jueves, 22 de octubre de 2009

Crónica de Lenguanegras.

Pocas veces puedo decir con certeza que el sonido de una banda es único.

Esta es mi humilde apreciación, luego de haber escuchado y escuchado y escuchado el disco Lenguanegra de la banda Parlantes; el cual fue lanzado en un concierto donde la puesta en escena de imágenes, luces, escenografía, y por su puesto la música puso a vibrar las paredes del teatro Lido de la ciudad de Medellín.

Lenguanegra recoge sonoridades cercanas a la salsa, el rock, el reggae, el tango y la cumbia, logrando potencializar con fuertes melodías los textos del único burro poeta: Camilo Suarez. Para lograr esto, los Parlantes tiene en su haber viejos lobos de la escena local: Pedro Villa en el Bajo, Alfonso Posada en la batería, David Robledo A en la percusión, los siameses temporalmente separados Freddy y John Henao en los teclados, y por último a Jose Villa Lenis en la guitarra.

En momentos donde se habla de la desaparición del CD físico, Parlantes nos brinda una propuesta donde el texto y lo grafico logran un objeto de recordación para el oyente. Material adicional inspirado en Lenguanegra y materializado por escritores y artistas amigos de la banda.

Por último les sugiero que escuchen y se pongan en contacto con ellos para obtener Lenguanegra, puesto que es un producto de carácter independiente como varias de las buenas cosas en la vida.

http://www.myspace.com/parlantes

P.D.: El primer párrafo de este escrito es dedicado a mi madre, Migdoriam Arbeláez A.

JOSÉ GALLARDO A.

viernes, 9 de octubre de 2009

Juvenal Arizabaleta.

Recordó la culpa. En la sala de redacción y con el sobre de la citación en las manos, reinventó el nombre y revivió lo que había inventado, la farsa que había borroneado de afán, a la hora de cierre de edición para poder salir con aquella practicante de senos pequeños, dientes grandes y una cintura que prometía verdades absolutas. Magdalena Santos, se llamaba, y por eso del amor –o algo así– se había convertido en su novia, en su concubina, en su esposa, en su mujer –qué carajos–. No pudo, sin embargo, dejar de repetirse el nombre que se le había ocurrido aquella vez: Juvenal Arizabaleta, Juvenal Arizabaleta. ¿Quién diablos podría llamarse así?

De ese nombre había escrito que, “vecino del barrio, es insistentemente acusado por testigos oculares como el asesino de”. El homicidio, en efecto, había tenido lugar. Se trataba de una mujer, pero no pudo recordar el nombre. Recordó, en cambio, el titular a cinco columnas, con toda su crónica, con toda su tramoya. Y la culpa a la que olía su cuerpo.

Ahora lo citaban al juicio de un tal Juvenal Arizabaleta. O bueno, a la condena de un tal Juvenal Arizabaleta, que ya se había declarado culpable de asesinato. El seguimiento del caso, claro, lo obligaba a asistir.

Llegó y se hizo aparte, escondiéndose. Al momento de entrar a la sala semivacía el enjuiciado se le acercó, pidiéndole al guardia que lo dejara un segundo, que era amigo del periodista y que quería decirle algo importante. Asustado, aguardó a que ese Juvenal Arizabaleta se sentara a su lado, y escuchó que en un susurro le dijo, casi soñador: “yo a vos también te inventé, te nombré en alguna parte”. Luego, turbado, asistió a un juicio cualquiera, de abogados vencidos y condenas anticipadas.

Al final el reo Juvenal Arizabaleta, un mulato gigante que viéndolo bien no tenía cómo llamarse de otra manera, pidió la palabra y dijo: “quisiera reconocer otra cosa, si se me permite”. Y entre la pausa de expectativa y de rigor, lo miró. Después, sereno, dijo: “También maté a Magdalena Santos”. En medio del estupor de jueces, fiscales y defensores sin defensa, a él le pareció imposible, porque esa misma mañana la había dejado en casa, radiante, igual de hermosa. Sin embargo al rompe agarró su teléfono móvil, buscó el contacto “Magdalena” –que tenía una muñequita al lado– y llamó con unas ansias para las que no encontró adjetivos. Esperó. Y nadie al otro lado. Nadie al otro lado de la vida. Y la culpa.

Vencido, aferrado a una esperanza que a esas alturas le parecía absurda, agria, necesaria, negra, sofocada, triste, vergonzosa –ahora sí tenía adjetivos– y arcana y líquida y visceral y, por fin, culpable, escribió en su libreta: “Magdalena Santos está viva”.

***

De Juvenal Arizabaleta se sabe que, en su celda, no para de decir nombres.


ESTEBAN GIRALDO.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Los estereotipos Esmeralda.

“Sobre el nuevo disco de Trópico Esmeralda: Estereotipos”

Hace poco terminé de leer un libro de Luis Ospina (cineasta Colombiano) donde en un capítulo hablaba del secreto más guardado del arte Colombiano: Pedro Manrique Figueroa: precursor del collage, técnica/estética que me causa gran fascinación, pues permite empegotarte de un montón de cosas mientras haces otras. Esta “cosística” sonora, es la que he encontrado en la obra de los Trópico Esmeralda, proyecto audiovisual liderado por Juan Fernando Ossa y Juan Fernando Gaviria que desde sus inicios demostraron recrear el paisaje de ramas y cables con su propia señal.

Estereotipos, su último trabajo, está publicado para descargar gratis en www.tropicoesmeralda.com, y a diferencia de sus álbumes anteriores, este tiene un contenido sonoro nuevo: la voz, la cual nos permite escuchar una reinterpretación de lo que comúnmente llamamos canciones, tanto desde la formalidad musical como desde la capacidad de producción sonora involucrada en cada pieza.

Los textos refuerzan el gran contenido programático o extra musical que siempre ha estado presente en dicho proyecto y que consolidan más esta propuesta que más que ser audiovisual, es interdisciplinaria.

En el disco podemos disfrutar de un paseo por esos lugares inimaginables que contienen lo que algunos llaman realismo mágico colombiano, parajes donde el Mareol, las estrellas en la arena y el guaro envenenao solo podrían ser posibles.

Este collage tiene como ingrediente adicional la participación de una gran cantidad de músicos invitados de la ciudad de Medellín, los cuales sin importar su tradición interpretativa (jazz, salsa, rock, música clásica, música electroacústica, música colombiana), se unieron en un proyecto que fue recopilado entre los años 2006 a 2009.

Para terminar entonces, les recomiendo que busquen éste y sus otros discos en:

www.tropicoesmeralda.com

JOSÉ GALLARDO A.

viernes, 4 de septiembre de 2009

La filosofía.

La filosofía como es conocida; abarcada en los estantes olvidados de las bibliotecas; o relevada por los libros que fueron películas hechas en base a otros libros; o por libros sobre vidas que parecen películas, no puede acabarse jamás. Ella es el organismo vivo que se adapta a los cambios de la humanidad pero sigue manteniendo un núcleo esencial: la dialéctica eterna, la controversia infinita y todas las palabras que contengan la raíz “contra”. La filosofía, “madre de la ciencia”, es una vieja terca de trapero en mano que se niega a abandonar una discusión por el solo hecho de obtener la última palabra. Sí, la filosofía es como tu tía solterona, o como la señora que no se ha bajado la moña y el ciclista a las siete pm.

Si la filosofía, por alguna razón inesperada y encontrada al azar, empieza a dejar cosas en claro, a dejar aserciones, a proponer positivamente; ella dejará el trapero y se sentará frente al microscopio, para convertirse en aquella señora madurada viche que es la ciencia. Se revolcaran los santos filósofos canónicos… bla bla bla pero como les dice un demonio “la crueldad es una manera para crear memoria en el hombre”. Y cómo no se revolcarán si las damas más “respetables” muchas veces son las más perecosas.

JUAN MANUEL GIRALDO.

viernes, 28 de agosto de 2009

N.


Imperativos potentísimos a los que tengo que oponer el orgullo. Para callar sin mentir. Ocultar no es mentir, como no es falsa la obra de arte detrás del velo. El silencio no puede generar engaño, sino interpretaciones equívocas, estúpidas. Pero el ruido articulado es en sí estúpida y equivocada interpretación. ¿Qué podría ser lo bastante fuerte para horadar este silencio mío y no quedar con el remordimiento que produce la mentira y más que con eso con su inepta vaguedad? ¿Cómo contener mis ganas sin profanar el mundo, sin hablar, sin sufrir y seguir siendo yo en la ínfima coherencia que me otorgo? Ya se sabe que no es posible comunicar sin información y que comunicar es al principio y al final estática del pensamiento, lo otro son sensacioncitas desvaídas, puro drama –feliz o triste– que como una babosa aprehende alguno que quiere entender y que al final obedece, si el que balbucea es brillante. Entender, lo que se llama entender es tan ilusorio, tan accidental, como pensar en una mujer que pasa y querer llamarla y que ella venga y se quede y se esté bien y que eso pase tal cual uno se lo imaginó. Imaginar, es decir ver, pensar, no nombrar con letras una mujer que pasa y querer llamarla y que ella venga y se quede y se esté bien. Pero ni siquiera ver, pensar, es lo que dicen estas palabras “ver”, “pensar”. Es también ver al perro que pasó antes que la mujer pase, es saber del señor que contando sus monedas ha comprado un cigarrillo a la señora de gafas y bastón en su puestico azul de la esquina; es saber del cielo sucio, difuminado, confundiendo los grises sin corazón de los edificios en los que no vive nadie y en los que nadie trabaja pero que están ahí, justo cuando el que mira, el que piensa, está viendo, está pensando a la mujer que pasa. Imaginar es siempre el ejercicio doble de imaginar lo no imaginado porque la mujer se llama Tere, tiene piel de oro, pelo negro, rizado de madre selva hasta en las axilas que no alcanzan a ser cubiertas por una camisa lila de hombre con las mangas recortadas, las mismas que parecen servirle de medias o de algo que hay entre la piel y en el pie izquierdo un tacón y en el pie derecho una bota grulla talla 42 zurda, que la hace caminar chueco, y no le funcionan bien los riñones y tiene unos dientes podridos que resaltan el vociferante esplendor de un collar que no se sabe si es de brillantes o de gotas condensadas de sudor, atadas con hilillos de saliva de niño con hambre y futuro incierto. Mas ésta no es la mujer imaginada más arriba, la que pasa y se queda, aquélla se llama de otro modo y es hermosa. He ahí otro problema, ¿cómo hacer que otro entienda esa cosa arcana a la que se solicita con las siete letras ordenadas de “belleza”? ¿Cómo describirla sobre –bajo– ése parámetro? Ya que decir sus ojos son así y asá, huele a tal cosa, etcétera, sería mentir, herirla mintiendo, nombrarla, fuera de ver derrotado mi orgullo por su magnífico ser. Significante que esquiva su significado, al que por un lado no ocupa nunca completamente y, por el otro, al que no puede escapar sin pagar el precio de su propia desaparición. Entonces ¿qué pasa si la mujer se llama N. y uno no quiere decirlo y ella no viene y no se queda y no se está bien y no pasa tal cual uno se lo imaginó?

Agosto, 2004.

ESTEBAN GIRALDO


domingo, 23 de agosto de 2009

La lectura.

El hombre, en su indiscutible manía de hostigar con florituras lo que es simple y bello, ha hecho de la lectura (el acto de leer) un misterio excluyente que ha vacilado entre lo lúgubre, lo erudito y las poses forzadas. Lejos de la escueta definición de diccionario –que se me antoja más precisa- se han postulado nuevas acepciones que por saturadas y extraordinarias se muestran poco atractivas. Entre el libro y su lector todavía merodean, como moscas molestas, loas de piernas cruzadas, conciliábulos de fumadores gafufos y cursilerías para exhibir. Nada más espantoso para estas generaciones de la inmediatez. Habrá que despojar a la lectura de tanta pose absurda, y abogar siempre por lo simple del concepto.

CAMILO GIRALDO

jueves, 13 de agosto de 2009

He aquí mi muerto.

Monólogo del suicida.

Yace sobre mí. Si fuera necesario su cuerpo inerte me escondería. Ni siquiera las sombras aparecen, por falta de luz.

Todo estuvo bien preparado. El pegote se me agotó alistando un destino tan desconocido como inexorable. Al fin, está muerto.

Si no fuera por su celular que insiste en un repique dulce, casi grato, ya lo habría abandonado. Ese teléfono más que sonar, vibra. Siento el temblor, las convulsiones que se transmiten desde el bolsillo izquierdo de la chaqueta. Reemplazo inútil de latidos que igual lo reclaman para este mundo, no para esta calle donde está muerto. Muerto.

Sé bien quién llama con tanta urgencia… ya habrá leído la carta. La respuesta no llegará nunca: no contesto, no contestaré. No puedo. El inocente siempre pierde a la primera.

Espero. Para mí mismo ya llegará la hora. Y sigue el baldío palpitar de teléfono sobre mí, yaciente, donde no me pueden contestar. Eso es todo.

Ya estará llorando. O llorará. Sin mí. Sin el muerto.

ESTEBAN GIRALDO.