
jueves, 27 de enero de 2011
La última Coca-Cola en la mano

sábado, 22 de enero de 2011
Piscina

Como a las nueve y media o diez de la mañana comienza la ceremonia. Los bañistas de todas la edades, toalla en mano, dejan sus sandalias a un lado, se estiran, intuyen la frescura de ese espejo en el que uno puede sumergirse y del que provienen los reflejos que obligan a los más sensibles a hacer viscera con las manos; los bebes se tornan mohosos gracias a las protecciones maternales, las mujeres calculan las dosis de esa viscosa película para untar que queda en los tarros de sus bronceadores, una niña llega comiéndose la última parte de la galleta del desayuno; en fin, nadadores e incapaces se reúnen en torno de una adoración húmeda y abrasadora al borde de la piscina. Se lanza el primero, atún de cloro estabilizador, bromo e hidrogenosulfato de sodio –que mantiene perfecto el ph del agua–. A eso de las seis de la tarde se retira el último y cuando se escurre y sacude la cabeza da por concluida otra sesión de una infamia que con toda seguridad se repetirá al día siguiente.
A uno se le olvida que la gente es fea. Los cuerpos de la gente, digo. O no, qué va: la gente, a secas; uno mismo. Pero yo lo veo y lo recuerdo siempre en las piscinas. Tanto exhibicionismo, tanta fealdad en pantaloneta, tanta desgracia descubierta en y por un bikini. A las muchachas impúberes se les asoman ya los defectos y las malformaciones que en sus madres y sus tías son puro espectáculo. Las mujeres jóvenes se calcinan las estrías, los gordos y los juanetes que exhiben coqueta y desvergonzadamente. Algunas, las más bellas –y esto es lo peor–, no se compadecen, sonriendo, de tu deseo atento, de tus ganas de perdonarles todo y pasarles las sandalias y una cerveza. Claro, qué te van a sonreir si ellas mismas se asquean de los tipos que les desfilan incesantes, con el interior de los bolsillos de sus pantalonetas como una bandera, al aire esas orejas de tela que son un colador blanco, chorreando agua, y pelos. Los niños gritan, dan volteretas en el aire, se persiguen, se carcajean, tragan agua y es un contento tan delicioso que sería indecente reprocharles que no salgan de la piscina y orinen en un sanitario, como debe ser.
A eso de las tres de la tarde vi a un borracho, en un rincón, escupiendo lo que debería ser algún tipo de jugo gástrico revuelto con aguardiente. Antes me había indignado una parejita de novios que querían ser invisibles para seguir tocándose sin tener que mirar quién los estaba mirando. Ahora disfruto que todas estas imágenes se vayan disolviendo, resolviendo en esa sopa, en ese líquido vivo adornado aquí y allá por un flotador de flores, una ballena inflable, una pelota.
Dejo las cosas hasta este punto –y esta profundidad– porque ya se imaginarán ustedes las demás contravenciones a la estética y a la higiene que yo me ahorro; porque casi nunca me meto a una piscina, y cuando paseo por ahí me cuido de andar lo mejor vestido que pueda. Yo acompaño en el chapuzón y la bronceada únicamente a la gente que quiero y le tengo confianza. Para ellos, que son hermosos, no valen estas palabras.
Hace días leí una “tarea no hecha” de Luis Miguel Rivas en El Espectador; hablaba de lo deseables, de lo autónomas, de lo buenas mujeres que son las mujeres que fuman en la calle. La entrada –buenísima– terminaba con una esperanza: el narrador prendía su puchito, pensando que en el cielo de los Buenos Aires esas volutas se encontrarían con los restos de aliento de todas las mujeres que fuman en la calle, tan deseables, tan autónomas, tan buenas mujeres que son. Lástima no poder siquiera fantasear, ni en el sueño más acromegálico, con que eso ocurra en una piscina; si en el aire quemado que es el humo podríamos encontrarnos idealmente, en el agua no nos queda más que humillarnos, hundirnos, naufragar en la tarea inconsciente pero manifiesta de revolver nuestras miserias.
ESTEBAN GIRALDO.
lunes, 17 de enero de 2011

16 de enero de 2011, Bogotá.
Señor,
Don Alejandro Ordóñez Maldonado.
Procurador General de la Nación.
El nombre de Colombia es muy hermoso, dice Fernando González, pero habría que inventar otro que se adecúe mejor a nuestra manera de ser, a lo que hoy somos. ¿Cómo se podría llamar?, se pregunta. Y contesta: República de las Babas.
Por aquello de que “todo ser persevera en su ser”, Colombia, ayudada por gentes de su talante, se esfuerza sin descanso en ser lo que su nombre real indica. No el cultismo al genovés que vino en representación de la Corona Española; no el nombre de derecho sino el de hecho, Procurador, el que le puso el filósofo de Otraparte. Convendrá usted seguramente que los otros imaginados por él no estaban mal -Rastrojo, Aguamasa, Bobiconia- pero no cumplían como el primero la condición inicial: adecuarse mejor a nuestra manera de ser. No expresaban tan bien como éste lo que hoy somos: una República pegada con babas, una República repleta de babosos.
Por eso es admirable su trayectoria, porque todas sus acciones han estado dirigidas al respeto de nuestra condición esencial. La más reciente prueba que le ha puesto la Providencia ya es objeto de trámites legales en el Ministerio que usted regenta. Se trata de la demanda contra un cantante de vallenatos que tocó los genitales de un niño en Patillal, Cesar. Mientras la Procuraduría pide esclarecer las razones de la denuncia, la familia del menor afirma que el escándalo es desproporcionado. Desóigalos, Señor Procurador. A estas pobres gentes la mano del Estado debe corregirlas, señalarles lo bueno, aunque lo bueno vaya en contravía de sus costumbres salvajes. Lo que sin cámaras de televisión no pasaría de ser un simple gesto de camaradería, Señor Ordoñez, es preciso elevarlo a la categoría de delito. Una “actuación muy común en los oriundos de la región atlántica”, muy a pesar de la espontaneidad de estos seres bucólicos y atrasados, debe convertirse en crimen cuanto antes. De lo contrario, Señor, nos arriesgamos a que corrompan a las almas que garantizan la conservación de la República.
Señor Procurador: hace bien en prestarle toda la atención a este ejemplo de aberración sexual, pero haría mejor si se ocupara usted mismo del caso. La gravedad del mismo no permite delegar, y menos en mujeres, como entiendo que lo ha hecho. Sólo usted puede garantizar todavía la observancia de la moral sana. Le sugiero de paso otro nombre que merecería su concurso por dedicarse a conductas similares: Fernando Vallejo, un escritor invertido que hace unos años, ¡hélas!, fue absuelto de una demanda que le puso usted por escribir una sátira contra los Evangelios. Ahora ocupa usted el Ministerio Público, de suerte que representa la voluntad popular. No sea blando esta vez: nada de demandas, ahórquelos, decapítelos en plaza pública, así nos hará el favor de educar con el ejemplo a las juventudes y dará usted la mayor gloria a Dios y a la República de las Babas.
Reciba mi atento saludo,
viernes, 24 de diciembre de 2010
Sin piedad contra los débiles

“Al que no tiene se le quitará hasta lo poco que tiene” –cito de memoria un libro de la biblia que no recuerdo–. Las imágenes que no se cansan de explotar los medios son elocuentes; la profecía secular de las escrituras vuelve a repetirse. Y seguirá repitiéndose cada año, con la precisión del aguacero, con el ciego encarnizamiento de las amables estaciones que le tocaron a Colombia –que es pasión–.
Por más que se diga en la Teletón y demás masturbaciones caritativas –que son necesarias–, el drama del invierno no es exclusivo de los pobres, esas gentes ahogadas en pueblos innominables. Ya el año pasado algunos ricos de Medellín sufrieron la cachetada fría de una ladera en deslave. En estos meses, grandes terratenientes han mudado su ambición por la cara ejemplar del damnificado, industriales y comerciantes han visto sus grandes apuestas de fin de año naufragar en bodegas de alta seguridad, y transportadores y viajeros de todas las condiciones han dejado empantanado su destino en salas de espera y recodos de carretera.
La tragedia es nacional, y no es producto del fenómeno de la niña; es el resultado de la estupidez precámbrica de los planificadores y controladores del uso de la tierra en Colombia. La tragedia es, también, política. Hija de la desidia institucional para tomar las precauciones necesarias en contra de la fuerza legítima e indolente de la naturaleza. La Gabriela era un momumento al peligro; hoy es otra ofrenda sacrificial que hemos pagado por la incapacidad de proteger la vida de nuestros ciudadanos. Nadie puede decir que lo que ha pasado en Gramalote, en el Atlántico o en las riberas del Magdalena, el Cauca y demás ríos, era inesperado. Se trata de las bodas con una novia fea, de la que sabíamos que más tarde que temprano acudiría a la cita. Los encargados, sin embargo, no hicieron lo suficiente. Corporaciones autónomas regionales, alcaldes, gobernadores, ministros y presidentes parecen complacidos por su eficiencia en mitad de la inundación y el derrumbe, suscitando la solidaridad de todos, olvidando que era su responsabilidad que no sucedieran. Por supuesto, la eficiencia verdadera no da primeras planas, no se nota. A la larga, meditática y electoralmente, no es tan rentable. Puede ser incluso contraproducente. Uno piensa en el alcalde de Bello sacando a punta de antimotines a la gente en riesgo en Calle Vieja y escucha las exclamaciones de los desalojados y sus vecinos: ¡Cómo nos sacan de la casa! ¡No me pueden quitar lo poquito que tengo! Y, por supuesto, tendrían razón. Lo responsable hubiera sido realizar los reasentamientos en condiciones dignas y planificadas. Pero eso cuesta, y como es lo menos que uno espera de un “dignatario” y de las instituciones competentes, no hubiera existido la oportunidad de dejarse ver tan responsable, tan digno, tan diligente y tan humano, en botas pantaneras y chaleco nuevo en la emisión meridiana del noticiero, en vivo y en directo.
De otro lado nos hubieran despojado, esta vez sí, de la vulgar caridad de nuestras estrellas de televisión, unidas en el esfuerzo de juntar plata en una transmisión común de más de un día; tan buenos que son, tan generosos. Yo hubiera votado por el que me ahorrara el placer de ver a Jota Mario Valencia y a Jorge Alfredo Vargas como un dúo dinámico. Pero dadas las circunstancias no queda más que agradecer a estos galanes históricos, espléndidos, patéticos; esdrújulos. Gracias, de verdad.
Ahora, tendremos que conseguir otros diez billones –pensar en los ceros de la cifra confunde– para reparar lo irreparable, para nuevas víctimas. Víctimas, como las de la violencia, de la miserable inteligencia de nuestros políticos, de la miserable ejecución de nuestras instituciones; en fin, de nuestra propia miserableza como nación, que es el rasgo más palmario y más vergonzoso de doscientos años de independencia. Tan débiles que somos, tan pobres todos –hasta los ricos–; tanto que ya no es Dios sino el agua y la tierra las que nos quitan hasta lo poco que tenemos.
ESTEBAN GIRALDO.
sábado, 18 de diciembre de 2010
335 (II)

Véase antes -y si se quiere- la primera entrada al respecto. Click aquí.
-Con este van trescientos treinta y pico.
-Treinta y cinco.
-Eso. Trescientos treinta y cinco.
-¿Y con este qué pasó, por qué se fue?
-Por nada, porque sí: porque estaba vivo. Y no se fue: “lo fueron”. Y porque además y de todas formas se iba a morir, como usted y como yo.
-Eh… pero es que cada vez se mueren más jovencitos. Antes duraban más.
-Ni tanto, dos meses más yéndoles muy bien.
-¿Y ahora?
-Ya le dije: rapidito, desde octubre, los despachamos. Suerte que te vi…
-Como quien dice breve.
-Sin dolor.
-Ah…
-¿Qué? Eso no es tanto: vamos al río y allá los tiramos. ¿No vio? Vaya y verá. Otro muñeco flotando sobre el río del tiempo…
-¿O sea que a este el río se lo va a llevar?
-Ya se lo llevó: hace dos meses que este año se acabó.
-¿Por eso la fiesta?
-Sí: entre menos dure la locura, mejor.
PABLO CUARTAS.
IMAGEN: JESÚS GUTIÉRREZ GÓMEZ.
lunes, 13 de diciembre de 2010
Entrevista

domingo, 5 de diciembre de 2010
Fuga
