sábado, 22 de enero de 2011

Piscina


Como a las nueve y media o diez de la mañana comienza la ceremonia. Los bañistas de todas la edades, toalla en mano, dejan sus sandalias a un lado, se estiran, intuyen la frescura de ese espejo en el que uno puede sumergirse y del que provienen los reflejos que obligan a los más sensibles a hacer viscera con las manos; los bebes se tornan mohosos gracias a las protecciones maternales, las mujeres calculan las dosis de esa viscosa película para untar que queda en los tarros de sus bronceadores, una niña llega comiéndose la última parte de la galleta del desayuno; en fin, nadadores e incapaces se reúnen en torno de una adoración húmeda y abrasadora al borde de la piscina. Se lanza el primero, atún de cloro estabilizador, bromo e hidrogenosulfato de sodio –que mantiene perfecto el ph del agua–. A eso de las seis de la tarde se retira el último y cuando se escurre y sacude la cabeza da por concluida otra sesión de una infamia que con toda seguridad se repetirá al día siguiente.

A uno se le olvida que la gente es fea. Los cuerpos de la gente, digo. O no, qué va: la gente, a secas; uno mismo. Pero yo lo veo y lo recuerdo siempre en las piscinas. Tanto exhibicionismo, tanta fealdad en pantaloneta, tanta desgracia descubierta en y por un bikini. A las muchachas impúberes se les asoman ya los defectos y las malformaciones que en sus madres y sus tías son puro espectáculo. Las mujeres jóvenes se calcinan las estrías, los gordos y los juanetes que exhiben coqueta y desvergonzadamente. Algunas, las más bellas –y esto es lo peor–, no se compadecen, sonriendo, de tu deseo atento, de tus ganas de perdonarles todo y pasarles las sandalias y una cerveza. Claro, qué te van a sonreir si ellas mismas se asquean de los tipos que les desfilan incesantes, con el interior de los bolsillos de sus pantalonetas como una bandera, al aire esas orejas de tela que son un colador blanco, chorreando agua, y pelos. Los niños gritan, dan volteretas en el aire, se persiguen, se carcajean, tragan agua y es un contento tan delicioso que sería indecente reprocharles que no salgan de la piscina y orinen en un sanitario, como debe ser.

A eso de las tres de la tarde vi a un borracho, en un rincón, escupiendo lo que debería ser algún tipo de jugo gástrico revuelto con aguardiente. Antes me había indignado una parejita de novios que querían ser invisibles para seguir tocándose sin tener que mirar quién los estaba mirando. Ahora disfruto que todas estas imágenes se vayan disolviendo, resolviendo en esa sopa, en ese líquido vivo adornado aquí y allá por un flotador de flores, una ballena inflable, una pelota.

Dejo las cosas hasta este punto –y esta profundidad– porque ya se imaginarán ustedes las demás contravenciones a la estética y a la higiene que yo me ahorro; porque casi nunca me meto a una piscina, y cuando paseo por ahí me cuido de andar lo mejor vestido que pueda. Yo acompaño en el chapuzón y la bronceada únicamente a la gente que quiero y le tengo confianza. Para ellos, que son hermosos, no valen estas palabras.

Hace días leí una “tarea no hecha” de Luis Miguel Rivas en El Espectador; hablaba de lo deseables, de lo autónomas, de lo buenas mujeres que son las mujeres que fuman en la calle. La entrada –buenísima– terminaba con una esperanza: el narrador prendía su puchito, pensando que en el cielo de los Buenos Aires esas volutas se encontrarían con los restos de aliento de todas las mujeres que fuman en la calle, tan deseables, tan autónomas, tan buenas mujeres que son. Lástima no poder siquiera fantasear, ni en el sueño más acromegálico, con que eso ocurra en una piscina; si en el aire quemado que es el humo podríamos encontrarnos idealmente, en el agua no nos queda más que humillarnos, hundirnos, naufragar en la tarea inconsciente pero manifiesta de revolver nuestras miserias.

ESTEBAN GIRALDO.

lunes, 17 de enero de 2011


16 de enero de 2011, Bogotá.


Señor,

Don Alejandro Ordóñez Maldonado.

Procurador General de la Nación.


El nombre de Colombia es muy hermoso, dice Fernando González, pero habría que inventar otro que se adecúe mejor a nuestra manera de ser, a lo que hoy somos. ¿Cómo se podría llamar?, se pregunta. Y contesta: República de las Babas.

Por aquello de que “todo ser persevera en su ser”, Colombia, ayudada por gentes de su talante, se esfuerza sin descanso en ser lo que su nombre real indica. No el cultismo al genovés que vino en representación de la Corona Española; no el nombre de derecho sino el de hecho, Procurador, el que le puso el filósofo de Otraparte. Convendrá usted seguramente que los otros imaginados por él no estaban mal -Rastrojo, Aguamasa, Bobiconia- pero no cumplían como el primero la condición inicial: adecuarse mejor a nuestra manera de ser. No expresaban tan bien como éste lo que hoy somos: una República pegada con babas, una República repleta de babosos.

Por eso es admirable su trayectoria, porque todas sus acciones han estado dirigidas al respeto de nuestra condición esencial. La más reciente prueba que le ha puesto la Providencia ya es objeto de trámites legales en el Ministerio que usted regenta. Se trata de la demanda contra un cantante de vallenatos que tocó los genitales de un niño en Patillal, Cesar. Mientras la Procuraduría pide esclarecer las razones de la denuncia, la familia del menor afirma que el escándalo es desproporcionado. Desóigalos, Señor Procurador. A estas pobres gentes la mano del Estado debe corregirlas, señalarles lo bueno, aunque lo bueno vaya en contravía de sus costumbres salvajes. Lo que sin cámaras de televisión no pasaría de ser un simple gesto de camaradería, Señor Ordoñez, es preciso elevarlo a la categoría de delito. Una “actuación muy común en los oriundos de la región atlántica”, muy a pesar de la espontaneidad de estos seres bucólicos y atrasados, debe convertirse en crimen cuanto antes. De lo contrario, Señor, nos arriesgamos a que corrompan a las almas que garantizan la conservación de la República.

Señor Procurador: hace bien en prestarle toda la atención a este ejemplo de aberración sexual, pero haría mejor si se ocupara usted mismo del caso. La gravedad del mismo no permite delegar, y menos en mujeres, como entiendo que lo ha hecho. Sólo usted puede garantizar todavía la observancia de la moral sana. Le sugiero de paso otro nombre que merecería su concurso por dedicarse a conductas similares: Fernando Vallejo, un escritor invertido que hace unos años, ¡hélas!, fue absuelto de una demanda que le puso usted por escribir una sátira contra los Evangelios. Ahora ocupa usted el Ministerio Público, de suerte que representa la voluntad popular. No sea blando esta vez: nada de demandas, ahórquelos, decapítelos en plaza pública, así nos hará el favor de educar con el ejemplo a las juventudes y dará usted la mayor gloria a Dios y a la República de las Babas.


Reciba mi atento saludo,

PABLO CUARTAS

viernes, 24 de diciembre de 2010

Sin piedad contra los débiles


“Al que no tiene se le quitará hasta lo poco que tiene” –cito de memoria un libro de la biblia que no recuerdo–. Las imágenes que no se cansan de explotar los medios son elocuentes; la profecía secular de las escrituras vuelve a repetirse. Y seguirá repitiéndose cada año, con la precisión del aguacero, con el ciego encarnizamiento de las amables estaciones que le tocaron a Colombia –que es pasión–.

Por más que se diga en la Teletón y demás masturbaciones caritativas –que son necesarias–, el drama del invierno no es exclusivo de los pobres, esas gentes ahogadas en pueblos innominables. Ya el año pasado algunos ricos de Medellín sufrieron la cachetada fría de una ladera en deslave. En estos meses, grandes terratenientes han mudado su ambición por la cara ejemplar del damnificado, industriales y comerciantes han visto sus grandes apuestas de fin de año naufragar en bodegas de alta seguridad, y transportadores y viajeros de todas las condiciones han dejado empantanado su destino en salas de espera y recodos de carretera.

La tragedia es nacional, y no es producto del fenómeno de la niña; es el resultado de la estupidez precámbrica de los planificadores y controladores del uso de la tierra en Colombia. La tragedia es, también, política. Hija de la desidia institucional para tomar las precauciones necesarias en contra de la fuerza legítima e indolente de la naturaleza. La Gabriela era un momumento al peligro; hoy es otra ofrenda sacrificial que hemos pagado por la incapacidad de proteger la vida de nuestros ciudadanos. Nadie puede decir que lo que ha pasado en Gramalote, en el Atlántico o en las riberas del Magdalena, el Cauca y demás ríos, era inesperado. Se trata de las bodas con una novia fea, de la que sabíamos que más tarde que temprano acudiría a la cita. Los encargados, sin embargo, no hicieron lo suficiente. Corporaciones autónomas regionales, alcaldes, gobernadores, ministros y presidentes parecen complacidos por su eficiencia en mitad de la inundación y el derrumbe, suscitando la solidaridad de todos, olvidando que era su responsabilidad que no sucedieran. Por supuesto, la eficiencia verdadera no da primeras planas, no se nota. A la larga, meditática y electoralmente, no es tan rentable. Puede ser incluso contraproducente. Uno piensa en el alcalde de Bello sacando a punta de antimotines a la gente en riesgo en Calle Vieja y escucha las exclamaciones de los desalojados y sus vecinos: ¡Cómo nos sacan de la casa! ¡No me pueden quitar lo poquito que tengo! Y, por supuesto, tendrían razón. Lo responsable hubiera sido realizar los reasentamientos en condiciones dignas y planificadas. Pero eso cuesta, y como es lo menos que uno espera de un “dignatario” y de las instituciones competentes, no hubiera existido la oportunidad de dejarse ver tan responsable, tan digno, tan diligente y tan humano, en botas pantaneras y chaleco nuevo en la emisión meridiana del noticiero, en vivo y en directo.

De otro lado nos hubieran despojado, esta vez sí, de la vulgar caridad de nuestras estrellas de televisión, unidas en el esfuerzo de juntar plata en una transmisión común de más de un día; tan buenos que son, tan generosos. Yo hubiera votado por el que me ahorrara el placer de ver a Jota Mario Valencia y a Jorge Alfredo Vargas como un dúo dinámico. Pero dadas las circunstancias no queda más que agradecer a estos galanes históricos, espléndidos, patéticos; esdrújulos. Gracias, de verdad.

Ahora, tendremos que conseguir otros diez billones –pensar en los ceros de la cifra confunde– para reparar lo irreparable, para nuevas víctimas. Víctimas, como las de la violencia, de la miserable inteligencia de nuestros políticos, de la miserable ejecución de nuestras instituciones; en fin, de nuestra propia miserableza como nación, que es el rasgo más palmario y más vergonzoso de doscientos años de independencia. Tan débiles que somos, tan pobres todos –hasta los ricos–; tanto que ya no es Dios sino el agua y la tierra las que nos quitan hasta lo poco que tenemos.

ESTEBAN GIRALDO.

sábado, 18 de diciembre de 2010

335 (II)

Véase antes -y si se quiere- la primera entrada al respecto. Click aquí.


-Con este van trescientos treinta y pico.

-Treinta y cinco.

-Eso. Trescientos treinta y cinco.

-¿Y con este qué pasó, por qué se fue?

-Por nada, porque sí: porque estaba vivo. Y no se fue: “lo fueron”. Y porque además y de todas formas se iba a morir, como usted y como yo.

-Eh… pero es que cada vez se mueren más jovencitos. Antes duraban más.

-Ni tanto, dos meses más yéndoles muy bien.

-¿Y ahora?

-Ya le dije: rapidito, desde octubre, los despachamos. Suerte que te vi…

-Como quien dice breve.

-Sin dolor.

-Ah…

-¿Qué? Eso no es tanto: vamos al río y allá los tiramos. ¿No vio? Vaya y verá. Otro muñeco flotando sobre el río del tiempo…

-¿O sea que a este el río se lo va a llevar?

-Ya se lo llevó: hace dos meses que este año se acabó.

-¿Por eso la fiesta?

-Sí: entre menos dure la locura, mejor.


PABLO CUARTAS.

IMAGEN: JESÚS GUTIÉRREZ GÓMEZ.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Entrevista


Sudando. Me llaman. Entro. Debo esperar a que me extienda la mano, saludar de manera cortés y esperar a que me invite a sentar. No cruzar las piernas ni los brazos. No mirar al suelo, ni sobre su cabeza. Tengo que escuchar muy bien y responder mejor, ser agradable y parecer interesante. Hablar bien de mí mismo, y de cuando en vez soltar un defecto, no como tal, sino como ese algo que debo y sé que puedo mejorar. Ahí estoy: sentado…una gota de sudor quiere recorrer mi rostro, mostrarme débil. No debo titubear, ni hablar mal de la última empresa en la que trabajé. Sonreír –no mucho. Debo lucir inmaculado: compré zapatos, un pantalón, correa, camisa y camiseta. Hoy no traigo corbata. Al terminar me dicen que me llamarán. Salgo. Me calmo un poco y dejo de sudar.

FEDERICO MURO

domingo, 5 de diciembre de 2010

Fuga



Sabe que no sirve para nada. Lo sabe. Peor: lo siente. Acaba de ver una película, una película pretenciosa. Perturbadora. Hace algo de comer. A las cuatro de la tarde apenas ha tomado algo. Pero no, hambre no tiene. Su cuerpo flaco ni siquiera se lo exige. Lo hace por cumplir. Porque toca. Por costumbre. Pone música y se pone a escribir. En tiempos como estos no se le ocurre nada. Pero se ve escribiendo una larga página. Una página ardua que le sale con facilidad. Lo ve, pero no le sale. Entonces ve al hombre que escribe, ve que la página se llena de letras, de palabras como hombre. Escribe. Hombre que escribe. De golpe ve que el tipo se detiene. Y como en un sueño, por más que se esfuerce por leer no puede. La página se desenfoca, objetos se oponen a su mirada. Le da un desespero de ciego. Antes de que se nuble por completo la mirada, alcanza a ver esa palabra: ciego. Y el negro. El hombre, al otro lado, se ríe. Y sigue. Describe la casa de paredes blancas y muebles negros, baratos. Habla de un hombre que cocina y come con ansias terribles. Como si fuera la primera y la última vez, con la certeza de que el hartazgo prevendrá la hambruna. Al final, por supuesto, este hombre se pone a escribir. Pero ahí se detienen las palabras. El hombre que imagina se queda en blanco. Mas el imaginado escribe con iguales ansias con las que comía. Cada letra es un golpe. Ahora es un hombre escribiendo y escuchando música. La música que llena las paredes blancas, y que es triste. Y la escritura que fluye sin más, como una repetición. Una repetición, una repetición. Una repetición. Este hombre ve a un hombre dormido en frente de un televisor, donde un hombre ve a otro escribir. Escenario blanco de un teatro, y en frente del escritor que escribe su propia representación, y la representación de este último representada por otro. Y éste por otro. No son idénticos, sin embargo, pero parecen infinitos. La música, de repente, se detiene. Y el hombre se ve en la película, al final de la fila de las representaciones, diminuto por el efecto de la perspectiva. Escribe, sin embargo, que un hombre está escribiendo. Ve que la página comienza con la frase que sabe que no sirve para nada, y en el texto ve a un hombre escribiendo sin parar, enceguecido por su propio ritmo. Y una música que no se detiene y que es la repetición indefinida en el tiempo de lo mismo. Un rollo interminable de blanco escrito, donde la historia recomienza. De pronto una imagen que regresa, una representación de la representación de la representación de la representación de la representación de la representación. Y ve que está solo. Va a la cocina. Come sin hambre y luego se pone a escribir. Un hombre comienza a las cuatro de la tarde una página en la que un hombre escribe que escribe a un hombre que se cansa escribiendo, y se pregunta: ¿por qué no seguís vos? Sigo yo, le responde otro. Y era un hombre que escribía a un hombre que escribía y tuvo que pelear con otro para que lo dejara continuar, porque estaba diciendo que sonaba música, pero el otro veía una película donde un hombre veía a un hombre que escribía su propia representación tan fielmente que la representación contaba, también, con su propia representación, y esa representación con una propia y así. Pero no lo logró porque uno de ellos sabía que no servía para nada. Lo sentía y no iba a dejar que los demás hicieran algo por él. Seguían siendo las cuatro de la tarde y la página ya era incuantificable. Y uno de ellos escribió un reloj que otro veía y que se sorprendía porque todavía eran las cuatro y porque aunque no había comido nada y no tenía hambre. Sin embargo hace que se pare y vaya hasta la cocina y haga algo, sin ganas, como por cumplir. Luego decide escribir a un hombre que escribe a un hombre realizando su propia escritura. Escribe un ombligo dentro de un ombligo. Y al interior un ombligo dentro de otro ombligo. Que lo devuelve a la escritura de sí mismo. A las cuatro de la tarde. A las paredes blancas, detenidas por la música. O donde se detiene la música. Y un hombre escribe que se detiene la música. Pero la música dice que un hombre detiene la música. Y se detiene. Pero el hombre que escribe escribe la música. Donde nuevamente un hombre la detiene. Pero no se detiene. Queda suspendida. Una suspensión larga. Larguísima. Donde son las cuatro de la tarde y hay una película donde un hombre y sus representaciones se escriben así mismas. Espejos autónomos que compiten en la disparata empresa de describirse. Y todo eso pasa también en la música. En la paredes blancas, como páginas, que dicen que un hombre escribe a un hombre, y que está adentro de esas paredes, y escribe que lee esas paredes. Se lee a sí mismo al tiempo que se escribe al interior de la propia escritura. Y no termina. Y aún así no sirve para nada. Y otro lo ve. Y lo escribe. Y se detiene. Y así…

ESTEBAN GIRALDO.
IMAGEN: ESCHER.

jueves, 25 de noviembre de 2010

El lápiz dorado *


No recuerdo qué clase de sentimiento me asaltó cuando aprendí a poner ciertos pensamientos en estos grafemas que hacemos al escribir. Estoy seguro de que en cierto momento me enseñaron a escribir, pero esto sólo lo puedo asegurar porque lo hago en este instante, bajo la premisa que escribo lo que pienso. Pero hay algo más allá: una especie de apuesta cada vez que se escribe. En el sentido que una apuesta siempre comporta un perder y un ganar. Dicho esto, ¿ganas o pierdes cuando escribes?, ¿escribes todo lo que piensas escribir, aún cuando te lo propones? Lejos de querer solucionar tal cuestión, sólo intento esbozar el problema, que al menos para mí, es escribir.

Ya desde Frankfurt nos dan un tour reconociendo las instalaciones de una jaula dorada, que el pequeño ingenuo trata de comprar con su fantasmática individualidad para obtener el resultado obvio de la ilusión de ser libre, o la elección. Elección entre unos objetos dominadores del deseo más original. Nada más imagínate decidiendo por un sabor en especial, que realmente no es el que quieres, sino por el que decides entre varias opciones. Es en este sentido que escribiendo tengo la ilusión de ser libre, al debilitar el movimiento de un deseo desconocido que, al fin y al cabo, sería el sentido de mi vida. En el proceso de su traducción hacia las palabras se ve confinado a unos movimientos que predicen su condena hacia la constante e infinita simbolización: sentarnos, rascarnos la cabeza, y agarrar el lápiz dorado. Éste, apoyándose sobre el papel, pasea al deseo a través de los pabellones de la palabra… para homologar la infinidad de singularidades y producir extraños efectos, como por ejemplo, que el lector pueda entender el esbozo de mi problema.

* Véase, si le interesa, el microcuento de Mariano Silva y Aceves.

JUAN MANUEL GIRALDO.