
16 de enero de 2011, Bogotá.
Señor,
Don Alejandro Ordóñez Maldonado.
Procurador General de la Nación.
El nombre de Colombia es muy hermoso, dice Fernando González, pero habría que inventar otro que se adecúe mejor a nuestra manera de ser, a lo que hoy somos. ¿Cómo se podría llamar?, se pregunta. Y contesta: República de las Babas.
Por aquello de que “todo ser persevera en su ser”, Colombia, ayudada por gentes de su talante, se esfuerza sin descanso en ser lo que su nombre real indica. No el cultismo al genovés que vino en representación de la Corona Española; no el nombre de derecho sino el de hecho, Procurador, el que le puso el filósofo de Otraparte. Convendrá usted seguramente que los otros imaginados por él no estaban mal -Rastrojo, Aguamasa, Bobiconia- pero no cumplían como el primero la condición inicial: adecuarse mejor a nuestra manera de ser. No expresaban tan bien como éste lo que hoy somos: una República pegada con babas, una República repleta de babosos.
Por eso es admirable su trayectoria, porque todas sus acciones han estado dirigidas al respeto de nuestra condición esencial. La más reciente prueba que le ha puesto la Providencia ya es objeto de trámites legales en el Ministerio que usted regenta. Se trata de la demanda contra un cantante de vallenatos que tocó los genitales de un niño en Patillal, Cesar. Mientras la Procuraduría pide esclarecer las razones de la denuncia, la familia del menor afirma que el escándalo es desproporcionado. Desóigalos, Señor Procurador. A estas pobres gentes la mano del Estado debe corregirlas, señalarles lo bueno, aunque lo bueno vaya en contravía de sus costumbres salvajes. Lo que sin cámaras de televisión no pasaría de ser un simple gesto de camaradería, Señor Ordoñez, es preciso elevarlo a la categoría de delito. Una “actuación muy común en los oriundos de la región atlántica”, muy a pesar de la espontaneidad de estos seres bucólicos y atrasados, debe convertirse en crimen cuanto antes. De lo contrario, Señor, nos arriesgamos a que corrompan a las almas que garantizan la conservación de la República.
Señor Procurador: hace bien en prestarle toda la atención a este ejemplo de aberración sexual, pero haría mejor si se ocupara usted mismo del caso. La gravedad del mismo no permite delegar, y menos en mujeres, como entiendo que lo ha hecho. Sólo usted puede garantizar todavía la observancia de la moral sana. Le sugiero de paso otro nombre que merecería su concurso por dedicarse a conductas similares: Fernando Vallejo, un escritor invertido que hace unos años, ¡hélas!, fue absuelto de una demanda que le puso usted por escribir una sátira contra los Evangelios. Ahora ocupa usted el Ministerio Público, de suerte que representa la voluntad popular. No sea blando esta vez: nada de demandas, ahórquelos, decapítelos en plaza pública, así nos hará el favor de educar con el ejemplo a las juventudes y dará usted la mayor gloria a Dios y a la República de las Babas.
Reciba mi atento saludo,





