jueves, 7 de enero de 2010

Cincuenta años sin Camus


"Un ruido brutal” fue lo que sintió un campesino que caminaba por la Nationale 5 el día 4 de enero de 1960, a escasos metros del lugar donde Michel Gallimard incrustó su automóvil en un árbol. Atrás iban su esposa y su hija, que salieron ilesas del accidente. A su lado iba Albert Camus.

La muerte es un simulacro en la vida de los artistas. Es la última página de sus biografías, pero a decir verdad una página insignificante en la vida propia de sus obras. Salvo algunos casos excepcionales –el fusilamiento de Lorca ordenado por Franco, la sífilis contraída por Rimbaud en África, el disparo en el corazón de J-A Silva- los artistas tienen una muerte muy inferior a la grandeza de sus obras. La pulmonía de Proust no se compadece con la belleza de sus evocaciones, el olvido de Beckett en un sanatorio de París es muy menor al lado de Esperando a Godot, el lento deceso de Borges en esa “noche” donada por Dios es menos conmovedor que cualquiera de sus versos.

La muerte es un asunto perfectamente banal para los hombres que tienen una obra que los sobrevive. Lo que en la vida de un hombre cualquiera es definitivo, en la vida del artista es casi siempre un asunto sin importancia. La petite histoire que conocen los biógrafos nos revela detalles que dignifican esas muertes: sí, Proust agarró su pulmonía en una noche de invierno en la que se exponía un cuadro de Vermeer que no podía dejar de contemplar; sí, el sanatorio de Beckett es una prolongación de ese ambiente sórdido de ancianos venidos a menos, al borde de la mendicidad y la locura; sí, la muerte de Borges en sus sombras de lector ciego no deja de recordarnos la maestría
de Dios, que con magnífica ironía le dio a la vez los libros y la noche. Pero de todas maneras son muertes que no merecen a esos muertos.

Vivir es muy difícil, pero morirse más. Uno puede elegir la manera de no llevar una vida mediocre, pero raramente tiene la posibilidad de escoger una muerte interesante. El 4 de enero de 1960 un hombre cualquiera informó que había un automóvil siniestrado en la Nationale 5. Albert Camus había declarado en broma que lo realmente Absurdo sería morir en un accidente de tránsito. Una muerte indiscreta, ruidosa, mundana, como correspondía al escritor que nos enseñó a elegir entre el fastidio de vivir y el placer de existir.


Pablo Cuartas


Fotografía: Henri Carier Bresson.

http://www.britannica.com/EBchecked/topic-art/97458/9167/Albert-Camus-photograph-by-Henri-Cartier-Bresson

lunes, 4 de enero de 2010

Lejano esté el día.

Yo sé que este blog lo leen tres o cuatro atunes, todos conocidos, todos más o menos díscolos, como uno, que le coge confianza a cualquiera por cualquier maricada. Así que no resultará un atrevimiento insufrible que les pida que vayan hasta la nevera, la alacena y los cajones de la cocina, y les exija que se fijen en lo que tienen en común la leche, los panes, los yogures, las pastas, las salsas, los quesos, las carnes frías, las arepas –telas y de chócolo–, las galletas, las gaseosas y, por supuesto, las latas de atún. Pero vayan. ¡Vayan! Es en serio. Voy a poner un punto aparte para darles tiempo de ir. Les juro que cuando vuelvan entraré en materia.

Sí, cómo no. Ya los veo pensando “se embobó este güevón”. Así que los perdono y, para los que no se hayan apercibido del asunto, les explicito la vaina. Todas esas cosas, hijas de un mundo rápido, aséptico y consumado, tienen fecha de vencimiento. Vencen tal día, tal mes, tal año. Casi todo vence. Los condones vencen. Las suscripciones vencen. Las drogas –todas, en general, no vayan a creer que porque el jíbaro no les dice la cosa dura toda la vida– vencen. Los cosméticos vencen. Los productos de aseo vencen. Las pinturas vencen. Las pilas vencen. Las contraseñas vencen. Los contratos, las obligaciones vencen. Las modas vencen. Los amores y los desamores vencen. Y podría seguir, pero si quieren sigan ustedes en los comentarios –no me voy a poner yo a enumerar el mundo–.

Y pillen que la palabra es bonita, porque vencer –depende del contexto– es el acto de echarse a perder o de ganar. Y por esa vía queda fácil un juego de palabras pendejo: “vence lo que no vence”, que podría ser una definición burda y brusca para lo que, por ejemplo, Borges entendía por “clásico”: lo que perdura en los hombres y en el tiempo. Pero mejor no sigo por este camino porque quién sabe dónde termina el párrafo.

Vuelvo al punto –si es que alguna vez estuve en él–. Nada. Que pensé escribir una entrada como para despedir el año, no fuera ser que por desidia el cambio de calendario pasara desapercibido. Y se me ocurrió eso de las fechas de vencimiento, para decir que también los años vencen, que este ya casi venció, y que a nosotros también nos corresponde una fecha de vencimiento, escrita quizá –para seguir con Borges– desde el principio del mundo. Y pues que sólo un deseo: lejano esté el día.

Diciembre 28 de 2009.

ESTEBAN GIRALDO.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Aburrición.

Las escaleras ascienden en su latitud y longitud exactas. Con sus pasos llevan, no obstante, a otro lugar. Nada falta en la nevera, ni en los armarios, ni en la biblioteca, ni en el baño. Nada sobra en los bolsillos; todo falta. Nada en la voluntad. Nada sobre el escritorio del segundo piso. El tiempo, que es blando, se escurre difícil en cada movimiento, en cada visión. Después de la ventana y la calle, donde los buses permanecen con su estruendo pasajero, la garúa y un hombre que en el paradero toca en violín alguna de las suites para cello de Bach. El estuche en el piso no recibe ninguna moneda, se conforma con el salivario de lluvia que le dejan las llantas de los buses. Nadie ha pasado por allí, pero el hombre continúa en repeticiones infinitas el mismo movimiento. La garúa cesa para convertirse luego en un verdadero aguacero, que termina rápidamente. El hombre sigue y nadie pasa. En el estuche nada la esperanza de algún dinero. Ese hombre y esa música parecen un monumento. Se acerca un pastor alemán gigantesco, y sería lindo que mordiera, que orinara, que se quedara muerto enfrente del violinista, que lo aplaudiera, que le botara una moneda. Pero no, pasa con una miradita de reojo, como corresponde a un perro. Todo es de una aburrición ingobernable. Aunque nada de convencional tiene un tipo parado en una esquina tocando Bach en medio de la lluvia y la soledad de transeúntes. Pero este tipo lo hace con una determinación tal que parece que solo pudiera hacer eso. Su destino trágico es estarse ahí, como Sísifo en la colina. Muchos buses después se acerca una anciana de bastón, guantes y pasamontañas. Se queda mirando al violinista. Hace un gesto para que un bus pare. El bus se detiene obstruyendo la perspectiva que se funda en la ventana. Y ojalá sea el violinista el que se suba al bus, ojalá sea una parada equivocada y a los dos les toque seguirse así, ojalá ocurra un choque, un infarto, una desbandada de pasajeros. Sin embargo todo ocurre como debe ocurrir. Una vez el bus ha partido se puede ver al violinista que sigue y seguirá, la anciana se ha ido y en el estuche flotan algunas monedas que brillan gracias al sol que comienza asomarse. Bach nunca termina. Todo como debe ser. La aburrición es la conciencia de la fatalidad. Las escaleras de caracol, hacia abajo, repiten las mismas coordenadas en diferente altura.

ESTEBAN GIRALDO.

FOTOGRAFÍA: CARACOL EN EL ARCO DEL TRIUNFO, JUAN FERNANDO MEJÍA.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Hemos Escuchado y oído.

El pasado jueves 3 de diciembre presencié la combinación de tres generaciones rockeras de la ciudad de Medellín. El lugar, Berlín Bar, las bandas (en su orden de aparición) Mr.bleat, Federico Goes y Matute; de esta manera comenzaré la imagen de lo que para mí fue uno de los conciertos más contundentes del presente año en esta ciudad.

La noche comenzó con la presencia imponente de 4 jóvenes músicos, Mr.bleat, los cuales a pesar de su corta experiencia en vivo logran establecer puntos álgidos en la interpretación de su música. Su sonido tiene mucho material actual, donde es fácil de reconocer los referentes que ellos mismos plantean en su página de myspace (www.myspace.com/mrbleat) y a los cuales no me referiré en este escrito. Sobra la invitación a buscarlos y a establecer cada uno su punto de vista. Pero bueno, para no irme por las ramas, pretendo tratar de reseñar un concierto en vivo, lo que para algunos es una tarea inoficiosa. Volviendo al sonido de Mr.bleat, podría decir que la utilización de fuertes riffs de guitarra, una apropiación de las herramientas tecnológicas (beats, secuencias, sintetizadores), baterías con un tono “roboticobailable”, establece una gran fuerza en el Groove, y en la continuidad de cada una de sus canciones; porque, si bien es una banda con fuertes influencias rockeras, sus pretensiones están sujetas al pop (entiéndase pop NO como un género, sino como una tendencia cultural y artística), y qué más pop que tener melodías reconocibles, afables y pegajosas, donde el texto es una excusa sonora para lograr una buena canción, tan difícil de lograr en estos días. Otra cosa muy difícil de lograr en estos días es encontrar una voz que sea fuerte y ligera, una voz que haga vibrar al público sin artimañas ni poses; ésta es la última pero no menos importante de las cualidades que tiene esta joven banda de la ciudad.

La siguiente banda o proyecto estuvo a cargo del “muchacho” Federico Goes (www.myspace.com/federicogoes). Sobre él ya me había referido, o bueno, sobre su más reciente disco: Madera; en ese escrito manifestaba mi gran interés en escucharlo en vivo, fuera de la mpc, el moog y el sable. Y ¡qué grata sorpresa me encontré! Goes estuvo acompañado de Jose Pablo en el bajo (conocido como Chepe Paco, vocalista y líder de Matute, personaje metido entre consolas y cables en el estudio La Finca) y Adán Naranjo (baterista y señor, del señor Naranjo). Su interpretación del álbum Madera estuvo apoyada por una fuerte entrega en la guitarra, realizada por él mismo; personalmente, es muy grato escucharlo tocar guitarra, pues creo que es el más grande de sus logros como músico. Ah y se me olvidaba -como Goes mismo nombra- "el maestro en la guitarra", Fernando Tobón (Toby, guitarrista actual de Juanes, nuestra estrella pop, entiéndase aquí pop como un género). Fue sencillamente extraordinaria su aparición en el concierto, su sonido y la entrega que revelaba al interpretar las canciones de Federico Goes.

Para terminar la noche, escuchamos al mismo formato de músicos, pero esta vez con un ligero cambio de papeles: Jose Pablo intercambió el bajo con la guitarra de Goes. Ahora con Jose Pablo al frente, comenzaron lo que él mismo dijo, “eran canciones escritas hace más de cuatro años, y que desde eso no tocaba en vivo”. Matute (www.myspace.com/matute) fue un proyecto que tuvo varios cambios en su formación, y que a pesar de su cortas presentaciones en vivo (hace 4 o 5 años) siempre me pareció bastante avanzado para lo que sonaba en la ciudad; estableciendo una dirección diferente (pero no contraria) de la tradición rockera de Medellín. Espero con ansias que Jose Pablo cumpla la promesa de grabar y sacar a la luz este trabajo discográfico, confío en lo que escuché y creo que es algo que puede oxigenar nuestro panorama sonoro.

La música en la ciudad de Medellín está tomando fuerza otra vez, tal vez sea la aparición de más espacios para conciertos, tal vez sea que las generaciones se están renovando o simplemente sea algo en el aire. Me encanta estar en este proceso y poder asistir a tantos conciertos, pues es allí donde la música realmente está viva.

Por ahora me despido, pero ojalá pueda volver a escribir sobre un concierto como éstos en la villa del señor, la tacita de plata o la ciudad de la eterna primavera (así esto no parezca primavera sino a ratos un infiernito caliente).

JOSÉ GALLARDO A.


viernes, 4 de diciembre de 2009

Perder las esperanzas.

La sangre y la lluvia.
Jorge Navas, 2009.

Como no he perdido del todo la buena fe –sigo siendo ingenuo–, entré al cine con la esperanza de ver una buena película. Apelando a lo visto no habría por qué dudar del director de Alguien mató algo, ese corto ya consagrado y todavía entrañable.

No obstante el ímpetu se desinfla casi antes de ver el título de la película. No se trata del realismo seco de los hermanos Dardenne, ni de la estilizada y dramática puesta en escena de Gus Van Sant. Y aunque sea excesivo y arbitrario intentar una comparación así, lo de Navas en su modestia camina entre los dos. Pero se queda en eso: camina, anda, rueda. Nada más. No va en la dirección de una verdadera dirección: patina. Un guión lleno guiños insuficientes. Una puesta en escena convencional. Una música que está por estar (aun cuando la protagonista parezca insistir en su importancia). Unas interpretaciones sin grandes reparos, sin grandes méritos. Unos diálogos forzados, al borde de ser inverosímiles. En fin, nada verdaderamente chocante (made in Colombia). La película pasa.

Calificar La sangre y la lluvia de acontecimiento cinematográfico, o decir de ella que es un retrato de la noche bogotana, o que se trata de una reflexión sobre la violencia o la soledad, parece cuando no un despropósito por lo menos una exageración. Y justo de ahí venía mi entusiasmo antes de entrar a la sala de cine, porque todo eso habían dicho del primer largo de Navas.

Pero no, ya aprendí. A cine es mejor entrar después de haber perdido las esperanzas.

ÓSCAR LACLAU.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Avanzar hacia atrás.

http://www.youtube.com/watch?v=j0T1xPnJIyY

El oxímoron es un recurso vilipendiado por los amantes de la lógica, pero amado por los que sabemos que este mundo vilipendiado hace mucho que no es lógico.

Basta con pensar en la reacción de la FIFA ante la legítima petición de Irlanda de repetir el juego que perdió ante Francia gracias a un gol ilegítimo de Gallas, a pase de Henry, que había controlado el balón con la mano justo en la raya final. Me cuentan que hubo disturbios a la salida del Stade de France. Los irlandeses, que desde temprano deambulaban por el Barrio Latino con inmensos vasos de cerveza, debían tener la sangre caliente cuando se produjo la jugada que hoy divide a Francia entre la vergüenza y el escepticismo.

“Es un escándalo, una vergüenza con mayúsculas”, dijo indignado Thierry Roland, uno de los relatores de fútbol más conocidos en Francia. Pero esta señal de sensatez y justeza no es la pauta general en el país de los Derechos del Hombre. El propio Henry resolvió el dilema ético con un recurso de bandolero: “Fue mano, pero yo no soy el árbitro”. En caliente, la estrella del Arsenal y del Barcelona había celebrado el gol a rabiar, corriendo por todo el campo de juego, sumándole ridiculez a la estafa. Parecía un escolar celebrando a fin de año el fraude que le permitía pasar al grado siguiente. Y lo peor: se sienten genios haciendo trampa.

La cosa está de moda, y en todas las latitudes. En un país suramericano, esta actitud ha sido asumida por militares condecorados que hablan de su compromiso con la seguridad de los ciudadanos. Luego, como hacen las cámaras con Henry, se descubre que los enemigos que habían abatido eran civiles que desaparecían en sus lugares de origen y resultaban enterrados al otro lado del país como “muertos en combate”. Ya que hablamos de manos, cuentan que a uno de estos casos lo encontraron con un fusil en la mano derecha y sus familiares aseguraron que era zurdo. Y que tenía, además, Síndrome de Down. Y lo peor: se sienten genios haciendo trampa.

En fin, el que sí puso la mano que era fue Henry. Puso la izquierda, porque la derecha habría evidenciado el fraude. Y así pasó, para mi sorpresa, al día siguiente de la patética clasificación de los bleu: “El dirigente de derecha Philippe de Villiers pidió a Domenech (técnico de Francia) que manifieste ‘públicamente’ su pesar ante Irlanda”. La izquierda no entiende por qué, si finalmente se logró la clasificación, hay tanto escándalo: “Somos un país extraño donde inclusive cuando nos hemos calificado, debatimos y estamos tristes”, estimó el socialista Manuel Valls.

Las declaraciones oficiales de la FIFA, decía, son tal vez lo más vergonzoso del insuceso del miércoles pasado. A Irlanda le respondieron con una leguleyada que nada tiene que ver con el espíritu deportivo y que insulta la inteligencia de quienes vimos, en todo el planeta, la fraudulenta mano de Henry. “El resultado del partido no puede ser cambiado y el partido no puede volver a jugarse. Como se menciona claramente en las reglas del Juego, durante los partidos las decisiones son adoptadas por el árbitro y esas decisiones son definitivas”. Toda la tecnología, las cámaras de Alta Definición, los siete ángulos que se conocen de la jugada, no valen un centavo ante el pensamiento salvaje de artículos e incisos que esgrimen los ancianos de la FIFA. Si el fútbol es un espejo del mundo, no es extraño que esta utilización de las normas en favor del tramposo le procure condecoraciones a nuestros mandos militares. También en ese caso se conoce la verdad, pero se prefiere avanzar hacia atrás.

PABLO CUARTAS.


jueves, 19 de noviembre de 2009

El otro, el orejón.

Entre el arquero con cola, el recurrente gigante y el caricaturesco acéfalo, destaco este ser que con sus grandes orejas se provee de lecho y cobija. Los cronistas lo habrán visto pasearse por los libros de caballería y luego, con la imaginación que hace falta para llenar un nuevo mundo, se pudo avistar, tal cual, entre los extraños habitantes de América. Por optimista me quedaría entonces con el homo fanesius auritus, el orejón (sin armas, ni tamaño excesivo, de figura inofensiva y simpática), pero no se trata de ser optimista, simplemente ante la idea del desconocido, la imaginación de un hombre, atizada por sus prejuicios, se inclina a lo monstruoso, a lo grotesco.

No albergamos la idea del otro y lo poco que conozcamos está mucho más cerca de este ser desconocido que somos que de ese ser desconocido que es. No entiendo, con semejante tipo de premisa, cómo se sostienen las relaciones humanas. En el fondo somos abismos semejantes por lo complejos, pero inconciliables el uno con el otro. Intentar conocerlo es un caso perdido y no intentarlo es imposible. Al final, aunque el del frente es un ser esquivo, se hace necesario contemplarlo, ver cómo muta, considerarlo, reconocernos en el supuesto punto de semejanza que nos hace humanos, es decir, saber simplemente que existe otro abismo.

Podría entonces pasarse por alto la cuestión y en efecto no valer de nada este escrito, y cada nuevo día despertarnos al lado de ojalá una figura simpática y monstruosa, desabrigarnos todavía somnolientos de su oreja calurosa, sin hacerle daño, curiosear un poco en ella, acariciarla mientras despierta, decirle muy buenos días, darle un beso, caminar hacia el baño y ver al frente, en el espejo, el Gregor Samsa de turno.

CAMILO GIRALDO.