miércoles, 11 de abril de 2012

Alegatos





From: giraldoesteban@hotmail.com
To: sanpablocuarto@gmail.com
Subject: Alegatos
Date: Sun, 8 Apr 2012 17:50:56 +0000

Pablo, 

¿Viste la pelotera que armó Abad porque dijo que no le gustaba el teatro? Que él no iba, que no lo invitaran a esa güevonada ahora que a todos nos gusta tanto el teatro. Este es el enlace:
 http://www.elespectador.com/impreso/opinion/columna-334261-contra-el-teatro
  
El alegato, la reacción más candente es la de Fabio Rubiano, que por ser tan belicosa tal vez resulte ser la mejor. Todo herido el hombre. Pille y me cuenta:
http://www.revistaarcadia.com/impresa/teatro/articulo/respuesta-fabio-rubiano-hector-abad-faciolince/27981 

Un abrazo, 

Esteban 

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From: sanpablocuarto@gmail.com
To: giraldoesteban@hotmail.com
Subject: Alegatos
Date: Mon, 9 Apr 2012 08:53:30 +0000

Esteban,

Abad no es santo de mi devoción. Considero que es un invento de los medios; que su prosa (y no me quiero imaginar su poesía) es mediocre, insípida, sosa; que es un prêt à porter de la literatura, un escritor perfecto para nuestra precaria élite local, la que lee y admira a los columnistas de El Colombiano; que su tono de sabio antioqueño y su omnipresencia en los asuntos culturales de Medellín, no me generan la más mínima simpatía; que de El olvido que seremos, aparte del título y los tres capítulos finales, no se encuentra nada más que pueda explicar el éxito abrumador de la obra. Pero mejor no sigo. Al fin y al cabo, Abad ya es el olvido que será.

Esas impresiones me acompañaron durante la lectura de la primera columna, pues la hipotética figura del lector imparcial se me hace tan imposible como aburridora. Sin embargo, tras leerla y releerla, apenas pude entender que se trataba de una ocurrencia un poco chocarrera -como un chiste destemplado- pero nada más. Se me hizo incluso inofensiva, ingenua, casi tierna, por la debilidad pero sobre todo por el carácter personal y sólo personal de los argumentos. Apenas alcancé a ver a un señor diciendo que no le gusta el teatro y tratando de explicar por qué. Y nada más. 

El que sí logró ver mucho más fue Rubiano, quien tomó la vocería de su gremio y escribió un virulento manifiesto de defensa del teatro. Vio a un “fóbico”, a un “ignorante”, y le respondió con tono aleccionador en siete puntos, como si fuera el sermón de las siete palabras. ¡Y qué sermón! Que Homero no hizo esto sino aquello, que no confunda esto con aquello... que mire lo que hacen las compañías de Barcelona, que son un éxito y llenan teatros... que si es así entonces tampoco podrá apreciar a Lucien Freud, ni a Kurosawa... ¡Qué drama de respuesta! ¿Será por tanto cultivar el “arte dramático”? Y eso que los actores son muy capaces de reírse de sí mismos… Qué tal que no. 

Una sola pregunta importante queda de esta discusión bizantina o, mejor, de este malentendido (porque creo que se trata de eso: de una broma tomada sin humor). La pregunta es: si no es el escritor, ¿entonces quién puede expresar libremente sus opiniones personales? ¿Los políticos, ceñidos siempre a la conveniencia electoral y a lo políticamente correcto? ¿Los periodistas, incapaces de escribir un párrafo decente y pendientes siempre de lo que el dueño del periódico quiera o no quiera escuchar? Si no es la literatura ese espacio de libertad para decir “yo”, ¿entonces dónde podremos confesar sin miedo, sin culpa, sin buscar redención alguna, lo que nos disgusta del mundo? No quiero citar ejemplos desproporcionados ni comparar lo incomparable, pero traigamos, al azar, el caso de la célebre Modest proposition de Swift. Yo prefiero que se mantenga la libertad radical que el escritor detenta, única garantía de que pueda decir lo que quiera. Y asumo que esa radicalidad pueda dar lugar a desatinos humorísticos como el de Abad, pero que sin ella son imposibles aciertos irónicos como el de Swift.

Yo no sé qué es peor: si Abad, un escritor demasiado banal, o Rubiano, un actor demasiado serio. No sé si es peor el chiste o el regaño, el desatino o la altisonancia. Por lo demás, no creo que el arte necesite defensores. Defensores necesitan las ideologías y los credos, que se mantienen buscando adeptos (o sea público). ¿Será el caso de Rubiano?

Lo cierto es que la ironía, el sarcasmo, los dobles sentidos, la risa, siguen siendo recursos ajenos a nuestra sensibilidad. Socialmente, el altercadito entre Abad y Rubiano ilustra una cosa mucho más grave y más preocupante: la intolerancia, la incapacidad de los colombianos de burlarnos de nosotros mismos. Triste condición de doble vía que nos hace demasiado serios en lo superficial y demasiado superficiales en lo serio. Esta vez, por fortuna, el tema es el teatro, una cosa que -gústenos o no- le incumbe a una minoría de la población. Pero si el tema fuera la inconformidad ante la violencia del Estado, por ejemplo, ¿soportaríamos que saliera un funcionario a darle lecciones de pensamiento político al escritor? Esto ya ha sucedido, de hecho, y hemos tenido que padecer a un personaje tan atorrante como José Obdulio Gaviria tratando de convencer a todo el mundo de que lo negro es blanco, como en los emblemas orwellianos de 1984... Ahí sí: Vade Retro.

Saludos pascuales,

Pablo

PD: Hablando de alegatos, ¿viste el “editorial” de El Colombiano sobre el “reportaje” de El País? Dos perlas: “¡Claro que tenemos problemas de seguridad y que la violencia absurda sigue arrebatándonos a muchos jóvenes!” (Tono de vieja gritona). “Nos resistimos a aceptar que también se nos quiera matar la esperanza” (Tono de vieja llorona). El Colombiano no sirve ni para madurar aguacates. Leé y verás.


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From: giraldoesteban@hotmail.com
To: sanpablocuarto@gmail.com
Subject: Alegatos
Date: Tue, 10 Apr 2012 10:08:31 +0000

Cuartas,

Mirá que me jalás la lengua y no puedo parar. Ahí me salió esta cantinela, esta cantaleta que tocará pedir que publiquen en atunes. 

Ya había visto yo algunas trifulcas a propósito de un reportaje sobre Medellín, publicado por El País –de España, se entiende– el domingo pasado. Ah, ya me imaginaba yo, otra vez, la misma cantinela: un periodista europeo sorprendido por la violencia, la miseria de la vida en Medellín. Un tipo de afuera describiendo todo lo que, claro, ya sabemos los de adentro: que-no-nacimos-pa´semilla, que-pa´qué-zapatos-si-no-hay-casa, que-la-vida-es-un-ratico, y dele. Todo lo que, claro, es verdad. Ah, ya me imaginaba yo, otra vez, la misma cantinela: las voces indignadas de la gente bien de Medellín repitiendo que la cuidad ha mejorado mucho, que Medellín es la cuna del maestro Botero, que tiene la temperatura del paraíso, que se han construído unas bibliotecas muy bonitas y que, vea usted, hasta fueron visitadas por los reyes de España y que por allá en Santo Domingo Savio hay unos niños que tocan el violín que son un primor, y dele. Todo lo que, claro, es verdad.

Lo que no me imaginé es que El Colombiano saliera con un editorial que es un postre, el bizcocho de nuestro provincianismo. “¡Basta ya con Medellín!”, se llama. Y es tan bonito. Vean esta perla: “¡Claro que tenemos problemas de seguridad y que la violencia absurda sigue arrebatándonos a muchos jóvenes! Pero de ahí a decir que estamos llenos de sicarios, no es aceptable, porque, sencillamente, no es verdad.” ¿Cuántos sicarios hacen falta para decir que una ciudad está llena de sicarios? ¿Algún sociólogo puede dar alguna cifra? A mí me parece que con que haya uno pues ya hay bastantes. Y pillen esta otra lindura: “Nos han tildado muchas veces de regionalistas, pero hoy sí que queremos serlo para defender a Medellín, que es defender a Colombia”. ¿Defender a Medellín? ¿Defender a Colombia? ¿Eso por qué? ¿Para qué? Sería mejor que El Colombiano se defienda de las faltas de ortografía en sus páginas, que corregir eso es una cosa sencillita y no un imposible y un despropósito.

¿Ustedes se imaginan a El País –de España, se entiende– dedicándole un editorial entero a un periódico de Colombia porque allí se publicó un reportaje hablando de lo xenofóbicos, lo pobres, lo arribistas y lo desvergonzados que se han vuelto los madrileños? Pues no, en Madrid ni se enteran de que hay un periódico que se llama El Colombiano. Ni siquiera lo harían si ese mismo reportaje lo publica The New York Times. Menos The New York Times le respondería a El País, defendiendo a Nueva York, por un reportaje acerca de lo violenta, lo aterradora, lo inhumana que puede llegar a ser una comunidad de crackeros en Brooklyn. ¿Ustedes se imaginan al director de ese medio tan serio escribiendo: “¡Claro que tenemos problemas de seguridad y que la violencia absurda sigue arrebatándonos a muchos jóvenes! Pero de ahí a decir que estamos llenos de drogadictos, no es aceptable, porque, sencillamente, no es verdad”? Yo, la verdad, no lo puedo concebir. Peor: el tipo defendiendo el “regionalismo”. Ay.

Tan ciego en su provincianismo está el editorialista de El Colombiano, que ni siquiera se da cuenta de que el reportaje de El País –de España, se entiende–, como texto, como periodismo, como escritura, es lamentable. Por ahí sí podría meterse uno y hasta burlarse de la ingenuidad, de la inocencia beatífica del pobre corresponsal y los editores del mejor periódico español. Porque el texto no escupe mala leche, como se podría pensar, sino que resuma pura y dura candidez. ¿Acaso la labor del buen periodismo no es descubrir lo que no se sabe? ¿Quién a estas alturas se sorprende de que en Medellín vivan asesinos como los descritos en el denostado texto? “Contanos una cosa que no sepamos, que no sepa el mundo, hombre, no nos salgás con la misma cantinela”, habría que decirle al autor. O bueno, que por lo menos nos cuente eso que ya sabemos de una manera nueva. Pero no, nada de eso. Tan inteligente que se cree el reportero, iniciando con un detalle humano, y cerrando con él. Al principio un-curita-buena-papa que abraza a un sicario al que nadie ha abrazado el día de su cumpleaños. El mismo curita-buena-papa que, al final, nos entera de que un año después ese sicario fue asesinado y que nadie le hizo un funeral. Ay, qué sensibilidad, qué creatividad. Entréguenle a ese periodista el premio rey de España antes de que se abra la convocatoria, declárenlo fuera de concurso en el Pulitzer. Se le nota al “escritor” que fue buen estudiante y que se ha leído los manuales. Pero eso no es suficiente para conseguir un buen texto. Ese detalle, tan recomendado, tan de cartillla, resulta tan artificioso, literariamente hablando, que resulta risible, agota en esa chambonada la crudeza y la verdad que hay en el relato.

Herido en su amor por Medellín el editorial de El Colombiano no se dio cuenta de eso. Menos se dio cuenta de la franca idiotez con la cual se explica la degradación humana de los sicarios en la ciudad de la eterna primavera. Lean, lean bien la explicación.

“Para los jóvenes sicarios de Medellín, matar o morir no tiene ningún significado, es un hecho sin más, algo que se hace o se padece por necesidad, una función técnica y un destino obligado. ‘Es la pérdida del concepto de lo humano’, reflexiona Carlos Ángel Arboleda, de 61 años, sacerdote y profesor de doctrina social de la Iglesia de la Universidad Pontificia de Medellín. Él recuerda que en los primeros tiempos del narco, en la década de los ochenta, los asesinos a sueldo eran adultos de raíz campesina y con un pensamiento católico tradicional —básico pero sólido— que les hacía sentir de otra forma lo que hacían. ‘El primer sicario tenía una religiosidad popular muy fuerte’, explica. ‘Era consciente de que matar era pecado, pero le valía para conseguir dinero para la casa y para sacar a la mamá de la pobreza’. El padre Velásquez entiende que esa correa de transmisión de valores tradicionales se ha ido cortando por la descomposición de las familias humildes, causada en parte por la rápida incorporación de las mujeres al mercado laboral”.

Uno estaría inclinado a pensar que semejante teoría fue publicada en El Colombiano y no en El País –de España, se entiende–, que hasta donde se sabe es un periódico respetable. Pero no, ambos diarios terminaron hermanados en la ingenuidad, el catolicismo y el machismo. A mí que como lector me respeten y no me digan que los sicarios son más malos hoy porque no van a misa, y que cada vez hay más asesinos porque las mujeres ya no se quedan en la casa lavándoles los mocos y los calzoncillos a sus hijos. Que no jodan.

Y ahí no se acaba la candidez del reportaje. De mis épocas de estudiante me acuerdo de que ojo, que no hay que creerle todo a la fuente. Que la fuente en general dice lo que cree que quiere escuchar el periodista. Y este español hace gala de una credulidad sin límites. Copia todo a pie juntillas. Y peor, lo copia del trabajo que hizo Federico Ríos, el reportero colombiano al que en el texto solo le dan crédito por las fotografías. El reportero colombiano que a su vez se copió, en una de las fotografías, de la obra que hizo Juan Fernando Ospina para La virgen de los sicarios –el libro y la película–. ¿Además qué autoridad es Fernando Vallejo para respaldar la miserable opinión de un clérigo profesor de la UPB? Porque sí, Vallejo termina dándole la razón al eminente catedrático de la doctrina social de la Iglesia. “Vallejo, que atendió a este diario por teléfono, recuerda que en aquel tiempo ya estaba ‘bajando la devoción’. Unos años después, el escritor volvió a pasar por la iglesia de Sabaneta y la encontró en decadencia”. O esto es muy candoroso y muy necio, o es humor negro. Una de dos.

Insisto, es tan lamentable el texto de El País como provinciana la reacción de El Colombiano, y por lamentable no vale la pena tanta indignación. Por lo mismo paro ya, que no voy a seguir con esta cantinela a propósito de esas cantinelas que me imaginaba y de las que no quería ni saber cuando me desperté hoy.

*

Como verás, yo no tengo nada en contra de las señoras de El Colombiano. Mi mamá lo lee.
Un abrazo,

Esteban

lunes, 16 de enero de 2012

Una foto del Nobel



Esta vez, señores, voy a empezar así: érase una vez una mujer. Amalia. Había llegado después de todos los mares, lavada por todas las aguas, después de las más ásperas tristezas, dispuesta. Y era yo. Con ella. Era-del-año-la-estación-florida, era el cuerpo en el principio, era una pareja, ese monstruo. Tan vergonzoso y tan feliz todo. Cartagena, la muralla, el desolado Café del Mar en la atalaya, las cinco y pico de la tarde, el cielo, el sol y el caribe que se encendían fosforescentes si pedías una Club Colombia. Y fueron dos cervezas, cuatro cervezas mientras descansábamos juntos de haber estado tan juntos tantas veces en tan poquito tiempo, incansables en la suite menos sofisticada del Santa Teresa. Que se fueran los ahorros, la capacidad de crédito, el cuerpo y el alma –si es que existe–. Que desdijeran de nosotros los vecinos, que el personal se hastiara de las quejas de esos tres pobres gringos, padres de familia, por las órdenes, los gritos, los espasmos que se producían sin conciencia al interior de la habitación 2234, al fondo del pasillo, y que retumbaban pornográficos en las que algún día fueron las castas bóvedas de las carmelitas descalzas. Bendito sea Dios. Que se acabara el mundo. Lo que antes era sueño, en ese momento era posibilidad, destino. Se trataba de despedirnos, de agotarnos, de acabarnos en ese adiós absoluto que comenzó justo al reencontrarnos. Y que sería breve y que terminaría ahí, que terminaba ahí, justo ahí, a las cinco y pico, en la muralla, en el desolado Café del Mar, en la-estación-florida, en las Club Colombia y etc. De golpe, tres mesas más allá, del lado de los cañones, cuando sonreíamos a la Nikon que dejaría morosa constancia del delirio, alcancé a ver que llegaba una pareja setentona, muy bien puesta, toda de lino blanco, toda muy fina, muy cara. La señora tenía puestas unas grandes gafas oscuras y el señor unas Armani de sol discretas, y por discretas todavía más bellas. Canoso. Su cuerpo se debatía entre la robustez y la templanza producto de dos horas de ejercicio cada mañana. Es Mario Vargas Llosa, dije. Volvimos a mirar, atónitos, y no quedó lugar para las dudas. La mujer que lo acompañaba era Patricia Llosa, su prima, su esposa. Entonces, ¿cómo no especular acerca de lo que estaba terminando? Amalia ahí, y yo, no éramos más que la subdesarrollada repetición del encuentro entre Pluto y Lucrecia en esa novela injustamente menospreciada que se llama Los cuadernos de Don Rigoberto. Así se lo dije, pero Amalia no había leído el libro. Muy modesta, muy pobre, muy vulgarmente si quieren, pero éramos el remake, el eterno retorno de lo mismo. Sí, yo sé que no me creen, es el colmo. El puro colmo de todo. Páginas 49 a 86 en la edición de Punto de Lectura. Pero esto, señores, es autobiografía, no ficción. Yo tampoco me lo creo, pero es verdad. Y agárrense porque termino. Pidámosle una foto, sugirió Amalia, feliz, hermosa, conmovedora. Me extendió la cámara y miró donde la perfecta pareja examinaba la carta. Hice un gesto de incredulidad y dije que estaba bien así, que ni todos los premios nobel –vivos  o muertos– iban a permitir que yo me distrajera de ser ese Pluto y ella esa Lucrecia.  Amalia insistió. Yo, por esa concentración, no podía negarme a nada. Cogí la cámara, coqueteándole, rendido, y caminé hasta ellos. Me vieron llegar. Vi en sus gestos la molestia, la ofuscación de verse interpelados por un perfecto estúpido armado con una máquina de fotos. Casi me devuelvo. Amalia me aupaba desde el otro lado. Perdón, perdón, les mendigué. Asco, me miraron con asco. No, alcanzó a decir Patricia Llosa, la prima, la esposa. Sin dejarla seguir les supliqué. Les conté que, en últimas, lo que estaba terminando entre esa mujer y yo, sí, allá, a tres mesas, era tal cual el viaje que el buen Pluto le había propuesto a Lucre en Los cuadernos. Pronuncié así: Lucre, Los cuadernos. Y que si algo hacía falta para el milagro era esa foto. El Nobel aceptó, sonriendo. Patricia Llosa, la prima, la esposa, también sonrió. No era creíble, pero tampoco podía ser mentira. Les entregué la cámara. Está lista ya, le dije a Vargas Llosa, no sin antes advertirle que mejor si podía tener en el cuadro algo de atardecer. Caminé hasta nuestra mesa. Amalia me miró sin saber cómo mirar. Junté las sillas. La abracé por el talle. Miramos al escritor, a la cámara. Clic. Ahí está la foto. Muchas gracias don Mario, le dije cuando me devolví por la cámara. Muchas gracias, maestro, le dijo Amalia desde el otro lado. Ya hace rato Patricia Llosa, la prima, la esposa, se había retirado, rabiosa. Después, Amalia y yo pagamos. Pagué, digo. Bajando la rampa nos despedimos para siempre. Ella se quedó con la cámara, era suya. Bendito sea este recuerdo.

ESTEBAN GIRALDO


jueves, 12 de enero de 2012

Lvis Mejía – Zupranada




En principio debo mencionar que esta es mi primera reseña de un disco internacional, hasta el momento había mantenido la firme intención de hablar sobre discos de origen colombiano. El artista del que hablaré es de origen mexicano y reside hace varios años en Hamburgo; tiene algunos rasgos punk en su vestir, pero digamos que tal vez es sólo cuestión de estilo y que de seguro a “Claudita” le gusta como lleva el cabello: con el mohicano, como le dicen en el país de la tortilla a lo que nosotros llamamos cresta.

Es curioso, algunas veces la persona se parece a su hacer. Este es el caso. Lvis –se pronuncia Luis– es un joven artista al que alguna vez le dio por la filosofía y llegó a Alemania buscando no sólo germánicas sino el pensamiento fuerte. Lo intentó y siguió su camino por el lado del arte.

Aunque en los momentos actuales etiquetar algo como arte sonoro es la manera más fácil de catalogar una expresión sonora difícil de hacer encajar en un género –o géneros– musicales, no todo es “arte sonoro”. Lo de Lvis, sí. Lvis es un artista visual que decidió recorrer varios caminos y producir sus representaciones sobre los mismos.

Zupranada es su primer álbum, un de-todito-picante donde el artista explora diversos ámbitos de lo sonoro, referenciando a sus grandes maestros. Escuchándolo tengo imágenes mentales donde veo un Aphex Twin vendiendo mangos en cualquier playa suramericana y a Olivier Messiaen grabando pájaros en compañía de Satie y Cage; o las tortugas ninjas (Leonardo da Vinci, Rafael SanzioMiguel Ángel y Donatello) teniendo una conversación de chat.

El terreno donde se mueve Lvis es el de la creación y para él lo menos importante es el medio. No se anda con pavadas como “abajo el arte sonoro, arriba Supercollider”. Lo que Lvis quiere decir lo dice en una obra a la que además de referentes y medios, le sobran argumentos.

No siendo más y para no cansarlos con palabrerías de un “pinche negro”, recomiendo que se creen su propia impresión de  Zupranada: www.luismejia.net


JOSÉ GALLARDO A.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Mors principium est





La sensación era tan fuerte que tuvo que pensarlo: siento su presencia esperándome no sé en qué lugar, pero esperándome. Todos los días lo asaltaba desde el fondo de lo desconocido para advertirle sobre un mensaje. No se sabía muy bien en qué momento llegaría, pero siempre lo hacía bajo las mismas consignas.

Una pequeña decisión marcó el primer día: sorpresivamente, empezó a caminar hacia su casa; el carro puede permanecer en la empresa, pensó. Se sentía liberado de la carga que había adquirido cuando comenzó a trabajar allí. Sentía la ingravidez a la que todos nos hemos referido algún día: ahora pesaba menos.

La tranquilidad que irradiaba este acartonado no se podía desprender de lo que había pensado, es que era algo que se veía en su andar. La manera como todos convertimos el caminar en algo más que un medio, en él era entusiasmo puro, en un desborde de energía. Ni hablar de su confianza; tuvo ocasión de esbozarle una sonrisa a una mujer por la cual, en el mejor de sus días, sudaría patológicamente. Hasta se mostró temerario cuando se encontró de frente con un personaje de andar “intimidante”, aunque, por todo lo demás, seguro merecedor de una descripción más enfática.

El “materile” le duró hasta su casa. Al abrir la puerta encontró en el piso un sobre con esta inscripción: mors principium est. Para él, como para cualquier mortal, lo horroroso se escondía debajo de la superficie plástica, bella, poética: unas cuantas palabras en latín podían ser la propaganda del nuevo culto del barrio que, como el carro de Coca-cola, vende la fórmula para calmar la sed de felicidad. Puso el mensaje sobre la mesa, al lado de todos aquellos papeles destinados al olvido. Y él, tomando el papel del papel, cayó en la cama para olvidarse de sí.

Al día siguiente, sábado, las lagañas, abundantes en los párpados, no impedían la necesidad universal de percibir el mundo que hay afuera de la casa de Morfeo. De repente, había sido echado de esa morada. Aturdido por el golpe de la puerta de esa casa (y su posterior tranca) intentó los primeros movimientos del día.  Se frotó los ojos, encontrándose dispuesto a vivir sin saber todavía qué era despertar. Con los ojos cerrados aún, palpó el lugar en donde se encontraba y donde su vida comenzaba de nuevo… como todos los días. En este reconocimiento encontró un objeto que le resultó familiar: el control del televisor. Una vez que su mente pronunció esas palabras, supo qué hacer con el resto de las cosas, por eso también supo en dónde estaba power, pues su pensamiento ya se había librado de todas las lagañas.

Mientras abría los ojos, la imagen de la pantalla se iba aclarando, y mientras más se aclaraba, su alma se tornaba más inquieta, pues encontró de nuevo las letras de sentido borroso que parecían perseguirlo. Distinguía mo, ium, est. El resto lo intuyó, lo fue llenado con restos de lo que ya había vivido. Dos veces no son coincidencia, pensó para librarse de la angustia de lo azaroso y entregarse a la del sentido; pues de repente había algo en el mundo que solo le hablaba a él. Cuando pudo abrir bien los ojos vio cómo un plácido hombre recostaba la cabeza en una pradera inverosímil y que las letras perseguidoras ya habían desaparecido de la pantalla. Supo que en esa desaparición el mensaje había quedado forjado en su mente. Lo que resultaba necesario ahora era traducirlo.

Como un resorte se levantó de la cama. Se mostró afanoso pero en su rostro estaba el convencimiento de que tendría la respuesta. Así, en el mero movimiento de abrir las páginas de un libro, entró en un laberinto de significados: Mors: Muerte. Principium: Principio. Est: Es.

Pueden ustedes adivinar que sólo Ícaro se había sentido tan perdido. Pero no en el laberinto, de allí había salido airoso. Fue al recibir la luz que no iluminó sino que encegueció. En la búsqueda del sentido se encontró sobrecogido. No comprendía porqué era él el destinatario de tal mensaje. Aun cuando trató de darle coherencia al conjunto de los tres términos, se halló por fuera de él. “La Muerte Es el Principio”. ¿Qué tenía que ver eso con él?, y además, ¿por qué se sentía feliz cuando estaba perdido en el laberinto?

Ya es hora de ducharse, le dijo el reloj al mirarlo. Para evadir las subsecuentes miradas inquisidoras planeó las otras actividades que debía hacer antes de salir. Cuando se reconoció preparado, cerró la puerta; todo lo que había hecho se quedó allí, en el mismo lugar. Por fortuna conservó las llaves. El mensaje sobre la mesa no mostró ningún tipo de apuro y permaneció inmóvil el resto de la tarde.

Otro era el ritmo de nuestro hombre, ya dos cuadras abajo lo esperaban un bus y su narrador. Cuando el primero se fue acercando, el otro levantaba la mano del papel, y él, caminando en dirección contraria, deseaba acortar el tiempo subiéndose un par de metros antes. Ya adentro y sin saber adónde ir, levantó su cabeza para detectar sigilosamente un puesto que lo mereciera. Recibió la devuelta y la contó empleando un escueto reconocimiento de relieves. Se sentó torciendo su cara con expresiones ambiguas. Trataba de hablar, de dirigir sus palabras hacia afuera, pero ellas se iban hacia adentro. Sí, pensaba. Pensaba sobre todo en las palabras.

Una señora, que estorbaba sentada al lado suyo, veía la indefinición de su gesto. Interrumpió la angustia que ya era generalizada y le preguntó: ¿Le pasa a usted algo? La boca no se pudo cerrar más y soltó un puñado de preocupadas letras: alguien me quiere decir algo, dijo. La señora, que parecía entender del sufrimiento humano, sonrió como el niño al reencontrarse con su juguete preferido. Sacó de su bolso de leopardo un pequeño panfletico con el paisaje de ese pasto inverosímil y ese señor plácido, habitado por la mayor cantidad de animales, unos sonreían y el resto los hacían sonreír. Alcanzó a leer el título: Un Nuevo Día.

La conjunción de tan utópica armonía lo obligó a las arcadas. Luego le reprochó a la cazadora de almas su creencia ciega. Se levantó y antes de que la señora le diese el panfleto, hundió el timbre.

El bus se detuvo a la vista del semáforo en rojo. Señor, señor, gritaba una voz reconocida desde el bus que ya arrancaba, obedeciendo al verde. El hombre, que ya cruzaba la calle, miró hacia la ventana desde donde se proferían los alaridos: recuerde que la muerte es sólo el principio. Cuando escuchó esto su cabeza retumbó causándole mareos. Tambalearon sus pies, que no fueron capaces de sostenerlo más allá de tres pasos borrachos, provocando el estrellón. Cayó en un abismo psíquico, tan profundo como las heridas que dejó el bus en su vientre al cambio del semáforo. Las miradas lanzadas desde una iglesia de garaje mostraban satisfacción y complacencia. La señora, llevando su bolso de leopardo de gancho, cerraba los ojos y decía en voz alta: la muerte es el principio de un nuevo día.

En la empresa, el lunes, todos comentaban la muerte de Ricardo Peláez mientras tomaban agua del dispensador. Concordaban en que Peláez era un buen empleado y las flores que le echaban no dejaban de caer. Aun así, la conversación se fue degradando hasta el debate sobre las nuevas labores adquiridas por la ausencia definitiva de un compañero. Y Peláez pasó de ser un contador ejemplar al cliente que anunciaba el letrero afuera de una funeraria.

La policía llegó a su casa para afinar la investigación. Uno de los practicantes encontró un sobre encima de la mesa. Sin dejarse ver de su superior, lo abre y ve un enigmático panfletico con un paisaje exageradamente bello y unas palabras que lo arrastran por la curiosidad y el extravío: Un Nuevo Día.

JUAN MANUEL GIRALDO.

domingo, 23 de octubre de 2011

Dolores de cabeza




Había pasado por todas las salas de espera de todos los hospitales, de todos los médicos. No obstante, seguía esa quietud en el sufrimiento. Esa pesadez hiriente que lo dejaba sin recuerdos y sin expectativas. Una cefalea sin origen y sin destino. El puñetero dolor de cabeza que no se le quitaba. Probó con masajes, paños, pepas, sexo, marihuana, litio. Lo probó todo, con la obediencia del condenado a muerte. Y no se le quitaba. Hasta que llegó Roque. Roque era una eminencia sin consultorio y sin títulos. Roque atendía a domicilio y llegó hasta la cama de la que hace veinte días no era capaz de levantarse. Roque llegó blanco y oliendo a limpio, cuando él ya no tenía esperanzas. Le molestó ese empecinamiento en la frustración, y la familiaridad del “doctor”, y lo gordo que era. Lo sano. Lo que más le chocó era lo sano que se veía Roque. Sin prestarle atención a sus lamentos, Roque le tocó el pelo. Sólo el pelo. Lo miró con una compasión beatífica y se fue cobrando y advirtiendo que volvería al otro día. Respire, dijo Roque en la puerta. Él respiró. Respiró. Y sucedió un milagro chueco. El dolor se retiró de la cresta sagital. Sólo de ahí. Sin embargo, era un alivio. Quiso agradecerle a Roque pero Roque ya se había ido, cobrando. De ese momento en adelante esperó a que Roque volviera. Y tal vez por eso creyó que el dolor en el frente, atrás y a los lados de la cabeza se había hecho más intenso. Insufrible. Exigió la presencia de Roque. Nadie le hizo caso. Vengándose aulló de dolor hasta que lo venció el sueño. Cuando despertó, si es que se puede despertar desde el dolor de cabeza, Roque lo estaba mirando. Sin decir nada volvió a tocarle el pelo. Respire, dijo Roque. Él respiró. Pudo sentir, pudo disfrutar que un peso arduo, humillante, se retiraba de la sutura coronal. Recordó que sabía todos esos nombres, con precisión quirúrgica, por los exámenes que le habían hecho hacerse, por los diagnósticos inciertos. Y ese era un avance: podía recordar. Esta vez sí alcanzó a agradecerle a Roque pero Roque se fue, cobrando, advirtiendo que volvería al otro día. Y al otro día Roque volvió. Él lo recibió con rabia porque sin duda el dolor se había hecho más intenso en el frontal, los parietales y el occipital, como si el mal fuera una masa que el “doctor” se conformara, mezquino, con redistribuir. Roque sonrió, tocándole el pelo. Esta vez llegó el alivio a la sutura lambdoidea. Qué nombre, pensó él, sin ganas de agradecerle a Roque que ya se iba, cobrando, diciendo mañana vuelvo. 


Roque siguió partiéndole la cabeza, retirando el tormento por líneas, cercándolo, dividiéndolo sin quitarlo. Antes él tenía un dolor, contundente, pero uno. Ahora su cabeza es un lote partido en muchos dolores, que se pueden seguir cortando ad infinitum. Que Roque sigue parcelando –también mañana– con la paciencia del verdugo, cobrando. Sano y gordo, además.


ESTEBAN GIRALDO.

lunes, 10 de octubre de 2011

Casi vale


Decía el cáustico Gide que las traducciones son como las mujeres: si son bonitas no son fieles y si son fieles no son bonitas. Sobran ejemplos para concederle toda la razón a esta boutade (¿cómo traducir bella y fielmente boutade?), aunque también tenemos todo el derecho a desconfiar de lo que Gide opine en materia de mujeres.

Lejos de este inquietante problema, el de la improbable afinidad entre belleza y fidelidad, Umberto Eco utilizó una expresión no menos ingeniosa para explicar el arte de traducir: se trata, según él, de “decir casi lo mismo”. En el adverbio está la verdad de la frase. El "casi" asume sin complejos la pérdida inevitable de un juego: el de poner un texto frente a un espejo que le devuelve una imagen imprecisa.

La traducción es un ejemplo, el mejor, de que casi sí vale.




PABLO CUARTAS.
IMAGEN: FERNANDO VICENTE.

martes, 4 de octubre de 2011

Picnic bajo techo



El día: 1 de octubre. El lugar: coliseo de la UPB en Medellín (debo aclarar que esta universidad es tal vez la que encabeza la lista de instituciones educativas que aborrezco, en todo el planeta). Como era de esperarse el lugar estaba medianamente vacío, pues apenas eran las 6 pasadas. La gente comenzó a llegar, y conforme el lugar se iba llenando, se hacía más notorio que el evento, más que un “picnic bajo techo”, era una fiesta de las facultades de diseño y arquitectura de la tan prestigiosa universidad. Identificarlo era fácil, todos tienen un-no-sé-qué-no-sé-dónde que combina muy bien con el rojo predominante de la universidad.


El evento estaba previsto para ser en el Orquideorama del Jardín Botánico de Medellín, pero al parecer, por cuestiones climáticas, prefirieron hacerlo bajo techo. El coliseo fue un problema para disfrutar el concierto, pues su reverberación eclesiástica natural nos entregaba una masa casi inentendible.


La primera banda en tocar fue Gordo´s Project  (http://www.myspace.com/gordosproject). De este grupo he hablado antes y hacía un buen rato no los escuchaba. Debo decir que me sorprendió el nivel de ensamble y musicalidad con que suenan ahora. La propuesta musical de José Villa –líder del grupo– y sus otros 8 integrantes tiene raíces en la música del Caribe, particularmente en un ritmo local: el chucu-chucu, pero se nutre con sonoridades de lo que actualmente se denomina “músicas urbanas”. Del nuevo repertorio recomiendo El llorón, tema que por la letra de la canción y la melodía principal me hizo pensar por momentos en The Cure y su Boys don´t cry. (La sola imagen mental de Robert Smith en ese paisaje gótico tropical se me hacia simplemente divertida). Gordo´s es una banda de baile y como tal es normal que el elemento principal sea una palabra bastante misteriosa para mí: groove. Siempre me gusta recordar una máquina que se llamaba el sistema G.R.O.O.V.E, que puede o no tener relación con el otro groove, esa célula o germen que te mantiene moviendo cualquier parte de cuerpo al escuchar una canción. Este elemento rítmico, bailable, está apoyado de muy buenas melodías, unas letras atrayentes por su “aparente facilismo” y una coreografía muy antioqueña, es decir, un baile insípido, insaboro, inoloro; como la “cumebia hedioneda, de Colombia para el mundo”. Gordo´s conjuga todos los elementos de la música en canciones de largo aliento, donde se puede escuchar o bailar o coquetear con cierto encanto desenvuelto.


La segunda banda fue El frente cumbiero (http://www.myspace.com/frentecumbiero), banda liderada por Mario Galeano, reconocido en ciertos círculos como un investigador serio del folclor colombiano. El frente es curioso desde su formación: batería/percusión, clarinete/saxofón, guitarra/electrónica en tiempo real, teclados/raspa/secuencias electrónicas. Su manera de concebir la estructura de sus canciones se basa en el modelo propuesto por la música de baile de origen europeo, donde se busca que el público nunca deje de moverse, utilizando dos secciones, casi siempre basadas en dos frases melódicas y pintando atmósferas, texturas y drones, que tienen una fuerte cercanía al Dub. Es válido hacer notar que El frente hizo un disco con nada más y nada menos que Mad Profesor, el mismo del documental Dub echoes, donde encontré una frase que guardaré para siempre en mi memoria: “todo objeto tiene su sombra, toda música tiene su dub, solo debes buscarlo”.


Admito, además, mi admiración musical por el guitarrista del grupo, el compositor bogotano Eblis Álvarez, también líder de los Meridian Brothers (http://www.myspace.com/meridianbrothers). Eblis logra con su guitarra y su electrónica en tiempo real (diseñada por él mismo en plataformas como Max/msp, Pure Data o Supercollider) ese tinte extraño y hermoso que refuerza un gesto musical como el que propone el Frente cumbiero. La labor de Eblis demuestra que se puede explorar de una manera seria y respetuosa la música de origen folclórico, sin utilizar fórmulas facilistas que le dan la vuelta al mundo gritando “fuego, mantenlo prendido, fuego”.


La tercera banda –y tranquilo señor lector, no desespere que esto pronto acabará– fue Systema solar (http://www.myspace.com/systemasolar). En principio debo decir que el vestuario y las imágenes proyectadas hacen de su puesta en escena un numerito que por ostentoso resulta todavía más mediocre. En menos de 30 segundos Systema solar tenía bailando a toda la muchachada. En este momento fue cuando sentí que realmente estaba en un picnic bajo techo o, mejor aún, en un zoológico liderado por John Primera, “el diablito del flow costeño e índigo”, “la voz del despegue”. Por momentos sentí que esta banda prometía un acercamiento a la verdadera música electrónica colombiana: la champeta. Pero muchas veces recurren a una fórmula que cualquiera de los lectores puede hacer en su casa. Hágalo usted mismo: 1. Descargue un editor de audio (www.audacity.com); 2. Importe un audio de música afrocaribeña colombiana; 3. Importe un audio de música electrónica de baile; 3. Superponga ambos y reprodúzcalos.


Es necesario mencionar de nuevo que Systema solar es una banda donde el performance es totalmente necesario y debe ser tomado como tal: un show donde la música se pierde casi por completo, o como me dijo un amigo: “marica, uno no les pide una sonatina, pero hacen falta melodías, armonías y silencios”.


John Cage siempre aseguró que cualquier cosa podía ser música, siempre y cuando esto fuera lo que el autor quisiera que pasase; lo que me lleva a una definición de ruido: ruido es todo lo que no queremos que pase en la música. El resto, es música. Y justo eso fue lo que no se presentó al final de ese picnic bajo techo. Esa contradicción en los términos. Nada de música: puro ruido bailable.


JOSÉ GALLARDO
IMAGEN: ANTOINE WATTEAU