdido y prometimos hacer al día siguiente —no importaba cómo siguiera mi salud, que seguro iba a ir bien— el avistamiento de ballenas como debía ser: lo más cerca que pudiéramos, en lancha, con los teles de las cámaras puestos y los oídos bien atentos. Después, cuando ya habíamos puesto el mosquitero y habíamos apagado las luces, en ese momento en el que uno ya se ha deseado las buenas noches y sólo queda dormir —si uno puede, y yo casi no podía—, Isaya dijo, como preguntándose a ella misma, pero preguntándome a mí: ¿será que las ballenas duermen?

Me gano la vida trabajando en una editorial universitaria, de ciencias humanas, para más señas. No soy de esos turistas que leen el Lonely Planet dedicado al país que van a visitar, tampoco he sido fanático de los documentales de National Geographic ni recuerdo alguna tarea escolar sobre los cetáceos. Por lo tanto, debo decir que no tenía ni puñetera idea acerca del sueño de las ballenas. Me imagino que sí, ¿cómo no?, le respondí a Isaya, pero mi tono fue la pura incertidumbre. Divagamos un rato sobre el asunto, pero a cada respuesta afirmativa le correspondía una duda razonable —¿cómo hacen para no ahogarse?—, y a cada respuesta negativa le correspondía una imposibilidad física y psicológica —en caso de que pueda hablarse, en sentido estricto, de una psicología de las ballenas—. Lo cierto es que nosotros, los humanos, sí necesitábamos dormir. Y dormimos —por fortuna— hasta el día siguiente.

En la mañana, lo más cerca que podíamos, en lancha, con los teles de las cámaras puestos y los oídos bien atentos, las vimos y las escuchamos. Esta lentitud gigantesca, esta fluidez de toneladas, esta pereza deliciosa, este ritmo de dieciséis metros de largo. Este sobrecogimiento de un azul eléctrico bajo el agua salada, cruzando, rodeando la quilla de un barco que es apenas un mosquito si se les compara. Y saber que esa lentitud las trae desde el mismísimo fin del mundo hasta el ecuador. Y pensar que esa proeza la hacen por amor —copular y parir—. Y comprender que somos tan poquita cosa —como un mosquito, como un barco— si nos medimos. Ya lo sabía Michel Serres: “Aun estando embriagados por un loco amor, ¿cuántos de nuestros semejantes nadarían desde el Polo hasta aguas cálidas, como las ballenas de ambos sexos, atraídas por un medio propicio para su prole? Quisera reiterar que, tal como dicen otros, en el amor nos conducimos como animales, pero si es así, nos veo tímidos y pacatos, prudentes, rígidos, prosaicos y grises, privados del heroísmo que manda el instinto”.

El sueño de las ballenas es ese: estar en esas aguas. Eso es lo que me hubiera gustado responderle a Isaya, aun cuando eso no contestara su pregunta. Además, ahora sé que sí, que sí duermen —duermen nadando, seminconscientes, cerca de la superficie, emergiendo cada que necesitan aire—. Y digo que, justo por ese sueño heroíco, y a pesar de nuestra novelería turística, las ballenas merecen que las dejen en paz.

ESTEBAN GIRALDO

lunes, 21 de julio de 2014

Si alguien conoce a Sindi dígale que Flores la está esperando

La letra era infantil y masculina. El letrero ocupaba horizontalmente una página tamaño carta y no era más que una fotocopia negra sobre blanco, como el desamparo. 

Lo primero que leí fue: “Encontré los documentos de Sindi Paola Barrios”. Escrita así, esa frase no exhibía un nombre sino en un error. Una tragedia. Me pareció entonces que era apenas natural que alguien que se llamara así quisiera perder sus documentos —la evidencia de una equivocación, el lastre ortográfico que tendría que cargar toda la vida—. Sindi Paola, qué nombre.

Después leí las detalladas indicaciones para que ella pudiera recuperar sus papeles. Debía llamar a un número celular que estaba repetido, en letra muy grande, tres veces a lo largo del letrero —314 209 85 34—. Se le pedía llamar solamente de siete a nueve de la noche. Y debía, por último, “por favor, preguntar x Flores”. Escrito así: con equis, como si fuera un tachón.

Después me di cuenta de que el cartel se repetía en todas las entradas de la universidad. Además podía verse, resistiendo la lluvia, en la cartelera más inescrutable o en la pared más perdida. Había uno de ellos en las tribunas del estadio. Otro en una caneca verde de basura —la de deshechos ordinarios—. En el espejo del baño de hombres del edificio de Sociología había otro. En cada árbol del Jardín de Freud persistía la invitación para que Sindi recuperara sus documentos.

Qué generosidad la de este Flores. Qué despliegue de recursos para hacer un favor. Qué soledad tan infinita para invertir tanto tiempo en encontrar a una desconocida. A estas alturas me imagino a Flores enamorándose de la fotografía en la cédula de Sindi, diciéndose que a la belleza se le perdona hasta el nombre, hasta los errores en el nombre porque la belleza, como el amor, es trágico: te va cayendo como se pierde algo, sin darse cuenta uno del desastre o del milagro.

Ahora que van siendo las siete de la noche me imagino a Flores esperando que Sindi lo llame y puedan cuadrar su primera cita. Él le dirá que la ha estado esperando y ella tendrá una razón verdadera para agradecerle. Me imagino que ese nombre, Sindi, le suena a Flores como a dulzura y a futuro —y no a sindicato o sindicada—.

Por eso yo quisiera que algún día Sindi llame a Flores. Si alguien la conoce dígale que él la está esperando y que todavía tiene los documentos, que los guarda como se guarda una última esperanza. Dígale —así no importe— que sería justo que ellos fueran novios, se casaran y fueran felices para siempre porque desde ya, sin conocerse, tienen una bonita historia de amor que contar.

ESTEBAN GIRALDO

lunes, 5 de mayo de 2014

Guernica vs. Alka-Seltzer

Madrid, España, junio de 2013



Entrando por la Calle Dr. Drumen vi que la fachada del Museo Reina Sofía exhibía un pendón que anunciaba, gigantesco, “Todas las sugestiones poéticas y todas las posibilidades plásticas” de Dalí. La imagen que acompañaba el texto era, si no recuerdo mal, el Rostro del gran masturbador. Había separado aquella tarde, la única que me quedaba disponible, no para entrar en ese museo; la había separado para ver el Guernica. Entrar al museo era un medio, no un fin; una necesidad y no un destino. Ya si me quedaba tiempo, pasaría a ver la colección fotográfica –con un montón de Brassaï– y, si tenía suerte, me toparía con algo de Tàpies y de Bacon –que con toda seguridad había–. Ahora, advertido por esa pancarta, y sólo en último lugar, iría a esa gran retrospectiva del cadaquense. Pero, insisto, yo iba en principio única y exclusivamente por el Guernica.


Me había visto muchas veces en mi vida parado en frente de esa tela de casi tres y medio por ocho metros. Gris. Animal y humana. Medio vísceras, medio obra maestra. La barbarie y el arte siendo una y la misma cosa. Y yo ahí, nacido en Bello, Antioquia, quietecito, sobrecogido por el milagro de un dios que se llama –se llamó– Don Pablo Ruiz y Picasso.

El funcionario de la taquilla me preguntó –sin saber que me estaba halagando– si yo era estudiante. Le dije que no, que era profesor, medio mintiéndole. Me miró extrañado y me pidió que le mostrara un documento que me acreditara como tal. Saqué el carnet de la Nacional –donde daba clases en un curso de extensión– y se lo entregué. El funcionario lo revisó con cuidado. Vaya, se sorprendió. Después me preguntó qué quería ver. Le dije que la colección permanente –donde estaba el Guernica– y lo de Dalí. Digitó cuatro cosas en su computador y de una impresora diminuta salió el pase. Le pregunté cuánto le debía y me dijo que, como yo era profesor, nada. Me pidió que lo disculpara por haberme confundido con un estudiante. Remató diciendo: profesor, siga usted rápidamente por las escaleras a la derecha que está a punto de comenzar el último recorrido de Dalí. Yo, injusta y doblemente halagado, feliz, pues le hice caso. La luz que entraba desde el patio, morosa, me hizo creer que tenía tiempo de sobra.

Recuerdo que lo primero que me maravilló fue La miel es más dulce que la sangre, y creo que fue, más que todo, por el título. Recuerdo, además, la Ascensión de Cristo y el Retrato de mi hermano muerto. Recuerdo que vi Un perro andaluz por enésima vez –primera con buena calidad–. No recuerdo ni la Muchacha en la ventana, ni lo que hizo con Hitchcock, ni el masturbador ya citado. La verdad, no recuerdo nada más. Y lo vi todo. Lo juro. Vi más de lo que debí haber visto. La verdad es que me perdí entre todas esas exhibicionistas sugestiones plásticas y todas esas malogradas posibilidades poéticas.

Riéndome del comercial de televisión en el que Dalí explica que Alka-Seltzer es una obra de arte excepcional, como él, sonaron los parlantes diciendo que el museo había cerrado y que, por tanto, los visitantes debían salir. ¿Qué? ¿Cómo? Si yo vine a ver el Guernica y no a este pendejo en túnica de lentejuelas brillantes. Por esa luz de infamia parecían las tres de la tarde. Pero no, no, esto no es zona tórrida, provinciano, es Europa en verano y son las nueve de la noche. Desaloje. Corrí hasta un ascensor, donde había una guardia y le rogué que me dejara ver el Guernica, que yo era un turista pobre, nacido en Bello, Antioquia, muy lejos, que no sabía nada, que estaba allá sólo por verlo y que me había perdido en lo de Dalí. Supliqué. Imploré. Nada. Ella me dijo, con razón, y de verdad lamentándolo mucho, que nada se podía hacer, que volviera mañana. Y yo mañana no podía. Me dijo que a la salida había una tienda donde podía comprar una postal o un afiche. Me indicó por dónde era y me llevó hasta la salida. 

Bajé las escaleras. Salí, abatido, por la Calle Santa Isabel. Con ese sol nocturno picándome en la cara tuve la incertidumbre desesperada de no saber si alguna vez en la vida podría regresar. Y tal vez no. Detesto a Salvador Dalí.

ESTEBAN GIRALDO.

sábado, 22 de marzo de 2014

Despertarse en otro sueño


A.,


Estaba dormido. Sabía que debía levantarme. Soñaba no recuerdo con qué. Con esfuerzo, me desperté. A mi lado, una mujer de gracia petulante, inhumana. Desnuda, y la desnudez –como si fuera posible– enaltecía aun más su belleza. En ese momento me di cuenta de que seguía soñando. Me había despertado en otro sueño. Como necesitaba cumplir con nuestra cita volví a intentar despertarme. Con esfuerzo, me desperté. Lo primero que hice fue pararme de la cama. Un peluche rosado, un oso, un conejo –no recuerdo–, con sus entrañas de felpa desgarradas reposaba sobre el nochero. En ese momento me di cuenta de que seguía soñando. Yo no tengo nochero, menos peluches rosados. Me había despertado en otro sueño. Como seguía necesitando cumplir con nuestra cita intenté despertarme, nuevamente. Con esfuerzo, me desperté. Lo primero que hice fue pararme de la cama. Al pararme regué un vaso de leche que estaba en el nochero, al lado del malherido conejo –sí, era un conejo–. Y en ese momento me di cuenta de que seguía soñando. Como seguía necesitando cumplir con nuestra cita intenté despertarme, nuevamente, otra vez. Con esfuerzo, me desperté. Lo primero que hice fue pararme de la cama. Cogí el oso –esta vez era un oso– y con él intenté limpiar el reguero de leche en la alfombra. Y en ese momento me di cuenta de que seguía soñando. Me había despertado en otro sueño. Como seguía necesitando cumplir con nuestra cita intenté despertarme, nuevamente, otra vez, perdido en una fatalidad yaciente. Con esfuerzo, me desperté. Lo primero que hice fue pararme de la cama. Al pararme sentí un calor rojo que se escurría desde la entrepierna hasta mis muslos. Y seguía. Era sangre. En ese momento fue que me desperté, asustado. La mujer de gracia petulante, inhumana, limpiaba mi sexo ensangrentado con el conejo –esta vez era el conejo– húmedo, tibio, viscoso de leche. Y, cuando había terminado, me besaba. En ese momento me di cuenta de que seguía soñando. Me había despertado en otro sueño. He renunciado a cumplir con nuestra cita. Casi voy aceptando este adormilado destino, extraviado entre una mujer hermosa –de gracia petulante, inhumana–, un peluche –un oso, un conejo, o ambos, o lo que sea–, un reguero de leche, y esta violencia y esta dulzura que no sé qué significan. Este despertarse y despertarse y despertarse y seguir dormido. Porque seguramente escribo esto dormido. Ruego que no vengás a despertarme.

D.

ESTEBAN GIRALDO

sábado, 22 de febrero de 2014

Otarios


Islas Ballestas, Perú, enero de 2013


El guía advierte que el mar de agua continúa con un mar de animales. Y, en efecto, la piel verde del mar continúa con la superficie parda de las leonas marinas. Los turistas, tan inteligentes en sus chalecos salvavidas, sobre el bote, no deben confundirse porque la mayoría son leonas. En todo el recorrido apenas alcanzarán a ver –y eso si ponen mucha atención– dos o tres leones marinos machos. Los demás millones que verán, que están tan a la vista –sin ninguna dificultad– son hembras. El turista macho, tan viril en su chaleco salvavidas, sobre el bote, dice qué maravilla ser león marino. La turista hembra, tan sensible en su chaleco salvavidas, sobre el bote, piensa que algo anda mal en la naturaleza. 


El guía explica que la diferencia entre las focas y los leones marinos está en las orejas. Los fócidos, es decir, las focas, no tienen las orejas visibles. Los otarios, es decir, los leones marinos, sí. Uno de los turistas, tan erudito y arrabalero en su chaleco salvavidas, sobre el bote, recuerda que otario es estúpido, crédulo, pendejo, según los tangos. Quisiera comenzar a especular sobre cómo terminó coincidiendo el nombre de una familia de mamíferos marinos con la bobada bonaerense pero la retahíla del guía es una enumeración de maravillas a las que hay que prestar atención. Habla de las líneas de Nazca, de la corriente de Humboldt, del plancton, de las centenares de especies de aves que viven en esa isla, de las centenares de especies marinas que viven en esas aguas, de la maternidad de las leonas marinas, de los delfines que justo se ven allá, cerca de esa roca ferrosa. 

Los turistas, tan abrumados por la belleza en sus chalecos salvavidas, sobre el bote, apenas tienen tiempo de admirar a esos delfines porque los sorprende una medusa gigantesca, de más de tres metros, que pasa cerca, visible y ponzoñoza apenas bajo la superficie. Después, siempre rodeados por esos millares de especies, el bote bordea una de las islas más grandes y el guía comienza a explicar la explotación del guano –que no es menos que el mejor fertilizante del mundo y no más que toneladas y toneladas cagajón de pájaro–. Llegando a un puerto elevadizo, desde donde se alcanzan a ver una cabaña y unas bodegas, el guía advierte que allí vive un único guarda durante los siete años que transcurren entre una explotación y la otra. Los turistas, tan solidarios en sus chalecos salvavidas, sobre el bote, comentan que es dura y peligrosa y triste la vida de ese hombre, en la mitad de tanta mierda que, según el guía, multiplica las cosechas y da de comer a millones y millones de chinos. 

Lo que no saben los turistas, tan conmovidos en sus chalecos salvavidas, sobre el bote, es que ese hombre no vive tan solo. Todas la noches algunas leonas marinas –y son muy cuidadosas en turnarse– le dan cualquier excusa a su macho –que al fin y al cabo es un otario– y se van a visitar al guarda. Ninguno sospecha lo bien que se la pasan, haciéndose compañía. Eso ni el guía lo sabe.

ESTEBAN GIRALDO

domingo, 2 de febrero de 2014

Abrir todas las puertas


Si por lo menos quisiera ir a alguna parte, si por lo menos tuviera donde llegar, si por lo menos pudiera parar de golpe, abrir una puerta y retirarse. Pero no. No. Este hombre vive un afán sin destino, ocioso, desnudo. Aun cuando no lo sabe, aun cuando no lo ha intentado, tan desesperado como está en seguir, no tiene la opción de renunciar a ese corredor en el que se abren todas las puertas. No recuerda cómo fue que llegó ahí, pero ahí ha comenzado, abriendo una sola puerta. Y al abrirla entró a una habitación que justo en frente tenía otra puerta. Caminó hasta allí y la abrió. Y pasó a otra habitación casi idéntica. Y abrió la puerta de enfrente. Y lo mismo. Y siguió. Es como en la caricatura del correcaminos. El paisaje es una tira de dibujo que se repite. El coyote corre hambriento detrás del avestruz, del pájaro que no vuela pero que corre como el demonio, y pasan y pasan, al fondo, la misma montaña y el mismo cactus. Así es. Él abre una puerta y entra a un cuarto con una puerta justo enfrente de él y va y la abre y entra a un cuarto con una puerta justo enfrente de él y va y la abre y entra a un cuarto con una puerta justo enfrente de él y. Y así podría seguir esto hasta agotar todo el papel del mundo y, aun así, no se agotarían las puertas que él sigue abriendo. Y no intenta devolverse porque intuye, o no, no lo intuye, lo sabe con certeza, que sería lo mismo: un abrir infinito de puertas. En este punto, perdidas todas las referencias, no tiene sentido hablar siquiera de devolverse. Quizá cada puerta que ha abierto, desde el principio, es un paso más hacia atrás ¿Cómo saberlo? Bien visto, tampoco importa. Sigue abriendo puertas no porque tenga la falsa impresión de estar llegando a alguna parte, de estar logrando algo, de estar avanzando. No. Las abre porque es un éxito rotundo que se le abran todas las puertas. Él parece haber creído, con la fe del carbonero, con la obstinación del autómata, aquella ridiculez que lo importante es el camino, no la meta. Y así sigue, viviendo el sueño, la pesadilla en que se abren todas, todas las benditas puertas. Yendo a ninguna parte.



ESTEBAN GIRALDO

Imagen: La porte de l'enfer. Auguste Rodin

martes, 9 de julio de 2013

DIM, un siglo


Publicamos estos dos textos, evidencia incontrovertible de la falsedad del dicho popular, "no hay mal que dure cien años...". El primero salió ya publicado en Universo Centro -con algunas licencias que acá corregimos-. El autor del segundo quería ser publicado en el mismo periódico, pero tan mal está el texto que ni le respondieron cuando lo mandó. 

Pietà en el Atanasio 

Si ya lo olvidaron, si todavía no lo han visto, vayan a internet y busquen: “Gambeta Estrada Júnior Campeón”. Pongan el video y párenlo en el momento en que la Gambeta es interrumpido por el periodista: “¡Gol del Júnior!”. Dejen la imagen congelada en ese rostro indescifrable, mezcla de rabia, perplejidad y dolor. Y busquen, también en internet: “Pietà Luis de Morales”. Comparen la cara de la Virgen con la cara de la Gambeta y díganme si no se parecen demasiado. Yo pienso que sí. 
Tenía nueve años cuando vi en directo, por televisión, el gesto agónico de la Gambeta Estrada. Veinte años después, recuerdo claramente su rictus de pesadumbre y la imagen del Chiqui García, que era como un Bolívar agigantado por la gloria. Los jugadores lo llevaban en andas por la pista atlética del Atanasio Girardot, mucho más amplia entonces y llena de periodistas y jugadores que esperaban el final del partido en Barranquilla para celebrar, o mejor, para seguir celebrando. 
En esas estaba la Gambeta cuando yo lo vi: celebrando con un periodista que lo entrevistaba. “Esto es lo más hermoso que me ha pasado en la vida, incluso por encima de… de…”. ¿De qué, Gambeta? ¿Qué pondrías por encima de qué? ¿El uno uno con Alemania? ¿El Mundial de Italia? ¿Ibas a poner el Mundial de Italia por debajo de esto? Hombre Gambeta, ¡cómo se te ocurre! Ahí fue cuando el periodista le dijo en forma cruel, es cierto, la dura verdad sin atenuantes: “¡Gol del Júnior! ¡Gol del Júnior!”. Se lo dijo dos veces. Miren y verán. Con la primera le cortó la frase y lo trajo en seco de Italia al Atanasio. Con la segunda lo bajó de la nube, del “por encima”, y le puso otra vez los pies sobre la tierra. Quedó otra vez por debajo la Gambeta, y el Medellín por debajo del Júnior campeón.  
La verdad es que había razones de peso para celebrar. Era la noche épica, la proeza total: victoria en el clásico sobre Nacional, paso a la Copa Libertadores y título de campeón porque el Júnior, necesitando ganar, apenas empataba contra América. Y celebración hubo antes y después de que llegaran las amargas noticias de Barranquilla. Como el rey orgulloso del cuento infantil, los jugadores del poderoso siguieron altivos aún después del golazo de Mackenzie al minuto noventa y dos. Y también como el rey iban desnudos varios: recuerdo a Óscar Pareja en calzoncillos, con un collar de arepas, llorando de alegría y luego de rabia y luego otra vez de alegría porque nadie se movía del Atanasio, porque todo el mundo prefería alargar esos cinco minutos de gloria a seguir estirando treinta y seis años de sequía. 
No logro precisar si la Gambeta se sumó a los festejos. Luego de la fallida entrevista, después del inolvidable gesto, las cámaras lo pierden y se concentran en los que de todos modos quieren terminar la vuelta olímpica. Allá van el Pájaro Juárez, el Ferri Zambrano y Carlos Castro, el del gol contra Nacional, el héroe transitorio, el ídolo momentáneo, el redentor pasajero de la noche. Otros, en cambio, son menos entusiastas. Sumido en el dolor, aplastado por el fiasco, Pedro Álvarez no halla consuelo en ese barullo de felicidad y frustración. Luis Barbat llora a mares de rodillas en la gramilla. Nada redime sus tristezas. Era todo o nada. Y fue nada. 
La ceremonia terminó en procesión de ríos de fieles siguiendo al bus del poderoso. Esta vez fue primero la crucifixión y después el viacrucis. Y aunque la peregrinación fue bastante emotiva, nada en esa noche es tan conmovedor como el gesto de Carlos-Enrique-La-Gambeta-Estrada. Lo de la Gambeta es, permítanme el oxímoron, un instante eterno. Porque si es verdad aquello de que toda la idea de mar cabe en una sola gota de agua, yo diría que los cien años del poderoso caben en ese momento en que la mirada de la Gambeta se pierde en un trance místico, afligida y sin sosiego como la mirada de la Virgen en la Pietà de Luis de Morales. Habría que canonizar a la Gambeta y hacer estampas con ese rostro martirizado, sólo comparable al de los grandes sufrientes de las Escrituras. Así debió mirar José a María cuando ésta le anunció, impasible, que esperaba al hijo de Dios “sin pecado concebido”. Así debió mirar Isaac a Abraham, su padre, cuando vio que lo iba a degollar “en prueba de su temor a Dios”. Busquen “El sacrificio de Isaac de Andrea del Sarto" y verán en el niño la misma mirada mansa, la misma mueca de terror y desazón de la Gambeta. Esa noche no hubo ángel que detuviera el sacrificio: lo que hubo fue un heraldo negro que anunció el gol del Júnior como otra broma absurda del Dios loco todopoderoso. 
Yo tenía nueve años cuando lo vi. Así y ahí y entonces resolví el dilema de ser o no ser hincha del Deportivo Independiente Medellín.  

PABLO CUARTAS
Imagen: Luis de Morales, Pietà, 1586  

*

Una vida tranquila

Hombre, una vida tranquila. Eso quería. Una vida tranquila y un lugar en todos los partidos que el Deportivo Independiente Medellín jugara en el Atanasio. La vida tranquila era justamente ese lugar. Esos domingos de derrotas predecibles y victorias insospechadas e intrascendentes. 
La soltería y la carrera administrativa le permitían cumplir sin afugias la víspera inagotable de la tercera estrella. La segunda, conseguida en 1957, parecía ya una enana blanca en el pecho escarlata de la camiseta. Lejanísima, fría, casi muerta, agotándose en la nostalgia que representaba. Él se había comprometido, sin embargo, a ser el mejor testigo, a vivir cada minuto hasta alcanzar otro campeonato. Podría en el futuro jurar que él estuvo, que él vivió, que él hizo parte de esa victoria que tenía que llegar, que algún día llegaría porque la justicia tarda pero triunfa. Y no había nada más justo, por personas como él, por todo eso que llaman la-hinchada-del-pueblo, que el Medellín en algún torneo, en algún momento exacto del vasto tiempo quedara campeón.
Corría el año 93 y él llevaba más de quince en esa espera sin esperanza. Hombre, más de quince años sin faltarle a esa vida tranquila, a esa derrota renovada cada ocho días. Ese mismo año casi agradeció que un gol postrero del Nene Mackenzie en Barranquilla le ahorrara la poderosa dosis de intranquilidad que tiene el éxito. Al mismo tiempo, no obstante, maldijo su suerte.  
Acomodado en su lugar de la tribuna oriental pasaron otros nueve años sin sobresaltos. Hombre, apenas se entrevía el milagro llegaba la resignada paz de la eliminación. En su vida, en cambio, se sucedían algunos acontecimientos, que él veía como la progresión de un movimiento comenzado hace mucho: sentar cabeza. Comenzando el milenio se había casado y Marina, su mujer, había tenido a su primer hijo en el 2002. Hombre, vivía la vida de un cuarentón apacible que sólo se permite la inocente excentricidad de ir al estadio una vez por semana.
Al final de ese año parecía que sí, que ese año sí iba a ser. Sería con todo el sufrimiento, con toda la angustia, pero sería. En el último partido de la semifinal Medellín jugaba de visitante contra el Tolima y, si quería llegar a la final, tenía que ganar. Y ganó. Ganó en el Manuel Murillo Toro tres a uno. Cuánta alegría en ese segundo gol de Mao Molina que aseguraba el triunfo y cuánta desazón por el gol César Rivas, del Tolima, que ponía todo en vilo. Hombre, y un dolor en el pecho. Dolor físico. Frío en las entrañas. Mareo. Casi un desmayo que preocupó a Marina y que no le permitió enterarse del gol de Vásquez Chacón que ponía al Medallo en la final contra el Pasto.
Llegó entonces la prohibición, la amenaza infame de la salud, un corazón que por culpa del DIM parecía fallarle, el chantaje legítimo de tener que cuidar de su hijo tanto como pudiera, la conciencia que en boca de Marina le decía que no se podía dejar morir por un equipo que, encima, iba a quedar campeón, y que la semana entrante, sin remilgos, irían al cardiólogo. Lo obligaron a no ir a la primera parte de la final, en Medellín. Y aun cuando el partido se ganó fácil por dos a cero, supo que había hecho bien al no ir. Se le escurría el alma, se le desleía el corazón en frente del televisor cada que Pasto tenía el balón. Temía por su vida. Y él, por ver al Medallo campeón, y por amor a su familia, no quería morirse.
En el partido de ida, el domingo 22 de diciembre, fue él mismo quien tomó medidas drásticas. Vistió a su bebe con el uniforme del Medellín, le dio un tetero a medio día y con sus brazos temblorosos de expectativa intentó dormirlo hasta que llegó Marina pidiéndole que se durmiera él, que se acostara hasta que se terminara el partido. Fue entonces cuando él le pidió que no prendiera ni el radio ni el televisor, mejor, que desconectara todo, que le diera pastillas para dormir, que le encontrara algo para no escuchar nada durante las próximas tres horas. Se fue hasta la habitación, se tomó dos Zolpidem, se acostó, se puso una almohada sobre la cabeza y le suplicó a Dios que el Medellín quedara campeón y que lo durmiera. Dios le obedeció. Dios lo tuvo dormido en el momento exacto del vasto tiempo en el que, con un gol de Mao Molina, el Deportivo Independiente Medellín quedó campeón después de cuarenta y cinco años de agonía.     
Al despertarse escuchó que los voladores reventaban el aire. No quiso especular acerca de la motivación de tanto estruendo. Bien podía tratarse del lamento fúnebre de la hinchada o de la algarabía jubilosa del triunfo. Se levantó, y al levantarse se supo viejo y ridículo. Caminó hasta la puerta. La abrió. Los ojos de Marina lo esperaban justo en frente, ansiosos en su brillar de proeza alcanzada. Ella dijo sí y él lloró. Lloró como una Magdalena, como una niña malcriada. Había sido. Había sido y él, por amor y por miedo, por güevón, se lo había perdido. Pero igual era. Abrazó a Marina y ella sintió que nunca la habían querido tanto. Ambos se rieron. Se rieron como se ríen los que son, al mismo tiempo, bellos e inocentes. Como los que pueden permitirse el lujo de vivir tranquilos.
Fueron hasta la alcoba donde dormía el niño. Él lo despertó diciéndole que habían ganado, que a esa camiseta había que ponerle otra estrella y que apenas pudiera lo iba a llevar al Atanasio, para que empezara a sufrir y supiera que la tranquilidad es la hermana irresponsable de la angustia. Que el DIM no era un equipo de fútbol sino un infarto. Hombre, y que todo valdría la pena.

ESTEBAN GIRALDO